El jardín europeo y la jungla mundial

Eurocentrismo moribundo

Por Renán Vega Cantor

Caricatura tomada de The Global Times

“La conquista de la tierra en su mayor parte no consiste más que en arrebatársela a aquellos que tienen una piel distinta o la nariz ligeramente más achatada que nosotros”.

Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas.

En la ciudad de Brujas [Bélgica], en la inauguración de la Academia Diplomática Europea, el Alto Representante para Asuntos Exteriores y de Seguridad de la Unión Europea, Josep Borrell, pronunció un discurso en el que sostiene que “Europa es un jardín. Hemos construido un jardín. Todo funciona. Es la mejor combinación de libertad política, prosperidad económica y cohesión social que ha construido la humanidad, las tres cosas juntas. Y aquí, Brujas es quizás una buena representación de la combinación de cosas bellas, vida intelectual, bienestar”. Esta metáfora que exalta la autoproclamada “superioridad europea” viene acompañada de la subvaloración de gran parte del mundo al que se muestra como una jungla de salvajes, cuyos habitantes quieren invadir el jardín y apoderarse de él. En esas circunstancias, “los jardineros deben ir a la selva. Los europeos deben comprometerse mucho más con el resto del mundo. De lo contrario, el resto del mundo nos invadirá, de diferentes maneras y por diferentes medios”.

Este discurso colonialista y eurocéntrico no es nuevo, es el que ha caracterizado al expansionismo de Europa occidental desde hace más de cinco siglos. Es el mismo que esbozó el jurista Juan Gines de Sepúlveda a mediados del siglo XVI en su debate con Fray Bartolomé de las Casas, en el que aseguraba que los indígenas no eran seres humanos (porque no tenían alma) y, en consecuencia, debían ser sometidos y esclavizados. Desde entonces ese discurso se ha “renovado” y se ha presentado con las antítesis de “Civilización y barbarie”, “Progreso y atraso”, “Pueblos con y sin historia”, “Belleza y fealdad”, “Razas y culturas superiores e inferiores”, “Democracia y despotismo”, “Libertad y opresión”, “Derechos humanos y arbitrariedad”, “Desarrollo y subdesarrollo”.

Ese discurso ha pretendido legitimar el colonialismo europeo, con los genocidios, etnocidios y ecocidios que han acompañado su dominio en el planeta entero. Ese eurocentrismo se basa en el supuesto de que la dominación de Europa occidental y su hijo putativo, los Estados Unidos, es algo ordenado por los dioses de sus respectivas religiones monoteístas que les asignaron la labor de “civilizar” y “conquistar” el mundo, y de paso exterminar a sus habitantes. Estos siempre han sido los bárbaros que deben exterminarse, porque no pueden oponerse al “destino manifiesto” (término inventado en los Estados Unidos a comienzos del siglo XIX) que les ordenó, por designio divino, seguir la ruta del sol, irradiar luz y conquistar el planeta entero, para llevar civilización y progreso y sacar de su irremediable atraso, aunque para eso tocara matarlos, a los pueblos inferiores.

El discurso y las prácticas racistas y colonialistas por parte de Europa occidental y los Estados Unidos (lo que en forma genérica se denomina “Occidente”) tienen como objetivo prioritario saquear los bienes naturales de los territorios invadidos y esclavizar a sus habitantes. Y esos son los dos elementos que explican el dominio europeo durante estos cinco siglos, lo cual ha generado la terrible desigualdad entre el confort de unos cuantos países de Europa y la miseria de gran parte del resto de los países de todos los continentes. Esa dependencia estructural de los países pobres y periféricos ha sido la constante en los últimos quinientos años, hasta el punto de que parecía ser una realidad natural y no histórica, que nunca iba a terminar.

Los hechos de estos días muestran que estamos asistiendo al final de la “excepcionalidad europea” y el cierre de un ciclo de cinco siglos de eurocentrismo. Ver a los habitantes de Europa sumidos en la pobreza, sin energía, subordinados en forma semicolonial a los dictados de su amo imperialista, los Estados Unidos, no es algo episódico. Es la prueba empírica del fin de Europa, la muerte del proyecto colonialista que proclama Borrell en su discurso sobre el jardín y la jungla.

Esta es la expresión de un eurocentrismo moribundo, cuya particularidad radica en ser terriblemente anacrónico al pensar que el mundo de hoy es el mismo del siglo XVI o de la segunda mitad del siglo XIX, momentos claves de la expansión europea por el planeta. Borrell es como una pieza de museo, de un pasado lejano, de un sueño que ya no existe y que hoy se está convirtiendo en una terrible pesadilla, para gran parte de los europeos. Es como si Borrell hubiera sido congelado en el tiempo y no estuviera enterado que tener un acceso directo, fácil y barato a los bienes energéticos y materiales de Rusia ya no es posible. Y mencionamos a Rusia, al que no se considera parte de Europa, porque lo que se está desenvolviendo en estos momentos en el terreno bélico, en una situación de urgencia, ha demostrado que el cuento de la Europa liberal, respetuosa de la libertad, democrática y próspera, quedó hecho añicos ante la rusofobia que se ha impuesto y a nombre de la cual Europa se ha convertido en una colonia más de los Estados Unidos, creyendo en forma ingenua que eso los va a salvar de su irremediable hundimiento.

Por eso, cuando Borrell sostiene “créanme, Europa es un buen ejemplo para muchas cosas. El mundo necesita a Europa”, es como cuando un borracho, abstraído de la realidad, repite hasta el cansancio un incoherente e insulso sonsonete, suponiendo que ese sonsonete expresa lo que pasa en la realidad y no que es producto de la borrachera. Así las cosas, es mejor que Borrell ‒y la clase que representa‒ siga prisionero de su eurocentrismo desfasado, porque la dura realidad indica que las horas de la península europea como poder mundial están contadas. Al fin y al cabo, como han dicho ciertos teóricos de la geopolítica, Europa ahora va a ser más península y provincia que nunca o, más directamente, es el “nuevo patio trasero de los Estados Unidos”.

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