¿El mejor amigo de quién?

Por José Agudelo

Dibujo: Víctor Cuartas

Algo que capta la atención como paseador de seis perros, es que en las largas horas de caminata se logra observar varios ejemplares de raza. Si bien el American Kennel Club, organización que mantiene el registro de razas puras en Estados Unidos, reconoce la existencia de 172 razas de perros, vemos como son pocas las razas que pululan en la mayoría de hogares en la ciudad. Por enumerar unas de las más presentes, se puede nombrar al pastor belga malinois, el bulldog francés y el border collie. Si bien estas razas tienen más de un siglo de registro, su fuerte presencia en la ciudad de Medellín es reciente. Y a la par que se observa un crecimiento de ejemplares de estas razas en la ciudad, también se puede notar un decrecimiento de otras razas que en otros años eran abundantes, como el beagle, el basset hound o el bulldog inglés. Esta variación de razas de perros no se debe a ritmos propios de la vida canina, en últimas el destino de las mascotas y sus razas depende de los propietarios y de los criadores. Solo se puede intuir que las razas de perro en la ciudad se presentan como tendencias del mercado de mascotas y criaderos.

Un poco de historia

Pero primero es importante definir que es una raza de perro y por qué las distintas razas existen. Se sabe que el perro ha sido un animal que se ha empleado en distintos procesos civilizatorios. Ha sido un animal doméstico entrenado y usado para trabajos en específico, como el pastoreo, la cacería, la protección de hogares, tierras y ganado, el exterminio de plagas, para rescate en medio de catástrofes naturales, para rastrear personas o animales, para el ataque en operaciones y enfrentamientos militares, entre otros. Como un animal que ha estado presente en todo el mundo, cada cultura y civilización, y en específico cada población, ha domesticado de manera distinta a los perros, y ha intervenido en la reproducción de los perros locales para que estos puedan tener una apariencia y unas actitudes específicas para los distintos tipos de trabajo que eran necesarios en su momento.

Con la llegada del siglo XIX, se empieza a priorizar la selección reproductiva para criar perros con características más específicas; un caso es el del dóberman, raza atribuida al trabajo de cría selectiva de Karl Dobermann, un recaudador de impuestos que necesitaba un perro que pudiera intimidar al intruso y a la vez proteger el dinero que custodiaba. Si bien tienen diferencias fisiológicas, las razas de perro son producto de la intervención humana para el empleo en tareas específicas.

Un producto del consumismo

Si las razas de perro son producto del trabajo humano, con el fin de emplearse para trabajos humanos, es raro ver en los parques de la ciudad razas guardianes como el Doberman o el Rottweiler, razas de pastoreo cómo el Border Collie o el Ganadero australiano, cazadores como el Weimaraner o el Cocker spaniel, o de trabajos varios y de fuerza como el Golden retriever, el Bernés de la montaña o el famoso Husky siberiano ¿Acaso la gente de Medellín necesita arrastrar carrozas, cazar jabalíes y zorros, atacar fugitivos, o pastorear un rebaño en la misma ciudad?

Con el surgimiento de los certámenes caninos de pureza en la Inglaterra victoriana, la estandarización de las razas exigía grandes cambios estéticos para distinguir las diversas razas, y varios propietarios ya no las tienen para cumplir oficios sino para presumir su pureza y apariencia como un alto lujo. De este modo empieza la cultura del propietario de mascotas, que cuenta con un animal que solo se limita a acompañar a los miembros del hogar. Como tal, no hay una raza criada específicamente para estar en una casa o apartamento la mayor parte del día, si bien se hace uso de las razas que no requieren un gran gasto de energía para ello. Esto lleva a que la mascota originariamente sea un bien de lujo, que en un inicio solo era propiedad de la aristocracia y de la alta burguesía. Este mismo acercamiento al perro como mascota citadina pervive hasta hoy.

Todas las razas mencionadas hasta ahora presentan un atractivo estético, provocan a cualquier transeúnte sentimientos de ternura, temor, respeto, etc. Y varios criadores caninos han propiciado cruces en los que se obtienen pelajes escasos y llamativos, lo que se usa como argumento para aumentar el precio de venta. Así mismo, estos factores estéticos han sido promocionados por la industria cultural, que en varias producciones logra destacar a un perro protagonista, seleccionado por la apariencia de su raza, y ha popularizado razas como Lasie, en el caso del Pastor collie, o 101 dálmatas. Por lo tanto, las razas que inundan la ciudad están ahí por la influencia del mercado cultural y de ello se saben aprovechar los criadores.

Los estragos para los perros

Todo este fenómeno trae consecuencias negativas que las padecen los mismos perros de raza. Una de ellas es la adaptabilidad, puesto que hay varias de estas razas que, al ser de pastoreo o de trabajo, requieren instintivamente de adiestramiento y amplia actividad física y estimulación mental, cosa que la mayoría de propietarios no logra satisfacer. Esto hace que los perros desarrollen conductas destructivas y al final sean abandonados en la carretera o en una finca. Otra consecuencia es la falta de socialización del animal como producto del aura de lujo que se le inviste, puesto que hay perros cuya cría cuesta más de seis salarios mínimos por su exclusividad, y los propietarios no suelen sacarlos a pasear o acercarse a otros perros, pues los cuida como si se tratase de una fina porcelana. También los problemas de socialización se deben al destete prematuro de los cachorros, puesto que ya se venden con un mes de vida sin haber completado la fase de lactancia y de aprendizaje con la camada, necesaria para cualquier animal. Otra consecuencia nefasta es la explotación de las hembras, que en cada calor son preñadas y dan una camada tras otra, lo que desgasta la salud de ellas. Todo lo anterior resulta en un estrés brutal para cada animal, y se puede tornar agresivo para con otros, con otras personas o con ellos mismos.

Las dinámicas mercantiles son tan voraces hoy, que convierten en una mercancía de lujo y espectáculo uno de los compañeros primordiales del devenir civilizatorio. Logra hacer de una relación simbiótica una relación de dominación y explotación. Muestra de todo ello es cómo la mayoría de hogares de clase media, interesados en adquirir una mascota, priorizan el tamaño y la apariencia, en vez de los rasgos y actitudes etológicos de la raza y de la compatibilidad de los mismos con el ritmo cotidiano que tienen. Una muestra más de como el consumo acelerado exalta las fantasías de un consumidor ensimismado, que ignora las consecuencias de un sistema que lo ha abandonado. Por cierto, una de esas consecuencias es la gran cantidad de perros callejeros que, echados a su suerte, son vectores de enfermedades zoonóticas y se vuelven blancos para la descarga sádica de ira de varias personas.

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