Eduardo Miranda: una vida para contar

Por Álvaro Lopera

Montaje digital: Álvaro Lopera

El uruguayo estuvo en Colombia visitando viejos amigos y acompañando a su último amor, quien nació en una barriada humilde del Chocó y fue desplazada con su familia. El vino a visitarla en Medellín para descansar de la otrora lejana receptora de exiliados, la fría Suecia, de la cual los dos son hijos putativos. Eduardo llegó a ese país en 1973, pero ha recorrido el mundo, puede decirse, puesto que sus pies han caminado varios continentes que resumen el planeta entero: América, Europa y África.

Nuestro encuentro, por primera y última vez, fue en la sede del Centro Cultural del Barrio Antioquia, por allá en el mes de septiembre. Se marchaba; apenas le quedaba unas horas para hablar, puesto que tenía cosas qué hacer en Europa. Ni siquiera pudo participar en un foro de geopolítica en Medellín, donde podía dar cuenta de una experiencia importante. Tenía afán, pero sus palabras quedaron inscritas como huellas en esta entrevista que nos invita a viajar por la historia contemporánea de varios países del continente y del África negra.

Uruguay, un tema interesante

Nació en la República Oriental del Uruguay, en 1956. Hombre sin cartones universitarios, pero con un ánima de gran actividad que le sirvió para insertarse en la lucha popular no tupamara, sino social, cercana a los sindicatos, desde muy temprana edad. Aclara algo para empezar, producto del sesgo de la historia que todos tenemos en la mente y que atribuye al movimiento tupamaro casi que el arte de la revolución y la lucha fundamental contra la tiranía que en dicho país se instaló en la década de los años 70: “Los desaparecidos y prisioneros de la dictadura militar uruguaya pertenecían en un 80% al movimiento popular, principalmente al sindicalismo”.

La gran mayoría de los desaparecidos y apresados en Uruguay eran del movimiento sindical, hijo del anarco sindicalismo italiano (Malatesta) y español (Durruti). “Los tupamaros eran hijos de la burguesía o de la pequeña burguesía uruguaya, la mayoría sin vinculación con la clase obrera. Intelectuales, muy capaces de desarrollar cosas espectaculares, grandes túneles, cárceles del pueblo, pero no tenían base social”, afirmó sin titubeos.

Reivindicó a un desconocido por estos lares: el folclorista y gran cantante Tabaré Etcheverry, nacido en 1945 en el departamento de Cerro Largo, noreste del país, en el seno de una familia humilde, quien se hizo conocer por su potente voz y sus canciones de alto contenido social, nacidas de la pampa, de la historia y del pueblo mismo. “Él nos metió la idea latinoamericanista a punta de canciones”. Se le conocía como ‘Pecho e’ Fierro’. Cantó tonadas populares y revolucionarias que nunca han desaparecido y que por acá poco se escuchan: Cuzco rabón, el Payador perseguido, Crónica de hombres libres (que fue censurada en 1971), Tabaré, Zafrero, el Pulguita y el Mulitero, entre otros. Eduardo dice que “ese hombre, muy joven para entonces, nos abrió los ojos a muchos niños y niñas que escuchábamos sus canciones que hablaban de Sandino, Zapata, de las andadas del Che Guevara…”. Murió en 1978 de un agresivo cáncer.

Eduardo narraba cosas, con un aire humorístico pero trágico, como que “cuando llegó la democracia después de la dictadura militar, mucha gente empezó a aparecer muerta, con las manos atadas atrás con alambres de púa, o colgada; con las manos quemadas con cigarros. Y en los titulares de la gran prensa se hablaba del suicidio de los viejos revolucionarios”.

En 1986 se aprobó la Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado que había facilitado la impunidad con el impedimento de juzgar a los militares que estuvieron al frente de la dictadura. En 1989 se hizo un referendo que intentó revertir esto en donde participó el Frente Amplio, del cual ya era parte el antiguo movimiento tupamaro, pero se perdió. En el año 2009 se hizo un nuevo plebiscito para ratificar la derogatoria de dicha ley, y sucedió lo mismo.

El gobierno de Pepe Mujica (2010-2015) negó la posibilidad de llevar a juicio a los militares responsables de crímenes de lesa humanidad, a pesar de que él estuvo casi 15 años sometido al régimen de prisión y tortura, por ser un militante tupamaro: “¿Para qué le vamos a hacer un juicio, ahora, a estos pobres viejitos? ¿Para qué vamos a llenar las cárceles con ese montón de ancianos?”, se burlaba Eduardo de lo que decía con aire bonachón el, para muchos, mejor presidente de toda la historia de Uruguay.  “Su actitud fue una orden de perdón y olvido”, como si la memoria no importara, como si la impunidad fuera la maestra a seguir; como si no hubiera necesidad de justicia, reparación y garantías de no repetición.

“Mujica tampoco quiso disminuir el tamaño del ejército –un aparato militar mal armado, que se consume muy buena parte del presupuesto nacional, y que se utiliza básicamente para el control interno de la población–, haciendo una reforma constitucional…Pero al Pepe lo recuerdan por bonachón, por aquello de la legalización de la marihuana –cuando estaba en plena alza el movimiento juvenil revolucionario–, del matrimonio homosexual…”.

Muchas cosas de Uruguay apenas sí las conocemos. Antes del golpe militar había varias industrias: textil (con miles de obreros), petroquímica, neumáticos, vidrios, cemento, ladrillo, metalúrgica; los militares desmantelaron la industria textil y la de vidrio. Nos cuenta Miranda que “Chávez intentó reactivar la de neumáticos, pero no llegó a ninguna parte, pues los sucesivos gobiernos del Frente Amplio (2005-2020) no se comprometieron con ello, en cambio tomaron distancia respecto de Venezuela y Cuba”. Ahora Uruguay sobrevive de la exportación de ganado vacuno y ovejuno, minería y agricultura; también exporta software y sostiene la producción de refinados del petróleo. La industria desapareció casi por completo.

“Por todo lo anterior -concluye Eduardo- se puede asegurar que lo que más exporta Uruguay es gente, de ahí que el censo de 1960 sea casi igual al de 2022: el uruguayo se va a probar suerte a otros países, y con seguridad hay más de 4 millones afuera, a los cuales se les niegan sus derechos políticos, es decir, no pueden votar en el exterior en algún evento electoral del país, pero sí se les permite que envíen remesas, las cuales, junto a las remesas que les llegan a las poblaciones viejas japonesas y de otros países europeos que el gobierno invita para que vivan en el país, engordan el PIB”.  

Su periplo

A edad temprana, cercana a los 17 años, abandonó Uruguay, en plena dictadura, y se fue para Chile. Allí vivió en vivo y en directo el golpe militar contra Salvador Allende, el cual intentó combatir colectiva y alocadamente con unas armas viejas que solo le sirvieron para sentirse perseguido, pues el atentado que pretendió hacer junto con otros compañeros de la izquierda chilena fue un fracaso y terminaron, en 1973, corriendo hacia la embajada de Panamá, lugar en donde estuvieron encerrados cerca de tres meses para después salir hacia ese país.

Empezó a vivir de la venta de frutas y cuando se estaba acomodando para una larga estadía, fue recogido con otros refugiados de distintos países en el marco de la visita de Henry Kissinger, por órdenes de Manuel Antonio Noriega, el segundo al mando del gobierno de Omar Torrijos. Se vio compelido a viajar a Europa, solo, con su adolescencia a bordo y su sexto año de primaria; era un expulsado más de la Latinoamérica que empezaba a recorrer el largo camino de las dictaduras.

Aterrizó en España con esa negrura que poco gusta en dicho país. Racistas a más no poder, lo expulsaron de nuevo para Francia, y así empezó su magíster en expulsiones y discriminaciones. De allí salió para Suecia con un papelito de la Cruz Roja Internacional que escasamente balbuceaba su nombre y su nacionalidad. Era una delgada piltrafa negra para los europeos colonialistas, era alguien a quien a regañadientes tenían que “ayudar” para no perder el aura de países defensores de derechos humanos. Cuando arribó todavía se respiraba ese aire socialdemócrata del bienestar, de la neutralidad; era una Suecia totalmente distinta a la de ahora, la que se encuentra en manos de la extrema derecha y está haciendo fila para ingresar a la OTAN, el brazo armado del imperialismo norteamericano.

A los 18 años sintió que llegaba a Siberia. Concluyó, en su inocencia y su miedo, que Panamá se había aliado con las dictaduras del cono Sur y lo había condenado a la Siberia del Gulag estalinista. Cuando su mente se despejó, estaba en otro país de temperaturas gélidas que ridiculizaron su vestimenta del trópico para obligarlo a usar un abrigo “más pesado y grande que él mismo”; ingresó a un campamento de refugiados mayoritariamente latino, allí estuvo un tiempo y, tras grescas por malos entendidos políticos, se escapó y encontraría a la suequita de sus sueños temporales con quien estaría el tiempo suficiente para aprender a hablar esa lengua, que como él dice, “se logra memorizando solo 300 palabras, pues es un idioma no muy rico”.

Vivió allí los cinco años que necesitaba para tener el pasaporte que le aseguraría la entrada y salida a cualquier parte del mundo. Viajó a Nicaragua en las postrimerías del régimen de Somoza, en junio de 1979, y con la revolución se dedicó a la alfabetización y a tareas agrícolas. Ya tenía los pies sobre la tierra y sentía que ni Suecia ni Europa lo seducían. Su cuerpo ha estado allí por muchos años, pero su mente siempre ha habitado América. Conoció de primera mano los conflictos del nuevo régimen sandinista con la contra armada y mantenida por Estados Unidos, pero también con las comunidades indígenas de la costa atlántica nicaragüense, los miskitos, quienes militaron con la contra tras recibir solo incomprensiones del gobierno sandinista.

“Era de esperarse, pues esas comunidades tan aisladas eran poco conocidas por los sandinistas y estos, por hacer bonito, hicieron feo. No tuvieron en cuenta su cultura, lanzaron campañas de alfabetización, salud y vivienda que iban en contravía de ella. De nadie fue la culpa, solo de la juventud de la revolución… Ya en esta época son un baluarte del gobierno sandinista”.

Regresó a su tierra en los años ochenta con una mayor madurez. Pasó por Colombia, encontró el radicalismo en acción, no le gustó lo que él llama esa clásica postura revolucionaria de que si no estás conmigo estás contra mí, y siguió de largo para su tierra. Allí no fue mejor la cosa.

Con ayuda de amigos de Suecia que apoyaban sus periplos libertarios, pudo establecerse unos años, a pesar de la falta de justicia con las víctimas de la dictadura. Se encontró con un Montevideo racista y segregacionista que empezaba a derrumbar los “conventillos”, es decir, las manzanas barriales de los negros para dar paso a las grandes superficies y nuevos barrios de la pequeña y la alta burguesía blancas. Sin embargo, tuvo el tiempo suficiente para ayudar a armar el alboroto y mezclarse y apoyar la resistencia negra que, con sus tambores y sus candombes de hasta cuatro ritmos, le gritaba al gobierno no a la gentrificación, a la expulsión a la periferia, y al embajador de Sudáfrica que se fuera para su casa y que liberara a Nelson Mandela. También lograron entre todos poner en su punto a los viejos tupamaros que querían cooptarlos para que “todo cambiara, pero continuara igual” con la alianza de clases y de intereses antipopulares.

Montó una taberna de 24 horas en el centro de Montevideo a donde iban, en distintos horarios, intelectuales, putas y borrachos y clase obrera a comer y a dormir. La bautizó ‘Mefisto’. Lo acusaron en 1992 de crímenes que no cometió, lo apresaron, lo liberaron, y en 1994 partió hacia la Venezuela del golpe de Estado de Chávez, y se quedó allí un año; viajó a Europa y a África, y regresó a Venezuela en el año 2000. Residió allí hasta 2006, trabajando con la organización “Golpe de Timón” y tuvo tiempo de engendrar una hija mientras jornaleaba en el campo impulsando tareas agrícolas y distintos proyectos productivos.

Suecia ahora le sirve de base para moverse a sus anchas en el África de sus raíces, en donde ha sido un gestor de la soberanía alimentaria con semillas nativas o llevadas de Latinoamérica: “Al ver que la Unión Europea se enseñorea con alimentos que importa de todas partes del mundo y somete a África, y que allí, en muchas regiones, a pesar de haber tierras no hay tradición agrícola, nos propusimos impulsar la producción y el autoconsumo y algo se ha logrado. Casi que es un logro colectivo y personal haber conseguido que se cultivaran varios miles de hectáreas en varias regiones del norte”.

Eduardo termina esta maratón de historias diciendo que se mantiene abierto a conversar, a difundir las verdades encontradas en su errancia, a pesar de que no quiere escribir, nunca lo ha hecho, pero sí quiere meter baza con la palabra, llegar a territorios vedados por las falacias colonialistas del imperialismo. Como en su trasegar se ha estrellado con esas mentalidades colonizadas en cuanto continente ha pisado, se declara un tenaz luchador contra lo que él llama el principal problema del mundo moderno: la colonización de las mentes de los pueblos. Se declara anticolonialista por naturaleza.

Hasta pronto amigo del Sur.

Decenas uruguayos siguen desaparecidos

Familiares de desaparecidos luchan contra la ley del silencio

Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s