¿Una generación deprimida?

Por Anyela Heredia

Ilustración: laura Espinal

Un asunto muy común entre los jóvenes hoy son los diagnósticos, incluso autodiagnósticos, de depresión y ansiedad. Hasta el punto que existe una creencia generalizada en que las últimas dos generaciones, la de los llamados milennials, nacidos entre 1980 y 1995, y la generación X, los nacidos entre 1996 y 2010, son generaciones signadas por la depresión.

Pili y Mili son amigas, estudiantes universitarias de 22 y 24 años, respectivamente (cuyos nombres han sido cambiados, pues temen ser reconocidas y abordadas de manera negativa por personas en su entorno cercano), tienen en común que ambas han sido diagnosticadas con depresión y ansiedad.

Ambas experimentaron desde muy jóvenes síntomas de depresión. Ambas recurrieron en algún momento a la estrategia de autolesionarse y ambas han sido tratadas por diversos psicólogos y reconocen una inmensa necesidad de ayuda para superar sus crisis.

Los ataques de ansiedad, según cuentan, llegan, sobre todo, acompañados de sentimientos de incertidumbre y miedo al futuro. “Nuestros pensamientos son siempre negativos. No vivimos en el presente, siempre estamos pensando o en el pasado o en el futuro”, afirma Pili; el pasado está siempre cargado de sentimientos de culpa, sobre lo que hicieron o dejaron de hacer y sus posibles consecuencias; mientras que los pensamientos sobre el futuro están estrechamente ligados al temor al fracaso y a no cumplir con las expectativas de sus familiares y amigos.

Aunque se reconocen “privilegiadas” por ser de las pocas jovencitas a quienes sus familias han podido costear sus estudios, es quizás por eso que experimentan como una carga muy fuerte el tener que retribuir a sus padres el esfuerzo que han hecho por ellas y temen no “ser capaces” de hacerlo. “Empezó desde pequeña, había que sacar buenas notas, ser juiciosa, sentarse de determinada manera”, todo para cumplir con las expectativas del entorno familiar. “Los profesores lo hacen sentir a uno que no va a ser capaz, que hay mucha gente mejor que uno, y sí, la hay, pero eso genera mucha presión”, comenta Mili.

La sensación física es agobiante: taquicardia, presión y dolor en el pecho, fatiga, falta de aire, mareo, desmayos, insomnio. Y, en ocasiones, sentimientos de frustración y de pérdida que son muy dolorosos y son “equilibrados” mediante autolesiones. Así relata Pili su experiencia adolescente: “Nosotros éramos un grupito de cinco que nos cortábamos. Alguien (un adulto) nos dijo una vez que se podía experimentar alivio en el dolor físico, y sí, es como una manera de distraer el dolor por un ratico. Así que todos empezamos a hacerlo… Yo me cortaba las piernas y las muñecas, pero siempre con mucho cuidado de no dañar una vena y con una Minora para no dejar cicatrices. Hasta que una profesora se dio cuenta de lo que estábamos haciendo, nos llamó la atención y nos ofreció ayuda”.

“Es muy importante tener una persona con quién hablar y, sobre todo, que no minimice la situación. Porque el decir de la gente es que eso nos pasa a todos, pero sabemos que no es así, no todos reaccionamos de la misma manera a los problemas y no todos experimentamos las mismas reacciones físicas”, complementa Mili. En el caso de su amiga Pili, ella fue diagnosticada hace años con el síndrome de disautonomía, una deficiencia en el funcionamiento del sistema nervioso autónomo, que es el encargado de controlar la frecuencia cardíaca, la presión arterial, la digestión y otros procesos automáticos del cuerpo, para lo cual tuvo que ser medicada a muy temprana edad. El saberse enferma, el no poder explicar lo que le pasaba y no sentirse como los demás, la fue aislando. Sentimientos de soledad y de abandono fueron creciendo poco a poco y también problemas familiares. Además, pese a que reconoce ser mimada por sus padres, tiene dificultades para expresar sus sentimientos y para relacionarse con personas de su edad. “Me desmayaba hasta tres veces al día y no sabía qué hacer, estaba muy decaída, no podía hablar con nadie, y cuando ya sentía que no podía más, llegaban los ataques de ansiedad. Mi única salida era cortarme”.

No todas las personas que sufren de ansiedad o depresión son medicadas; en la mayoría de los casos son tratadas por sicólogos y logran superar medianamente sus crisis con ayuda de estos profesionales. Pero muchos jóvenes, al no encontrar respuestas en las terapias, en muchos casos por falta de empatía de profesionales que, en palabras de Mili “ni siquiera lo miran a uno”, insisten en acudir a un siquiatra, donde reciben medicamentos.

“Yo tomo paraceticina, un antidepresivo que me ayuda con la ansiedad. El medicamento me relaja, me calma, pero la mente queda en blanco, no experimento ninguna emoción y lo que llega después es una profunda sensación de aburrimiento”, narra Pili. Al final, las dos amigas concluyen que es mejor intentar generar estrategias de respuesta distintas a los medicamentos: “Aprender a respirar, distraer las sensaciones físicas de la ansiedad tomando conciencia de otros sentidos, el tacto, el olfato, hacer deporte; buscar ayuda hasta encontrarla”.

Lo cierto es que son cada vez más los jóvenes medicados con antidepresivos, pastillas para dormir, y luego pastillas para despertar, pastillas para equilibrar supuestas deficiencias en la producción de endorfinas como la dopamina y la serotonina en el cerebro, necesarias para producir sensaciones de bienestar y de placer, a la vez que reducen el dolor y mejoran el estado de ánimo y la capacidad de concentración.   Algunos expertos coinciden en afirmar que mientras los siquiatras intentan paliar los efectos de la depresión y la ansiedad mediante el uso de medicamentos, los sicólogos se quedan en la superficie, en la manifestación del problema, mas no realizan un estudio profundo de las causas que permita generar estrategias efectivas de prevención. Tampoco es fácil transformar causas sociales de este flagelo como la falta de tiempo de calidad y de atención por parte de los padres, los efectos de la sobreexposición a aparatos tecnológicos y a la realidad virtual en las redes sociales, el aislamiento durante y después de la pandemia, la falta de oportunidades que nada tiene que ver con las capacidades de los jóvenes, y la hiper-sexualización de sus cuerpos, entre otras. Todas, causas que afectan particularmente a nuestros jóvenes y que, según el Instituto de Medicina Legal, han producido alrededor de 1564 suicidios en Colombia, en lo que va corrido de 2022.  

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