1998: la zozobra de un pueblo del Oriente antioqueño

Por María Camila Enciso Álvarez

Toma de pueblo, Ilustración tomada de Dejusticia

Era domingo. Patricia salió bien temprano de su casa, ubicada en un municipio del Oriente antioqueño, Argelia, escondido entre montañas, ríos y mucha vegetación, renombrado como “Parcela inmortal de Antioquia”. Iba para la iglesia, a donde asistía puntualmente cada domingo a misa de 7:00 a.m. Al pasar el portón y el contraportón salió a una calle de aceras angostas, siguió hasta la esquina y bajó por una gran loma desde donde podía ver a mano izquierda la placa huella con costales abiertos tendidos en el piso y granos de café secando bajo el sol. A las orillas había grandes casas, con ventanas y puertas hechas de madera, por lo general con velos blancos. Más abajo se topó con el hospital, luego con el parque y la iglesia, considerada reliquia
por su llamativa arquitectura.


Escuchó atentamente las plegarías del sacerdote y se echó la bendición con fervor. Al terminar, salió de allí y atravesó diagonalmente el parque, poblado con varios pasajes y cubierto por árboles de gran tamaño, flores y matas de jardín. Observaba a los feligreses que salían junto con ella y se dirigían, como de costumbre, a los cafetines o a los supermercados, pues algunos venían de veredas y aprovechan esa subida al pueblo para comprar algunos víveres o implementos para los hogares, las fincas o los animales; por lo tanto, ese domingo el pueblo estaba lleno de gente.


Lateral a la iglesia, en la otra esquina, estaba El Palacio de la Alcaldía, un edificio grande que ocupaba casi la mitad de la cuadra. Patricia pasó por allí, pues la calle que da al lado de la alcaldía también comunica con otras salidas y viviendas. Ahí cerca, casi en la misma esquina, vivían algunos de sus familiares, a quienes solía visitar después de misa.


La casa de estos familiares se encontraba al frente de una gran infraestructura recién terminada, sería el nuevo comando de la Policía y colindaba con el respaldo de la Alcaldía. No se encontraba habitada porque recientemente se había finalizado la obra; su diseño era novedoso para el municipio y se decía que tenía una estructura muy resistente. Solo se encontraba ocupada una pequeña oficina que representaba una institución supuestamente encargada de la protección del territorio y sus recursos naturales.


De allí salió uno de sus funcionarios, se encontró con Patricia y aprovechó para contarle sobre la amenaza de un grupo guerrillero que hacía días estaba apoderado de la región y pretendía tumbar el nuevo comando. Ella, asustada, entró inmediatamente a la casa de al lado de sus familiares, donde vivía el alcalde, para dar la información. Este, al escuchar la noticia, se mostró incrédulo, decía que era imposible; pero luego se vio embargado por un sentimiento de desespero, salió de su casa afanado a hablar con los guerrilleros, les suplicó que no fueran a volar el comando, que consideraran que se trataba de una estructura nueva y que entendieran que también se iba a ver afectado todo el pueblo. Todo fue en vano.


Patricia regresó a casa de sus familiares, se asomó por el balcón, observaba y oía el crujir de los ventanales de la alcaldía impactados por los palos y armas de los guerrilleros. Luis, su hermano, que pasaba en ese momento por el parque, sin planearlo, tuvo que presenciar el paso de los cilindros con los que explotarían el comando.


Patricia le informó a su tía sobre la amenaza de volar el comando, no lo podía creer o al menos así lo afirma ella. Todos permanecían tranquilos y la preocupación de su tío era que no tuviera que cerrar la carnicería. Entre tanto, su tía decía que no se podía ir porque estaba organizando unas tortas de carne para el desayuno.


Ella, en medio de su desespero, corría a asomarse nuevamente al balcón para notar qué iba sucediendo: veía la gente, familias que subían de lejos y que llevaban con ellos sus televisores y objetos de valor. Patricia no soportó más la angustia, tomó de la mano a los dos niños que la acompañaban y se los llevó para su casa a la salida del pueblo, donde se encontraba su madre junto con algunos de sus hermanos. Patricia temblaba del miedo, al rato vio subir a su tío, venía de cerrar la carnicería, fuente de ingresos para su familia.


Se dice que los más «machos» (personas con aires de valentía según la cultura del lugar), se quedaron en la esquina del parque, al frente de la iglesia, presenciando el cumplimiento de la amenaza. Otros, con más miedo, esperaban a la salida del pueblo pero, ¿qué esperaban?


El pueblo se encontraba desprotegido, debido a las órdenes del presidente Pastrana de retirar las tropas militares y los policías de algunos pueblos y asentamientos civiles de la zona oriental de Antioquia. El comando fue derrumbado. Según los rumores se trató de una implosión; es decir, una explosión controlada. Todo el pueblo presenció el poder de las fuerzas guerrilleras.


Las casas aledañas quedaron gravemente afectadas, los vidrios rotos, los medicamentos y víveres se perdieron. Para fortuna de algunos cuantos vecinos, el impacto en la infraes- tructura no fue tan grave como se esperaba, sin embargo, la población de este municipio y otros aledaños siguen enfrentándose a las consecuencias tanto físicas como mentales de daños casi irreparables por este y otros actos de violencia cometidos durante esta época terrorífica; así lo afirma ella al reconocer que actualmente se encuentra con secuelas psicológicas.


Al siguiente día del atentado, algunos vecinos salieron a recoger los marcos de las ventanas y las cositas que de pronto quedaron funcionalmente buenas. Según el relato de Patricia, los habitantes de este lugar pensaron dejar la estructura del comando así destruida, como muestra de los vestigios del paso de la violencia por estas tierras. Pero, años más tarde, la comunidad consideró que era mejor construir allí un centro educativo en lugar de dejar esos rastros que menguaban las ganas de seguir adelante. La Alcaldía compró una casa por los lados de la iglesia para ubicar el nuevo comando, un poco más alejado de los hogares de algunos habitantes.

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