Hora pico en el Metro de Medellín

Por Jhon Mario Marín Dávila

Foto: Archivo

El reloj marca las 6:57 a.m. Espero el metro en la estación Madera del municipio de Bello, ubicado en el norte del Valle de Aburrá. Es la hora pico y en la plataforma nos encontramos decenas de personas paradas detrás de la línea amarilla; sin saberlo conformamos grupos en lugares específicos, donde le ruego a la suerte que la puerta del metro quede al frente mío, para no tener que dejar pasar el metro y esperar otro y que aumente mi estrés por la posibilidad latente de llegar tarde al trabajo.

El tren frena y abre sus puertas, cuento con la mala suerte de que no quedó al frente de mi nariz, todos/as entran de afán y yo entro de último. Estoy ubicado en el vagón 4, quedo en una parte donde el tubo está muy alto para agarrarme, me resigno y pongo bien firmes mis pies para que el metro no me sacuda. Aunque no está del todo lleno, mis manos solo añoran aferrarse a un tubo para que en la próxima estación no me lleven por encima.

El tren entra a la estación Acevedo, mis ojos parpadean el doble de seguido al ver todas las personas que están esperando por subirse, con el común denominador que el horario laboral inicia para la gran mayoría a las 8:00 a.m. y al igual que yo pensarán que dejar pasar el metro implica llegar al trabajo varios minutos tarde. El metro frena y se siente la presión externa, se abren las puertas del lado derecho, las personas entran en masa y con toda la fuerza, mi cuerpo solo siente como caen sobre él las fuerzas de otros cuerpos y por más que no quiera ser movido, lo corren y apeñuscan.

Las personas gritan que no entren más, no cabemos y un señor que aún está afuera les dice: si no les gusta paguen taxi. El metro está a reventar de gente y él se entra de espaldas, sus pies quedan aún por fuera y cuando las puertas se están cerrando pone sus manos para que la puerta con el impulso que trae le termine de entrar todo el cuerpo al vagón, mientras quienes estamos en la mitad quedamos apretados e incómodos.

El metro arranca. Ya no tengo ni anhelos de agarrarme, somos tanto/as que uno no se va para un lado, el calor es impresionante, pues no hay en el metro aire acondicionado para refrescarnos; siento por mi espalda las gotas de sudor, mientras la señora que viene a mi lado se queja de los empujones que recibió cuando la gente entró, y yo miro en la pantalla del celular de la joven de mi lado que le escribe al novio que va como una salchicha enlatada.

El metro entra a la estación Tricentenario. Esta vez abre la puerta izquierda, las personas que están en esta estación ruegan por ver un hueco dentro de la muchedumbre para ingresar al vagón. ¡No hay huecos! Sin embargo, con todas las fuerzas se impulsan al vagón. Mi cuerpo solo se resigna a sentir estrujones, mientras me lamento en silencio. Alcanzan a entrar varias personas y quienes ingresan se ríen, mientras el señor que está a mi lado aferra sus dedos al tubo para evitar aplastarme, y un joven que aún está afuera, grita: córranse pues que ahí cabemos todos. El señor con sus ojos confundidos y cejas fruncidas me mira y me dice: tan güevones, para dónde nos vamos a correr.

Mi cuerpo se empieza a sentir más incómodo, me duelen las manos, la espalda, como cuando termino una jornada laboral de oficina, y pienso para mis adentros: apenas empezando el día martes y mi cuerpo ya se siente cansado. Sin mucha movilidad, el tren arranca; algunos estamos controlando la respiración para no desesperarnos, otros, como si nada, están hablando por celular, unos pocos hacen maromas para leer, otros están pendientes de sus pertenencias para que no se las roben y otras están alertas de que no las manoseen.

El metro pasa por la estación Caribe y por Universidad, donde quienes lo esperan se resignan a esperar otros metros. Ya no cabe nadie más. En Hospital, Prado, parque Berrío se bajan pocas personas, que tienen que salir a la fuerza porque nadie es capaz de moverse, lo que conlleva a que uno se sienta más estripado; salen como si no les importara el otro/a, diciendo gracias, y una señora molesta de los estrujones les dice: cual gracias ome “hijueputa”, y en voz baja dice: me cae muy mal esta gente.

La próxima estación es San Antonio, donde muchos hacen transbordo a otro metro o tranvía. Mi cuerpo ya sabe lo que le espera y solo se resigna a ser menos magullado. El tren frena y apenas abre las puertas las personas salen como un champagne cuando es agitado y abierto, salen más por los empujones que por su voluntad. Se siente un aire al salir tanta gente, pero solo bastan unos segundos para que las personas que estaban esperando entren sin piedad.

Un muchacho que estaba saliendo es devuelto por los empujones; él grita que tiene que salir y las personas solo se ríen y le dicen que ya se baje en otra estación y como su cuerpo no es tan grande, fue imposible que pudiera salir; sus ojos se llenan de lágrimas, respira profundo y agacha la cabeza mientras los otros/as se ríen.

El metro sigue lleno hasta la estación Poblado, donde se baja una gran parte de la gente como ganado que entra a un rebaño por puerta pequeña. Mi destino es Aguacatala y los aproximados 35 minutos que se demoró el metro en llegar me parecieron como dos horas, perdí la noción del tiempo. Me bajo del metro, no me provoca que me hable la gente, el cuerpo me pesa y sé que apenas voy a empezar la jornada laboral. Empiezo a caminar con el desconsuelo de que apenas salga del trabajo a las 5:00 p.m. y llegue a las estación Aguacatala a las 5:20 p.m a tomar el metro que va hacia el norte, me tocará vivir de nuevo la hora pico con diferentes experiencias.

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