Editorial No 81: La movilización de la conciencia

Portada: «Mural estaciones humanas» – Pavel Egüez

En el editorial anterior hablamos de la necesidad de movilizarnos en las calles para exigir las reformas necesarias, prometidas por el gobierno y hoy en riesgo de quedar reducidas a caricaturas por las negociaciones que éste ha tenido que hacer con las élites tradicionales, que no están dispuestas a ceder ni un ápice de sus privilegios criminalmente conquistados. Pero incluso, suponiendo que el gobierno lograra sacar adelante dichas reformas, tal como las presentó en campaña, estas podrían terminar en letra muerta, sin un sujeto político capaz de defenderlas en el futuro y profundizarlas en la dirección que demanda la utopía de la justicia social. Por eso en esta ocasión queremos insistir en que las reformas estructurales solo pueden avanzar en una dirección revolucionaria cuando van acompañadas también de una reforma del espíritu.

Esta es una tarea de primer orden que se le plantea al movimiento social y popular en un periodo en que el gobierno ha manifestado su voluntad de avanzar en el sendero de la transformación social para cerrar las brechas en las que ha resultado la configuración de una estructura social injusta, de la cual se alimentan los apetitos de los grandes capitales, legales e ilegales, en el país. Y aunque el gobierno ha anunciado también su disposición para fortalecer el movimiento social y popular, con ello hay que tener mucho cuidado, pues no hay nada más peligroso para las organizaciones sociales y populares que su institucionalización. De ello nos da cuenta, en el pasado, la vieja Asociación de Usuarios Campesinos – ANUC, escenario en el cual el gobierno de Lleras Restrepo quiso institucionalizar el movimiento campesino con la disculpa de operativizar la reforma agraria, y que al final logró dividirlo. Pero un ejemplo acaso más dramático es el de algunas organizaciones comunitarias en Medellín, que terminaron convirtiéndose en una plataforma para las alcaldías de Fajardo y Salazar, hasta desfigurarse en operadores y contratistas de la Administración, renunciando a toda distancia crítica.

En todo caso, habrá que cuidarse de que las movilizaciones próximas del movimiento social y popular no se dividan entre quienes apoyan irrestrictamente al gobierno, a fin de no permitir que se debilite ante la derecha, y quienes asumen una actitud de oposición ciega ante cualquier propuesta de la institución. Una relación dialéctica e inteligente (no astuta ni oportunista) con el gobierno es lo que podría fortalecerlo precisamente frente a los adversarios de las clases populares. Evitar el peligro de la división solo es posible si no perdemos de vista el propósito que debe animar a todo sujeto y organización propiamente revolucionaria: una transformación radical de las estructuras sociales, económicas, políticas y culturales, para construir una sociedad justa. Ese propósito es el que nos permite evaluar las proyecciones de este y cualquier otro gobierno para decidir qué propuestas hay que apoyar y cuáles condenar.

El punto de partida es reconocer qué tipo de sujeto es, empíricamente hoy, el movimiento social y popular en Colombia. El paramilitarismo y la industria del entretenimiento han hecho su trabajo, configurando un sujeto consumista, competitivo y acrítico, aparte de patriarcal, homofóbico y racista. De estas características no nos libramos quienes integramos las organizaciones sociales ni, por tanto, las organizaciones mismas. Ello nos ayuda a entender en buena medida el sectarismo que nos ha mantenido cerradas, hasta hoy, las puertas de la articulación y la unidad en torno a un proyecto político con una agenda clara, sólida y legitimada por el grueso de los sectores populares. La alienación también campea dentro del movimiento social y popular y ello se evidencia en la competencia entre las mismas organizaciones por recursos, por reconocimiento, por imponer sus visiones y propuestas.

Este reconocimiento nos lleva a pensar en las posibilidades de reconfigurar ese sujeto, que hoy a todas luces es múltiple y debe integrar la diversidad de sectores oprimidos y la lucha por eliminar las diversas formas de opresión, incluso aquellas que encarnamos nosotros. Se trata de una transformación radical de la conciencia que nos permita comprender quiénes somos, por qué somos así y cómo podemos transformarnos en un sujeto propiamente revolucionario, tanto en el plano individual como colectivo. El reconocimiento de esa diversidad es fundamental para poder generar articulaciones no instrumentales, articulaciones que se configuren como tejido en donde cada hilo es único y a la vez consciente de ser parte de una totalidad superior en la que se integra sin coerción, en la que no pierde su singularidad, sino que la potencia, al tiempo que potencia el colectivo.

Implica, por supuesto, procesos de configuración de identidades que le permitan a cada grupo social reconocer su diferencia con los demás, pero también sus apuestas comunes, su pertenencia a un colectivo que desborda incluso los sectores. Esa identidad, por tanto, reconoce que las diferencias no expresan sino eso, diferencias cualitativas fundamentales que deben ser comprendidas y respetadas, pero no relaciones de dominación y subordinación. Entre dos diferentes no tiene que haber uno mejor y otro peor, ni uno superior y otro inferior. Hasta ahora las diferencias se han constituido como fundamentos naturales de la dominación, cuando realmente toda dominación es el resultado de una determinada configuración histórica de la sociedad y de las relaciones sociales. Hoy se trata de convocarnos a reconocer nuestras diferencias como la fuente de las relaciones igualitarias y respetuosas, como posibilidad de un tejido multicolor y de un entramado social complejo, donde dicha complejidad no significa dificultad para reconocer y aceptar, sino precisamente riqueza de comprensión y apertura al aprendizaje constante que podemos tener con los otros y las otras.

Ese es el sujeto que puede encarnar, exigir e implementar las reformas estructurales que el país necesita, y que es capaz, sobre todo, de transformase a sí mismo constantemente. Entonces no se trata solo de convocarnos de vez en cuando a las calles para protestar por o exigir una reforma. Se trata de convocarnos y crear escenarios permanentes de diálogo donde nos pensemos como nuevos sujetos, donde reconozcamos nuestras diferencias y la riqueza de una articulación basada en la comprensión de tales diferencias. Escenarios para pensar las reformas que necesitamos en vez de esperar que nos las propongan otros para ver si las apoyamos o no. Escenarios para construir sujetos dispuestos a protagonizar sus propias historias.

Contraportada: «Sin título» – Roberto Mamani Mamani (Bolivia)

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