Festival de Cine de Ituango, en busca de la verdad

Por Mario Viana García

Fotos: Mario Viana, montaje digital Álvaro Lopera

Del 2 al 5 de noviembre se realizará el décimo festival de cine de Ituango, cuyo país invitado es Cuba. Terminada esta importante actividad cultural, acompañaremos la conmemoración de los 25 años de la masacre del Aro, crimen de lesa humanidad que aún se mantiene en total impunidad, pues los responsables intelectuales de ella no han recibido castigo alguno.

Una pequeña historia

A mediados de los años 80 viajé por primera vez al municipio de Ituango, cuando contaba con 6 años, en compañía de mi madre y mi hermano, un niño de apenas 3 años. El recorrido desde Medellín en ese adusto carro de escalera tomó cerca de 12 horas, con paradas inexplicables que yo percibía como el adentramiento en la más profunda de las selvas. La carretera era destapada. Recuerdo las famosas partidas que conectaban a San Andrés de Cuerquia con Toledo e Ituango, el pueblo al otro lado del río Cauca y que el mundo conocía gracias al desaparecido puente de Pescadero. Conocimos y encontramos a nuestra abuela materna y pasamos allí algunos días. Una de las pocas imágenes que conservo después de muchos años sigue siendo la vista de un gran cañón que une a territorios vecinos como el Bajo Inglés, El Cedral, La Miranda y Las Arañas.

Después de nuestro regreso y a medida que pasaban los años, comenzábamos a entender lo que ocurría en el territorio: las dificultades no solo geográficas sino las que tenían que ver con el orden público y lo estratégico que sigue siendo esa porción de tierra conocida como el Nudo de Paramillo. Quizá por eso tuvieron que pasar casi treinta años para poder retornar. Nunca entendí lo de los famosos permisos que había que pedir a personas entre las sombras, tampoco por qué mi madre no podía reunirse con mi abuela y menos por qué esa abuela nunca quiso salir de allí, hasta hace algunos años cuando, privilegiada por la vejez, falleció de muerte natural en el hospital del pueblo acompañada por su hija, mi madre, la misma que a los 17 años la había abandonado para buscarse un mejor futuro en Medellín.

Nacimiento del Festival

Es necesario mencionar lo anterior porque, en parte, es el motivo principal por el cual hoy celebro y toda una comunidad celebra la vida de un pueblo golpeado históricamente por la violencia y el conflicto armado, cuyos jóvenes, también amenazados por ella, no se arredraron y decidieron empuñar cámaras y contar las historias de su propio territorio. Así nació el Festival de Cine Ituango, por allá en 2012, cuando algunos entusiastas de los medios audiovisuales se animaron a crear narrativas propias y cotidianas. Entendían que más que mil palabras, una imagen significaba transformación y así lo hicieron, se capacitaron, crearon un cine foro y a partir de allí pensaron que era posible crear un festival que convocara a amplios sectores de la población ituanguina y antioqueña y que evitara caer en el vacío del miedo o de la desmemoria.

No sería como el de Cannes, Berlín o Venecia, ni siquiera como el de Guadalajara o Cartagena, sería un festival propio, con enfoque social y comunitario, un festival que abogara también por los Derechos Humanos y la defensa del territorio.

Fue así como en 2013 se creó la primera versión del que se conoció como el Festival de Cine Nudo de Paramillo, que más que un festival con secciones y películas en competencia, era una muestra audiovisual donde se exhibían creaciones locales y algunas de repercusión nacional. Dentro del equipo fundador había personas pertenecientes a la institucionalidad de aquel entonces y otras más por humanidad y sensibilidad frente a estos temas que, de alguna manera, inspiraron a quienes hoy seguimos al frente.

Recordamos con mucho aprecio al director de cine Víctor Gaviria, quien estuvo al frente del festival por tres años y quien ha abanderado la fundación de estos espacios de exhibición alternativa y formación de audiencias en distintas regiones de Antioquia; con su acompañamiento se construyó una versión más potente que la anterior. A Víctor lo acompañaban muchas personas, pues a esas alturas él ya era una especie de rockstar. Una de ellas, Maderley Ceballos, se encargaba de la programación; con ella conversamos aquella primera vez sobre el festival y sobre la posibilidad de dar continuidad a este proceso tan necesario en el municipio.

En 2016, nuestro colectivo productor de cine recibió el festival a partir del deseo latente de la comunidad por encontrarse de nuevo a través de las pantallas de cine y por el privilegio de conocer a los pioneros de los distintos procesos de formación y consolidación de espacios como el Colectivo de Comunicaciones Ituango, que es una apuesta juvenil, fundamentalmente de jóvenes estudiantes de la ruralidad y del casco urbano. Con ellos emprendimos esta nueva misión en compañía de mi hermano menor, que volvía también al territorio, después de muchos años, con un mejor contexto del mismo.

El Festival somos todos

Desde entonces no hemos parado. El festival es hoy una política pública del municipio que ayudamos a construir. Ha recibido a diversas personalidades del cine, ha capacitado técnicamente a cerca de 500 jóvenes de Ituango, de sus veredas y municipios vecinos, ha llegado a más de 10.000 personas entre público que asiste a las películas, foros y encuentros. Cuenta con más de cuatro secciones, cinco pantallas para el componente de exhibición, un foco internacional que ha permitido la visita de países como Francia, México, España, Argentina y ahora Cuba, países importantes por su cinematografía y su cultura, pero también por su gente maravillosa y generosa que quiso emprender el largo camino a Ituango.

El Festival de Cine Ituango cumple 10 años en noviembre de 2022; allí se hablará de la verdad histórica, una verdad en clave de reflexión y que se da gracias al momento histórico que vive el país y a lo ocurrido hace algunos años, como fue la firma del acuerdo de paz entre el gobierno de Colombia y la hoy extinta guerrilla de las FARC, quien habitó y combatió precisamente en nuestras montañas ituanguinas y hoy trabaja la tierra, educa a sus hijos y asiste a la función de cine.

La búsqueda de la verdad continúa. Cada proyección, encuentro, charla, foro, almuerzo comunitario, se convierte, como por acto de magia –y así comienza la historia del cine– en una especie de misión que se debe cumplir por esa tierra, por su historia, por su gente y porque algún día las imágenes de Ituango estén llenas de colores para que el terror sea solo un género cinematográfico invitado en el marco de una nueva versión del festival.

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