La risa del destino

Fotos: Édison David Ramírez Serna

Por Edison David Ramírez Serna.

Para los gobiernos, las computadoras y los bancos soy Jovani de Jesús Cardona: un sin cuentos nacido en Medellín, de sangre tal, de altura tal, de piel tal; para la noche vivaracha, para la noche bamboleante, para la noche aguardientada, para la noche empericada, para la noche patiabierta: soy el payaso nocturno, el ‘Mimo revoluchion’, el ciborg de las calles.

De mí mismo le podría decir muchas cosas, o quizá muy pocas: hago reír, me gusta hacer reír; pero también me gusta que la gente ponga a llorar a sus neuronas, me gusta que saquen al filósofo que tienen ahí adentro. Con mi traje de robot les escribo a los hombres en sus vidas cotidianas, en sus tristes vidas cotidianas: «¡Ey! Mírate, vas por ahí muy horondo, apesadumbrado, llevando de aquí para allá tú volquetada de afinados tornillos ¿A dónde vas tan bien puestecito? ¿Vas para la fábrica de robots? ¿Vas para la escuelita de los robots? Es obvio que vas para algún parqueadero o jaula para robots: tu humanidad se fue por la alcantarilla de la televisión un día en que no te diste cuenta».

Cuando no soy robot, soy Charles Chaplin: pero un Chaplin hablador, un Chaplin que te mira a la cara. Me dirás que soy un mimo chiviado, me dirás que estoy tumbando a la gente; pero yo soy la última transformación, la evolución en carne viva: si se rompe el silencio se rompen las leyes, y si se rompen las leyes se rompe el silencio. No soy la gran cosa, no me siento Zaratustra, pero creo que tengo algo de consciencia: no vivo como la mayoría, no trabajo en las oficinas, no tengo títulos para montar en la pared de mi cuarto; voy por los pueblos y las ciudades en compañía de mi perra Madona (mi hija, mi cobijo y mi amparo ante las tinieblas de la vida).

Aunque me pinto la cara de blanco, aunque tengo una corbata imprudente que se yergue al ver a unas piernas desnudas, no soy en realidad tan diferente al resto de los mortales: en mi vida hay escombros, en mi vida hay soledades, en mi vida hay desprecios, en mi vida…; en mi vida, muchacho, ha habido caminos tenebrosos a los que no quisiera volver: por eso soy un hombre sabio, o trato de serlo ¿Sabe con qué me protejo del canto de los abismos? Con los baños matinales entre los ríos y quebradas de las grandes montañas, con las runas de los druidas antiguos, con la buena magia de los ángeles y arcángeles, con oraciones como el Padre Nuestro en arameo.

Si escribes mi biografía, será inevitable que narres mis caídas, mis altibajos, mis uno y mil círculos del infierno: mi tumba será un epitafio estrafalario, un hibrido entre la gloria y el desencanto. No soy en realidad el ejemplo para muchos: no tengo la terquedad de Bolívar, no tengo el utopismo del Che Guevara, no tengo la fe de Mandela ni de Mahatma Gandhi, no tengo la caridad ascética de los monjes medievales ni de las hermanitas descalzas.

Antes de ser este viejo trashumante vestido con traje estrafalario, fui un niñito travieso que se colaba junto a sus compinches en el aeropuerto Olaya Herrera para darle ‘lidia a la yipeta’: a veces nos iba bien, a veces regular, y a veces nos iba como a los perros en misa. Una vez, lo recuerdo nítidamente, nos agarró la policía ¿Y qué se imagina usted que sucedió? No mucho, éramos niños pobres: nos llevaron para la estación, nos pusieron a barrer, nos dieron correa y después nos dieron un lindo baño de agua helada.

Esa experiencia me hizo entender a la perfección la canción de Daniel Santos que dice algo como: «Cuatro puertas hay abiertas, al que no tiene dinero: el hospital y la cárcel, la iglesia y el cementerio».  Un pobre es un criminal casi siempre; un rico es un pobre descarriado que se habrá de corregir tarde que temprano. Un pobre atraído por la vagancia es un haragán; un rico sin oficio es un Voltaire o un Hegelito empapado en reflexiones ontológicas. Un pobre, tatuado, es un ex convicto irreformable; un rico, tatuado hasta en la entrepierna, es un adalid del posmodernismo y las nuevas formas de ver el cuerpo. Un pobre, amante de las cartas, básica y tácitamente, es un derrochador infame; un rico, amante de las cartas, es un deportista del póker o la baraja española (un defensor de la tradición y los jueguitos de mesa).

Como no nací en cuna de oro, sino en cuna de cartón, mi relación conflictiva con la ley no mejoró mucho en los años que le siguieron a mi infancia: pasé tres años recluido en las cárceles de Bella Vista y La Dorada. Entre las rejas hubo uno que otro momento de felicidad. Y es obvio muchacho, era la cárcel, puedo decir que no todo fue bello. No lo fue. Muchas veces me tocó usar los puños. Muchas veces me tocó pararme en el pedacito entre el bullicio y la sed de sangre. No soy conflictivo, no ando por ahí buscando broncas: la vida me enseñó no tanto a ser guapo, sino a ser resuelto.

Cuando llegué a la cárcel un tipo me dio posada en su camino: o sea, en el piso de la celda. El me dio hospedaje, me salvó la patria, así que yo me convertí en su cachorro: le lavaba la ropa, le lavaba los trastes, le traía, le llevaba. En Bella Vista, en La Modelo o en La Picota a usted lo tiene que recibir alguien ¿Y si no? jmm, mijo, si no, básicamente se lo lleva el tren, el Armagedón, el cachón: lo pueden matar, lo pueden violar, lo pueden torturar.

Entre los presidiarios yo no era Jovani, no señor, era el gran payaso, el gran recreacionista: curiosamente fui uno de los pocos presos en Colombia que pudo entrar ACPM para hacer sus shows con fuego: en ‘Días del Idioma’, ‘Días de la antioqueñidad’ o ‘Días de la independencia’, yo fui un Prometeo, un danzante de las llamaradas circenses. Aun hoy lo hago, en cualquier esquina, en cualquier semáforo, en cualquier cuadra o en cualquier parque dialogo o bailo con el fuego: cuando ‘escupo candela’ me siento un dragón mitológico; me faltan alas, garras y cuerpo prominente ¿No podré ser algún día como las Karpas koi? ¿No he nadado a contracorriente por las turbias cascadas del destino?

Sí, el destino, el destino: ¡cómo juega con nosotros el desgraciado! Quizá por eso soy payaso ¿Y qué otra cosa pudiera haber sido? El destino nos lleva, el destino nos trae; el destino nos pinta solecitos en la mañana y diluvios en la tarde; el destino nos da un amante y luego el dolor de su partida. Yo, o mejor aún, nosotros los payasos, somos los irrefutables imitadores del destino: nos reímos una y otra vez, así como el supremo tejedor se ríe de los hombres y las cosas

¿De quién nos vamos a reír hoy mi estimado destino?

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