A la deriva 

Por Julio Rubio

Las imágenes del tráiler dejan el mensaje de encontrarnos ante una película de deportistas que, haciendo ingentes esfuerzos y en condiciones difíciles, logran conquistar sus sueños de triunfo y de gloria. Al parecer, otro de esos relatos aleccionadores y ejemplificantes que, por su fuerza resiliente –según el lenguaje contemporáneo–, sirven para reflexiones y dejan moralejas del esfuerzo personal y del insaciable logro de la vida. Esta película de la plataforma Netflix, titulada Las Nadadoras (2022), por fortuna está más allá de estos relatos comunes y, haciendo de la historia de vida de las hermanas sirias Yusrah y Sara Mardini, logra un interesante acercamiento a las vicisitudes de los migrantes que, luego convertidos en refugiados, padecen en sus países y en Europa.

El relato de esta película conjuga de manera sugerente dos dimensiones o dos partes de una historia. De un lado, las tensiones familiares que supone sobrevivir en un contexto de guerra, tratando de seguir la rutina cotidiana, sobre todo cuando esa guerra no ha tocado a tu puerta. Las imágenes de las hermanas bajo la disciplina de su padre-entrenador, los sueños de conquistar unas olimpiadas y sostener las tradiciones familiares, se ven interpeladas por aquella escena donde las hermanas bailan en un bar con la música de fondo de David Gueta y voz de Sia, la canción Titanium. Escena que conjuga esa alegría con los relámpagos rojiamarillos en el horizonte, producto de las bombas que caen sobre Damasco. Son las paradojas de la guerra: fiesta y muerte al mismo tiempo.

Pero la intención de seguir la vida sin los tropiezos de la guerra, solo resiste hasta que ella nos toca la piel. En el caso de la familia de las hermanas Mardini, las continuas muertes de amigos/as producto de los bombardeos y de vivir uno de esos ataques en medio de una competencia de natación, provoca la inevitable decisión de la partida de las hermanas hacia Alemania. Aquí el relato se abre a las consecuencias que la guerra en Siria ha traído consigo, no solo con referencia a las víctimas de muerte, sino de aquellas con rupturas de sus tejidos sociales, familiares, generacionales y, obviamente, afectivos. La decisión de migrar, irse del país y dejar todo, es uno de los retratos que el film expone en su complejidad. Las rupturas que ello produce se exponen como una paradoja entre quedarse y padecer los desmadres de la guerra, o, irse y enfrentar los agobios del migrante ilegal. Al parecer, irse es una posibilidad ante la guerra.

El viaje que emprenden las hermanas para salvar sus vidas, alcanzar sus sueños y afrontar la incertidumbre de un reencuentro familiar, marca el inicio de la otra parte de la historia: las travesías del migrante, con sus peligros, tristezas, aventuras y esperanzas. Si bien se han producido otras películas y novelas sobre estos dramas, en Las nadadoras se dejan ver unos objetos que simbolizan dramas íntimos y colectivos fuertes que, al tiempo, son una crítica mordaz y estéticamente poderosa. El primero aparece en el zoom que se hace a las playas de la isla Lesbos, en Grecia, lugar de llegada de millones de migrantes y escenario de tragedias humanitarias descomunales; el zoom va develando la cantidad de chalecos salvavidas tirados en esas tierras, que son evidencia del número y la gravedad del asunto. Esta imagen recuerda al artista chino Ai Weiwei, comprometido con la defensa de inmigrantes y refugiados, en su obra Soleil Levant.

El retrato de los miles de chalecos salvavidas tirados en las playas de la isla griega, tiene otro objeto como preámbulo, el bote en el cual los migrantes deben enfrentar al mar y sus demonios. Pero este objeto se hace metáfora en el film cuando se deja ver lleno de parches y remiendos que denotan no solo la cantidad de viajes realizados, sino de las vidas que han trasportado. Un bote al que se le daña el motor y deja a la deriva a los tripulantes en pánico por sus vidas, pero que permite la escenificación de un acto de valor y solidaridad por parte de las hermanas, como el de lanzarse al bravío mar en la noche para mermar el peso, agarrarse de unas cuerdas a él y ayudar con su nado a llegar a la isla. En tierra, el bote se hace objeto de la ira y las cuchilladas que hombres y mujeres le producen, trasciende la rabia y se configura en un acto que reclama la no repetición, en tanto dañar y tirar al mar ese bote, es evitar nuevamente su uso y otras tragedias.

El paso por la isla también desnuda las rabias y racismos que para con los/as migrantes se tiene, esa sensación de las miradas escrutadoras y el cierre de las puertas en las caras de los recién llegados. Pero es ahí donde aparece el grifo de agua, ese objeto pegado a una pared en la vía pública de Lesbos que, producto de la presencia de los migrantes, se configura en símbolo de disputa para quienes jadeantes lo valoran como posibilidad de vida, y, de quienes lo conciben como su propiedad y ven en las filas de los extraños del Medio Oriente, la encarnación del mal y, por tanto, es mejor cerrarles las puertas y ventanas. Llegados a la isla, luego de la travesía para salir de Siria, la travesía para llegar a Lesbos, deben empezar la tercera, llegar a Alemania u otro país de Europa occidental. Otra travesía del engaño, la trampa y el tráfico de migrantes.

Si bien las hermanas Mardini logran su llegada a Alemania, su asilo, y Yusrah competir, no por su país, sino por el equipo olímpico de atletas refugiados – un invento de los organizadores de los Olímpicos de Brasil 2016, como una astucia de las políticas de reconocimiento – la historia devela la crudeza de la guerra en Siria que, en solo los años 2020-2021 dejó 307.000 víctimas y 5,6 millones de refugiados en nueve años de conflicto.

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