Virginidad y violación

Por Rubén Darío Zapata

Ilustración: Nube Voladora

Este mes de diciembre se conmemora, en la tradición cristiana, el nacimiento del niño Dios, que nació de una virgen, María, quién desde entonces quedó bautizada como La virgen y su nombre original pasó a ser como una especie de apodo. Ingenuamente uno puede preguntarse cómo es posible que alguien haya podido concebir una vida en su vientre, sin relación sexual alguna; es más, cómo pudo parir de forma natural y seguir siendo virgen. Pero eso la tradición lo resuelve atribuyéndolo a una acción milagrosa, que no está sometida a la razón lógica. No obstante, en el orden sociológico resulta acaso más interesante preguntarse por qué o para qué necesita esta tradición fundar el nacimiento del Mesías en el mito de la virginidad.

Puede aventurarse que en esta tradición religiosa el mito de la virginidad de la mujer tiene como propósito legitimar y reforzar su dominación. El Dios cristiano, más que poderoso, es puro, y por tanto solo puede nacer de una mujer pura, que no haya tenido relaciones sexuales, porque desde Adán y Eva el sexo se relaciona con la impureza, pero sobre todo el sexo de la mujer; es Eva la que incita a Adán a pecar (lo seduce) y después de eso se descubren desnudos y sienten vergüenza: la vergüenza que provoca el deseo del cuerpo desnudo del otro y la de inspirar tal deseo.

Lo curioso es que es el hombre quien se siente convocado, en aras de ganar la gracia de Dios, a cuidar la virginidad de la mujer. Y esto choca paradójicamente con la fascinación que, a la vez, sienten los hombres por poseer a una mujer virgen. Hoy menos que ayer, pero sigue flotando en el aire de nuestra sociedad tan pacata la idea de que el hombre debe llevar al altar a una mujer virgen – la mujer, en cambio, debe contar con que el hombre que desposa es un experimentado en las artes amatorias y en burdeles-. Por eso los adolescentes sueñan con “romperle el virgo” a sus amiguitas y vecinas y después fanfarronear con ello ante sus amigos. Y tal acto, en el que la mujer sale defraudada, es a su vez un acto de degradación en el que pierde su pureza y se deprecia frente al mundo.

A propósito de esto, hay un episodio en la serie La Ley y el Orden, donde se investiga la violación de una joven estudiante en los predios de la universidad, en medio de una fiesta, después de haber sido emborrachada. Lo que se descubre es una práctica normalizada entre los jóvenes: la competencia por quién desvirga más adolecentes. Cada uno de ellos debe filmar en su celular parte del acto sexual y compartirlo con sus compañeros como prueba de su hazaña. Luego debe escribir, en un muro reservado para ello, el nombre de su conquista.

Sobre lo apetecida que es por los hombres la virginidad de las mujeres sobran ejemplos. Y en el último tiempo el cine nos ha puesto algunos emblemáticos, que, de hecho, no se limitan a nuestra cultura, sino que hablan de una estructura patriarcal más universal. En 2016 estuvo en cartelera la película Mustang, de la directora Deniz Gamze Ergüven, que narra la historia de 5 chicas de una familia musulmana en Turquía, cuyo padre ha muerto y, por eso, viven con su madre bajo la protección de su tío. Este último se convierte en vigilante de la virginidad de las chicas, porque ella es la prenda de garantía que piden los futuros esposos. Es como si el hombre comprara para sí la virginidad de la joven; si en la primera relación sexual descubre que no es virgen, la devuelve y reclama su dinero. Esto, sin embargo, no le impide al tío violar sistemáticamente a cada una de sus sobrinas a medida que van entrando a la pubertad, pero cuidándose de hacerlo por el orificio que no pone en peligro su negocio.

El mito de la virginidad no es algo del pasado, basta ver lo popular que se han vuelto las cirugías para reconstruirla, la himenoplastia (De hecho, algunas mujeres famosas en edad madura alardean de habérsela hecho). Por supuesto, ocurre en mayor medida entre mujeres musulmanas, pero no exclusivamente. Lo peor es que una de las razones por las que dichas mujeres recurren a estas prácticas es porque han sido víctimas de violación (algo tremendamente común en las sociedades que exaltan la virginidad), lo cual las saca del mercado matrimonial.

Y es que el mito de la virginidad es, probablemente, una de las explicaciones de que en nuestra sociedad la violación sea tan frecuente. Y es que, con todo y la fascinación que gira en torno a la ruptura de la virginidad de la mujer, esta no se asocia con un mayor placer, sino todo lo contrario. No suele ser la primera experiencia sexual la más placentera, por más que en torno a ella se hayan construido tantos mitos; y para la mujer suele ser más bien dolorosa. Demanda una muy buena dosis de amor, ternura y cuidado, que no suele abundar en los galanes que compiten por los virgos.

En una relación sexual normal se involucra el placer de ambos participantes, y el deseo del otro es, a la vez, el mayor estimulante para su pareja. Pero es un hecho que a quien viola a una mujer (o a un hombre) poco le interesa que el otro lo desee y sienta su mismo placer. De hecho, lo que parece disfrutar es su dolor, su sometimiento a la fuerza. Esto está presente también en los matrimonios modernos, donde al hombre poco le interesa el placer de su esposa, de quien espera que esté dispuesta siempre a recibirlo dentro de su vagina independiente de su estado de ánimo y de su deseo.  Es más, si la mujer parece muy ardiente se vuelve sospechosa, se le tacha de puta. El placer sexual se asume como privilegio exclusivo del hombre.

De hecho, hay algunas culturas que se cuidan explícitamente de cercenar desde niñas la posibilidad de placer sexual de la mujer. Esa denuncia se hizo famosa hace más de una década cuando Waris Dirie, que logró huir de la comunidad de pastores en Somalia, donde nació, y llegó a convertirse en una top model, aprovechó su fama para denunciar las prácticas de ablación a las que eran sometidas las niñas de su comunidad y que eran defendidas como una tradición intocable. El caso es que se trata de una práctica muy extendida y desde hace siglos. Muchas niñas terminan muriendo en la operación o contrayendo infecciones que dejan secuelas imborrables. Todo para el sostenimiento del placer como patrimonio varonil.

Todo esto tiene su origen en el mito de la virginidad de la mujer y nosotros lo celebramos cada año al alabar un nacimiento milagroso del vientre de una mujer inmaculada, La Virgen María.

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