La sociedad de la externalización

Renán Vega Cantor

“Nuestra modernidad la hemos construido adueñándonos del trabajo, las tierras o la sabiduría de otros pueblos”-

Stephan Lessenich

En 2019, el sociólogo alemán Stephan Lessenich publicó el libro La sociedad de la externalización. Este estudio recicla gran parte de los análisis de la economía mundial elaborados desde las teorías sobre el imperialismo y la dependencia, aunque sin citarlos ni reconocerlos de manera explícita. La tesis central de esta obra sostiene que en la actualidad las economías centrales del capitalismo (Estados Unidos, Canadá, Europa occidental y nórdica, Japón…) pueden mantener un elevado nivel de producción, consumo y despilfarro gracias a que poseen una reserva permanente, y en apariencia, inagotable, de materiales y energía proveniente del resto del mundo, especialmente de América Latina, África y Asia.

Esta tesis es interesante porque en las últimas décadas se difundió la idea cándida de que si eso había existido era propio de los tiempos coloniales, pero que en el mundo contemporáneo el capitalismo hiperdesarrollado había logrado superar la dependencia de los materiales y energía procedentes del exterior. Se pretendía demostrar que el capitalismo central ya no necesitaba de materias primas para mantener su economía y se solía citar como ejemplo el “milagro alemán”, denominado la locomotora de Europa. Incluso, en Alemania se había impuesto hasta febrero de este año, cuando comenzó la guerra abierta de Ucrania, la leyenda rosa de que ese país iba camino de ser el primero del planeta en implantar las energías limpias en sustitución total y definitiva de los combustibles fósiles. Hasta Gustavo Petro creyó y difundió ese cuento y, durante la campaña, presentó a Alemania como el modelo exitoso para impulsar las energías limpias, eso sí, sin transformar el capitalismo.

Lo dicho en el libro de Lessenich podría parecer el reciclado de teorías trasnochadas y que a los europeos no le decían nada importante, porque al fin y al cabo habían logrado independizarse en forma plena de la dependencia de recursos materiales y energías sucias procedentes del mundo periférico.

Pero hete aquí que la guerra de Ucrania, actualmente en marcha, vino a ratificar la certeza de las apreciaciones de Lessenich y lanzó al basurero de la historia los supuestos sobre la “revolución energética” en Alemania. Con la guerra nos enteramos de que el vano intento de impulsar “energía limpia” en Alemania, donde se habían cerrado centrales de carbón y de energía nuclear, se basaba en un sofisma mayúsculo, sustentado en las energías sucias procedentes del exterior, abrumadoramente de Rusia, de donde Alemania y Europa se nutren del gas y del petróleo.

Y esta es la estrategia central de la “sociedad de la externalización”, en verdad un nombre benigno del imperialismo, que se sustenta en el flujo ininterrumpido de materia y energía del mundo periférico con lo cual activa su aparato productivo y se presenta un rostro limpio y maquillado (el capitalismo con rostro humano lo han llamado algunos), mientras que en nuestros países queda la miseria, la suciedad, la contaminación, la destrucción ambiental.

La guerra de Ucrania ha puesto de manifiesto la dependencia de Alemania de la energía proveniente de Rusia y con ello ha revivido para el análisis social la crítica clásica de las teorías del imperialismo y de la dependencia, expresada, por ejemplo, en Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano. No por casualidad, el epígrafe del primer capítulo dice “La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especialicen en ganar y otros en perder”, la famosa frase que abre el libro de Galeano.

Una segunda idea importante del libro, que adquiere actualidad con lo que pasa en Europa, sostiene que, dado que durante cinco siglos se ha presentado ese flujo de materiales y energía hacia el norte, pareciera ser un proceso natural y no social e histórico. Y esto ha tenido como consecuencia negativa que las sociedades de Europa occidental y los Estados Unidos no sepan ni les importe saber de dónde viene aquello que les permite consumir hasta el hartazgo. Así, Lessenich da muchos ejemplos de ese “analfabetismo ilustrado” de los civilizados europeos y estadounidenses, quienes jamás se preguntan de dónde viene el café, el cacao, el te que se toman a diario, ni tampoco se cuestionan qué sucede en la trastienda, donde se extraen minerales como el coltán, el cobre, la bauxita o energías fósiles (petróleo, gas, carbón), esto es, en el escenario ruin y miserable de África, Asia y América Latina.

Por eso, en general, a los europeos y estadounidenses poco les interesan las guerras de agresión y saqueo que llevan a cabo conjuntamente sus gobiernos y sus empresas, ni el daño que producen en los seres humanos y los ecosistemas de los países agredidos. Al respecto, se sabe que un europeo o un estadounidense promedio no sabe localizar en un mapa a Afganistán, Irak, Venezuela, Siria, República Democrática del Congo…, aunque sean puntos calientes en el planeta en donde se libran guerras de saqueo e invasión, fundamentales para garantizar el funcionamiento del capitalismo.

Con la guerra a la vuelta de la esquina, en la Europa de hoy se ha ratificado lo que ha caracterizado la historia del capitalismo allí: esta ha sido posible y ha existido por el saqueo del resto del mundo y ese saqueo es el que le ha permitido vivir un milagro efímero, en una burbuja energética, posible porque se abastecían de energía barata procedente de Rusia. Este hecho ha demostrado que la “sociedad de la externalización” es una realidad y, sobre todo, que el “capitalismo civilizado” no puede funcionar sin lo que saquea al mundo periférico, empezando por su energía. Y en ese cuello de botella, que se muestra palpable en Alemania, empieza a sonar el réquiem de defunción de la “civilización europea”, implantada a sangre y fuego en los últimos cinco siglos.

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