El vigilante

Por Rubén Darío Zapata

“Barrio”- Pintura de Juan Noreña

Me desperté pensando que, en un rato, a la hora de darle el paseo matutino a mi mascota, me lo encontraría sentado en uno de los mesones de concreto que hay en la acera del supermercado, justo al frente de mi casa. Me preguntaba si después de saludarlo sería indicado darle la cuota de este mes por la vigilancia. Hacía más de un mes que había desaparecido y no le habíamos vuelto a ver por la cuadra, y en muchas ocasiones tuve la intención de preguntarles por él a los chicos del supermercado o a los pensionados que todas las tardes se reúnen allí a ver cualquier partido de fútbol o a escuchar música y tomar licor.

En realidad, el señor no realizaba ninguna labor de vigilancia, no por lo menos para nosotros. Llegaba todos los días temprano, a veces tomaba una escoba para barrer de la calle las hojas de los árboles, y el resto del día estaba por ahí, hablando con los vecinos o haciendo algunos mandados. Pero, al parecer, todos asumimos que vigilaba, aunque de necesitarse vigilancia en la cuadra debía ser de noche, cuando todo está oscuro y la calle solitaria.

El vigilante fue quizá lo primero que vi cuando me mudé a este barrio. Siempre, a primera hora, sentado en los mesones del supermercado. Un hombre adusto, de estampa campesina, robusto y de edad un poco avanzada. De ser empleado de alguna empresa estaría a punto de jubilarse. Pero es un desempleado que se inventó este trabajo de pasear como vigilante todos los días, de esquina a esquina de la cuadra, y recibir por ello, más como limosna que como salario, algunos pesos que al final de cada mes le dan los vecinos. Cada noche vuelve con los suyos en un barrio más pobre todavía, acaso en alguna de las laderas de la Comuna 13, en el barrio Juan XXIII, por ejemplo.

Lo más destacado en su figura es su cojera. Siempre camina arrastrando el pie derecho y apoyándose en un bastón de madera para equilibrar el cuerpo. Su paso es cansino, sin afán, y todo su cuerpo se mueve al son de una especie de molicie involuntaria. Aunque a veces se le ve hablar con los vecinos, no es realmente un hablador, su día transcurre más bien en silencio, aunque esté en medio de la algarabía que forman los vecinos en los distintos negocios de la cuadra, que son por demás bastante bullosos.

Cuando dejé de verlo empecé a preguntarme si estaría enfermo. Rara vez hablé con él, poco o nada sabía de su vida; sin embargo, me inquietaba aquella ausencia. Cuando empezó a prolongarse me imaginé que la enfermedad era de seriedad y que posiblemente estaba hospitalizado, hasta que di por hecho que estaba muerto. Así se esfuman los guachimanes de la calle. Un día no volvemos a verlos y dejan de poblar nuestra existencia.

Por eso, cuando lo vi sentí una especie de alivio, tal vez el descargue de una responsabilidad que no sabía de dónde venía. Entonces pensé que debía darle de una vez la cuota acostumbrada y, posiblemente, la del mes que no había podido venir. Pero esta mañana, cuando me desperté pensando en eso, se me vino también a la memoria la manera como se había dado nuestro primer encuentro y cómo habíamos establecido lo de la cuota.

Una mañana tocó a mi puerta metálica con un golpe seco y urgente (porque no hay timbre). Cuando me acerqué me dijo que venía a darme una razón.

-Usted sabe que la gente a veces manda razones con uno y entonces yo no tengo más remedio que darlas –dijo nerviosamente, sin alcanzar a aclarar lo que pretendía.

-¿Qué gente me manda razones? –pregunté de mal humor–, si aquí no me conoce nadie.

– Pues los muchachos de la moto que se hacen allá en la tienda de la esquina.

-Ajá. ¿Y qué razón me mandan? –pregunté ya a punto de despacharlo.

-Pues que usted debe darme una cuota por la vigilancia cada mes, puede ser al principio o al final.

-¿Cómo así? ¿Y por qué ellos me mandan esa razón? ¿No me lo podía decir usted de parte suya?

-Ah, yo no sé mi don. Yo no hago si no darle la razón. Ellos dicen que les cuente si me da la cuota o si no ellos vienen a cobrarla.

Tuve ganas de responder automáticamente:

-Pues entonces dígales que vengan a cobrarme ellos.

Pero me contuve. El barrio de verdad tenía su historia y yo no sabía bien todavía en dónde me había metido. En vez de eso, mejor pregunté de cuánto era la cuota.

-La mayoría me da 20 mil pesos, pero es lo que usted quiera. También me puede dar cinco mil pesos semanales, como le quede mejor.

Desde entonces le di religiosamente la cuota, siempre a principio de cada mes, pero nunca sentí deseos de acercármele, me generaba más bien repulsión por aquella conversación tan truculenta. Siempre me pregunté si en verdad había un grupo de pillos que mandaban esas órdenes en beneficio solo del vigilante. O si también él era vacunado por los pillos. Pero con el tiempo no pude ver una dinámica de algún grupo de “muchachos” controlando cada movimiento en la cuadra. Así que llegué a la conclusión de que era la estrategia del vigilante para no dar la impresión de que pedía limosna. Con todo, el tipo terminó haciendo parte de mi paisaje hasta el punto que llegué a extrañarlo y preocuparme por él cuando dejé de verlo.

Al salir a pasear con la mascota, no lo encontré sentado en el lugar de siempre. Me lo topé de camino y no pude evitar preguntarle por qué no había vuelto durante tanto tiempo.

-Es que me operaron de una hernia que tenía aquí en la nuca- y me mostró la cicatriz-. Esa vaina es la que me ha tenido caminando así, con esta pierna sin fuerza.

-Ah, que vaina –respondí, esta vez en verdad interesado-. ¿Pero le ha ido bien con la recuperación?

-Sí, pero estoy esperando que me programen otra cirugía, porque a raíz de ese problema me apareció otra hernia aquí en la columna –me señaló la región lumbar-, que tiene a punto de fregar la otra pierna. El médico dice que si no me operan rápido me voy a quedar en silla de ruedas.

-¿Y ya tiene programada la cirugía?

-Apenas febrero tengo cita para que me programen. Yo no sé cuándo se pueda conseguir la cirugía; usted sabe que con el sisbén eso anda muy despacio.

Con pena me despedí de él, pensando que, con todo, tendrá que seguir jugando por muchos años de vigilante y de amigo de los pillos, reales o imaginarios, para poder sobrevivir sin que otra hernia le haga bajar la cabeza.

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