Editorial No 84: Esto es lucha de clases

Portada: Protesta IV – Carlos Cuadra Mercado (Perú)

Poca sorpresa debe causar el viacrucis que ha sufrido la propuesta de reforma del sistema de salud elaborada por el gobierno, antes de entrar a discusión en el Congreso, ya mutilada y vaciada del espíritu que la concebía como una política de bienestar para la población. Quien se sorprenda por ello no sabe en qué país y en qué sociedad vive o se ha hecho falsas ilusiones respecto a un supuesto final de la lucha de clases con la llegada de los partidos tradicionales a la coalición de gobierno. Nada de sorprendente hay, por lo demás, en las acciones mancomunadas, aunque aparentemente aisladas, de estos partidos tradicionales para hundir la reforma o por lo menos para eliminar de ella cualquier posibilidad de transformación del infame régimen de aseguramiento que durante las últimas décadas condenó a millones de colombianos a vejámenes intolerables, mientras enriquecía a los dueños de las EPS. Desde el principio estaba claro que estos partidos no se unían a la coalición del gobierno por estar convencidos de la necesidad del cambio, sino por todo lo contrario, para frenar el cambio desde adentro, mientras de paso se aseguraban la participación en el reparto de los cargos públicos y con ello del poder sobre decisiones fundamentales y recursos cuantiosos.

Pero si lo acontecido hasta ahora con la reforma a la salud (que de paso ilustra lo que puede pasar con la mayoría de reformas sociales propuestas por el gobierno, sobre todo la pensional y la laboral) era claramente predecible desde el momento mismo en que fue elegido el presidente Petro y se conformó la coalición de gobierno con las mismas élites tradicionales que impusieron el modelo económico y social que él pretende transformar, nada de predecible hay en el futuro de dichas reformas. Lo que se presenta en el escenario político de Colombia hoy es la realidad descarnada de la lucha de clases que nadie puede ya negar. De hecho, las élites tradicionales ya ni siquiera se esfuerzan en disimularla; lo que resta entonces es que los sectores populares la reconozcamos y la asumamos como una lucha inevitable. La calle es hoy por hoy, definitivamente, el escenario de desenvolvimiento de esta lucha, por más que el presidente del Congreso, un camaleón consagrado de la vieja politiquería que medra hoy descaradamente en la coalición del Pacto Histórico, tilde de irresponsables a los que convocamos a luchar en la calle porque, según él, lo que buscamos es sembrar el caos.

Los partidos tradicionales de la coalición, representantes de la corrupción y de la politiquería salvaje que ha dominado a Colombia durante toda su historia republicana, han dejado claros ya los intereses que representan. Para ellos un sistema de salud gestionado completamente por el Estado es inviable, aunque no presentan realmente ningún argumento de peso para ello; lo único que les interesa es insistir en la supuesta necesidad de mantener un sistema de aseguramiento mixto y, sobre todo, mantener en él la gestión de las EPS, a pesar de su estruendoso fracaso durante estos treinta años de vigencia de la ley 100, un fracaso explicado por el hecho de que su propósito ha sido sobre todo el enriquecimiento de sus dueños antes que la salud de sus afiliados y que para ello han recurrido a todas las artimañas legales e ilegales. Con ello queda claro que el interés que defienden estos partidos no es el de los colombianos en general, sino el de los capitales invertidos en el sistema de salud; por más que se jacten diciendo que buscan concertar el sistema de salud que mejor convenga a los colombianos, lo que realmente buscan es bloquear cualquier iniciativa que atente contra el negocio que montaron en estos años con la salud, o mejor, con la enfermedad de los colombianos.

El problema es que los sectores populares, a pesar de haber sido golpeados duramente por el modelo neoliberal, no parecemos identificar todavía con claridad nuestros intereses comunes. Ello es, por supuesto, producto de la alienación mediáticamente producida (ahora redoblada ad infinitum por la radio, la televisión y la revista Semana), por la ignorancia forzada y por el arribismo que ha hecho carrera entre nosotros. Por eso, ante la inminente desgracia que se cierne sobre nosotros, tras la derrota en el Congreso de las reformas sociales, permanecemos impávidos, con unos partidos, supuestamente de izquierda, más preocupados por ganar las elecciones regionales que se vienen en octubre, que por fortalecer el movimiento social y popular con miras a la transformación radical de nuestras condiciones sociales, económicas y culturales. Las organizaciones tradicionales de la izquierda no parecen hoy estar a la altura de los desafíos que se presentan en estos momentos, donde se juega la posibilidad histórica de darle un vuelco de 180 grados a la dirección de la economía y con ella de la política social en Colombia o hundirnos muchas décadas más en la infamia de un neoliberalismo recargado. Sin embargo, tenemos la obligación ética y política de ponernos a esa altura.

Como una contribución en esta tarea, convocamos desde aquí un escenario de articulación de medios y procesos de comunicación popular que se proponga la movilización en el corto y mediano plazo de los sectores populares (mujeres, obreros, estudiantes, campesinos, indígenas, negros, LGTBIQ+, ecologistas, animalistas, etc.) en defensa de nuestros propios intereses. La movilización, sin embargo, solo puede ser el resultado de una conciencia crítica bien definida y del reconocimiento de nuestra propia miseria, de las políticas que la han provocado y de los responsables de dichas políticas. Por eso, una de las tareas inmediatas a las que nos convocamos es la de educarnos entre todos, realizando encuentros de intercambios de experiencias, foros y talleres en los barrios y veredas de nuestros territorios, donde estudiemos y debatamos a fondo las reformas propuestas por el gobierno, las contrapropuestas presentadas por los partidos tradicionales a luz de los intereses de clase que cada una representa y de las consecuencias que tendrían para la vida de la gente. Si logramos desde estos escenarios construir una agenda mediática común y un debate público replicado y enriquecido en todo el territorio nacional, seguramente estaremos contribuyendo a la formación de un sujeto crítico, individual y colectivo, capaz de comprender su realidad y de luchar mancomunadamente para transformarla.

Contraportada: Sin Título – Miguel Hachen (Argentina)

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