Antesala del bullicio número doce

Por Jhonny Zeta

Imagen: Jhonny Zeta

Se siente que viene diciembre. Eso reza la frase archiconocida en la pequeña Colombia que viene siendo la provincia de Antioquia y su capital San Medallo. Los meses de octubre y noviembre, entiéndase “naviembre”, empujan la alegría del bullicio número doce; las emisoras populares escupen canciones de antaño, guascas, porros, merengues y música parrandera e invitan a pensar en el jolgorio que se avecina; un humorista con doctorado en chistes de mal gusto oficia de borracho avispado, afina su putería; otro recibe llamadas en vivo y da consejos matrimoniales, de pareja, de sexualidad. Remedios, fórmulas, soluciones “sabias y prácticas” colman las tardes de radio. En el noticiero comentan que ven con preocupación el atraso con la instalación de los alumbrados navideños.

Hace unos meses en una vereda del corregimiento de San Cristóbal, la comunidad preparaba las fiestas de la Virgen, organizaron carrozas con flores, preguntaban por el grupo de whatsapp: ¿quién se anima a aportar para comprar una polvorita? Dos mujeres opinaron que se debía pensar en las mascotas y los animales silvestres y en su sufrimiento, otros que qué hijueputa problema el que ponen, sabiendo que siempre se ha celebrado así. Pasó el fin de semana, un vecino escribió y mandó fotos de su perro en la veterinaria; ante el susto producido por el estallido de los voladores había saltado por el balcón, quedó grave y le aplicaron la eutanasia. En el grupo propusieron poner plata para los gastos, fin del asunto y que el mundo siga rodando mientras la plata alcance para comprar, para pagar vidas. Ayer, después de ayudar con un trasteo, fui a tomarme una cerveza fría a la tienda, sonaban a lo lejos los voladores, una perra pequeña temblaba sobre una mesa, el dueño preguntaba si se le podía dar un medicamento. Se me aguó la sed y me fui.

El “Hueco” o “Guayaco” es una suerte histórica y peculiar de varias manzanas comerciales del barrio Guayaquil, también zona de tolerancia, de malandros y de instituciones administrativas locales y regionales; ubicado en el corazón de San Medallo, reúne varios centros comerciales populares llamados San Andresitos, los ciudadanos saben que el “Hueco” no tiene arrimadero a fin de año, pero todo el mundo va. Ríos frenéticos de gente se mueven en todas las direcciones, el flujo vehicular funciona a la suerte, a la defensiva. En los almacenes todo brilla: arreglos, decoraciones, instalaciones navideñas y objetos se han tomado los estantes y vitrinas; también las aceras están atestadas de mercancías decembrinas: bolsas, frutas, papas fritas, limonadas e implementos de cocina constituyen la esperanza de la economía informal o “del rebusque”.

Las cuentas dicen que el año se cierra con una inflación superior al 12%, en las panaderías sufren con el alza de los insumos, el bulto de harina al finalizar la pandemia valía poco menos de cien mil, ahora está en doscientos mil, el bulto de azúcar también se incrementó en cien mil pesos, sin mencionar los huevos, la leche, el aceite…

Quienes gastan en pólvora y pirotecnia siguen siendo con asombro un montón de gente.  Lo que cuesta una gruesa de doce voladores también alcanza para comprar 80 kilos de papa capira, o cuatro arrobas de arroz; una libra de papeletas equivale a diez pares de panela regional o una canasta de huevos. Cifras poco importantes si se mide la alegría que les causa echar un globo cargado con un arsenal de pólvora, comprado en el municipio de Caldas por uno o dos millones de pesos, dependiendo de cuántos estén dispuestos a contribuir con la alegría.

Un veterinario experimentado expresaba: pobrecitos el perrito y el gatico que sufren en diciembre, sí, me dan el sustento y todo, pero no son ni el 1% de las especies; las afectaciones que sufren de cuenta de los voladores, tacos y papeletas no se miden a corto plazo ni están relacionadas exclusivamente con el sistema nervioso, tienen que ver con todos los órganos vitales, trastornos renales, hepáticos, desorientación y el infarto inminente. Pero ¿quién piensa en la fauna silvestre? ¿quién cuantifica la afectación de las aves? ¿cómo afectan las explosiones de la pirotecnia el sistema de navegación de las especies endémicas y migratorias, de animales como los murciélagos que utilizan la ecolocalización? ¿cómo se calcula la magnitud de la catástrofe para las especies vitales en el equilibrio de los ecosistemas? Después de una festividad, ¿cuánta fauna silvestre se chocó, se desorientó, falleció o quedó con secuelas que alteraron sus ciclos? El daño es incuantificable.

En el país del Sagrado Corazón se dice que el que peca y reza empata. Los muchachos, sicarios de las bandas delincuenciales, se encomiendan a la Virgen, las novelas escritas y televisadas, las películas sobre el sicariato marcan el rating, se vuelven best seller. A los hospitales llegarán niños y niñas quemados con pólvora, casi nunca los vendedores, pocas veces los compradores; por redes sociales algunos escriben que ojalá se vuelen una puta mano, pero ni el buen Dios, ni el Sagrado Corazón, ni la Virgen lo permiten, así como no permiten que se quemen las casas de los globeros, los mismos que confiesan con orgullo que en un diciembre cada uno puede echar hasta cien globos.

En el primer renglón del 2023 se escribirán con mayúscula resaltada guayabos, silencios, quejas, dolores, deudas, adjetivos ante los que el buen Dios hará oídos sordos. En cambio, sí repartirá bendiciones a las casas de empeño, los gota a gota o prestadiarios; le hará un guiño de ojo a banqueros y oficiantes del oportunismo para que logren su agosto por adelantado. En este paraíso refranero hay un dicho que se nos olvida en el bullicio número 12 y es que “el palo no está para hacer cucharas”. Por ahora la fórmula beoda dice: no le tengo miedo a dolores, ni a la Aspirina ni a Dolorán, a lo único que le tengo miedo es a una escasez de aguardiente.

Abono: Que la alborada del 30 de noviembre deje de ser para Antioquia y San Medallo esa práctica para-lelos que cumple 19 años reivindicando el poder de las mafias.

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