Crónicas de un hombre sin gloria

Por: Edison David Ramírez Serna.

Montaje digital Álvaro Lopera

6:30 am.

La alarma suena de nuevo ¿Y qué harás? Lo mismo de todos los meses, lo mismo de todas las mañanas: eres eterno retorno, una espiral, un yoyo que el destino o los dioses invisibles empujan al mismo punto una y otra vez. Te descobijarás, te mirarás hacia abajo y verás con horror que la naturaleza ha perdido la esperanza en la fuerza de tus semillas. Te levantarás, darás dos vueltas, tres vueltas, cuatro vueltas. Te desnudarás y verás en el espejo a esa vida que se hace fantasma. Girarás la llave, te enjabonarás, llorarás un poco; te secarás y te pondrás el pantalón de siempre, la camisa de siempre, la chaqueta de siempre, las desdichas de siempre, la mirada de siempre.

8:00 am

Cerrarás la puerta de tu caja de fósforos: te devolverás una vez, otra vez y otra vez; desconfiarás del vecino de arriba, del vendedor de paletas, del tendero del frente, de la señora de las empanadas. ¿Y qué podrían robarte? Pues tus revistas: esas lindas páginas de muchachitas desnudas que te ayudan a paliar el insomnio; tu ritual es imaginar a tu cuerpo verrugoso abrazando a Angelina Jolie y a Mia Khalifa en una cama gigante rodeada de sirvientas y vinos exóticos.

8:30 am

Llegarás a la taberna ‘La Potranca’ y te sentarás en la sillita de siempre, en la mesa de siempre. Hablarás de este triste país con los amigos de siempre: renegarás, insultarás, blasfemarás; lanzarás por la puerta de la cantina las utopías pasadas, presentes y venideras. Esperarás a los camioneros. Esperarás a los taxistas. Esperarás a los fleteros de vieja data: quizá alguno de tantos te regale un aguardiente mañanero o un tinto envenenado. Quizá te den un cigarro de contrabando. Quizá te manden a la mierda.

12:00 pm

Te pararás de tu silla de siempre y te irás para la esquina como todos los días: allá estará Chocho’ vendiendo lotería; tú le dirás «Quihubo’» y él te dirá «Qué más güevón’». Verás pasar a las colegialas de un lado a otro: les chiflarás, les lanzarás piropos callejeros, les buscarás conversa, cantarás a pulmón herido ‘La colegiala’ de Rodolfo Aicardi. Las chiquillas te gritarán «Viejo verde» y las profesoras te dirán en coro pedagógico «Cerdo degenerado»: tú sacarás un cigarro y les tirarás el humo como si fueses un padrote italiano.

12:30 pm.

Caminarás una cuadra, después otra cuadra; cruzarás el parque y los tres callejones que llevan a la plazoleta de la Alcaldía. Te encorvarás, te arremangarás los pantalones y te sentarás en la banca que queda a la salida de la Administración: el vaso de monedas se llenará en un santiamén; los funcionarios y practicantes te obsequiarán también novenitas, miradas piadosas y discursos de ‘La buena vida’. Tú recibirás sus obsequios y les mostrarás tu caja de dientes: les dirás en secreto que no hay ‘Buena vida’, porque la vida misma ya es una enfermedad de la que solo podremos curarnos matándonos y san se acabó.

1:30 pm

Con el vaso repleto de monedas y escapularios irás saltando en una pata al restaurante de doña Otilia: comerás un poco de carne, unas cuantas cucharadas de frijoles y algo de ensalada. Masticarás despacio, con la inmoralidad de tu senectud. Mirarás a tus compañeros de gremio sorber sus platos sin ninguna delicadeza. Cada mesa tendrá su propia tribu: los mendigos con cojeras falsas, los mendigos siempre desplazados, los mendigos gagos, los mendigos con cáncer disimulado.

3:30 pm

Saldrás del restaurante y te irás de nuevo para la taberna. Tomarás un atajo para pasar por la calle de ‘Las generosas’. Irás pistiando como un catador experto cada silueta: mirarás piernas, tetas, culos, cabellos, dientes. Regatearás de esquina a esquina un polvo de media hora o uno de diez minutos: te sacarán la navaja, te darán un taconazo, te arañarán la calva (pero al menos probarás a una mujer de otra manera un poco singular).

6:30 pm

Con la misma forma de caminar, con la misma mirada, llegarás de nuevo a la taberna ‘La Potranca’ y te sentarás en la sillita de siempre, en la mesa de siempre, con los borrachos de siempre. Como siempre se sentará junto a ti, el tal poeta Damiro: te dirá «Viejo marica», te hablará de las nuevas colegialas, te describirá los planes de dominación de los reptilianos y te recitará de memoria el único poema que ha compuesto en sus setenta años de vida:

«No creo en Colombia porque Colombia no existe. Este territorio, con su bandera, su himno medieval y sus puestos de empanadas, putas y limosneros, es un chiste trágico contado por un payaso sexagenario en algún manicomio de Europa. Si Dante Alighieri estuviera vivo, no dudaría en clasificar a Colombia como uno de los tantos círculos del infierno; no tendría que hacer un gran esfuerzo; demonios tenemos por todos lados: airados, tenebrosos, campechanos; con sus corbatines y sus carros de alta gama disecando con maña a cada transeúnte, a cada desgraciado que nació, escupido por los dioses, en estas cordilleras agrestes atestadas de maleza, de rabia, de lágrimas, de mierda.

No creo en la inteligencia humana porque el coeficiente intelectual lo inventaron diez maricas mientras fumaban opio en algún tejado destrozado por las goteras. El Homo Sapiens es torpe por naturaleza. Ya lo dijo el cigarrillero de enfrente, que por fortuna no lee a Rousseau ni cree en la democracia: ‘‘¡¡El hombre nace torpe y la sociedad lo empeora!!’’

No creo en el futuro porque el futuro no existe. El mañana será un gran orinal con olor a detergente y drones bajo las cobijas. La gente será más computadora que persona: los abrazos, los te quiero, los saludos, los picos de lengua y choque de piercings serán cobrados, ofertados por docena: a mil, a dos mil, a tres mil según la inflación y deflación de las próximas décadas.

No creo en mí mismo porque yo no existo. Según los diarios patafísicos y la enciclopedia del Gato con botas: yo soy una entelequia, un espectro pensado, escrito y reescrito por una pipa enmariguanada que se cree poetisa.

Entonces no creamos en nada: ni en el arriba ni en el abajo, ni en el adelante ni en el atrás, ni en el afuera ni en el adentro. Arañemos, degustemos, bebamos y volvamos a beber; así sea porque sí, porque nos da la hijueputa gana; mientras la bacinilla del tiempo nos lleva bamboleantes y taciturnos hacia al vientre de la nada.»

10:30 pm Borracho hasta los tuétanos, te volverás un viejo cansón: te pegarán los taxistas, te pegarán los camioneros, te pegarán las putas, te pegarán tus camaradas de profesión. Y de la taberna ‘La potranca’ saldrás a empellones: tumbarás una mesa, quebrarás tres botellas, escupirás a una ramera y le gritarás «judío avariento» al tabernero. Arrastrando lo que aún queda de tus zapatos, te irás refunfuñando a tu caja de fósforos: no habrá un plato de comida, no habrá unas piernas abiertas ni un ‘Buenas noches mi viejo pendejo’.

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