Del pensamiento suspendido por el enjambre

Por Carolina Echeverri Orozco

Ilustración: Tomada de afrofeminas.com

Una nube de abejas mecánicas, creadas artificialmente para suplir la función polinizadora del insecto extinto, se agolpan en puertas, conductos de ventilación y ventanas con la intención de que al menos una logre atacar hasta la muerte a las personas señaladas con el hashtag en redes sociales #DeathTo [matar a], una etiqueta que surge de campañas masivas de odio hacia ciertos individuos por su comportamiento u opinión crítica e inmoral, es la imagen que nos brinda el sexto episodio de la tercera temporada de la serie distópica Black Mirror, llamado Hated in the Nation [Odio Nacional].

Este capítulo incluye elementos de ciencia ficción que nos pueden parecer aún lejanos de nuestra presente actualidad, sin embargo, la sociedad a la que pertenecemos cuenta con una larga y dolorosa historia de exterminio de quienes piensan diferente, que, en este panorama surgido del audiovisual británico, nos permite vernos reflejados, no sin cierta desazón y espanto.

Además, repta entre nosotros a nivel mundial un fenómeno también antiguo, hoy en día conocido como la cultura de la cancelación, que sumada a las redes sociales puede trascender las fronteras y viralizarse con tanta prisa que no haya tiempo para razonar o para la autocrítica, y, de haberlo, posiblemente el pensamiento del individuo se diluya entre la masa para no convertirse en el nuevo objetivo, y disolver entre la misma la responsabilidad que implica tener ideas propias.

Es sobre esta cultura del enjambre imperceptible de la que quiero hablar en este espacio. La palabra “cancelar” viene del latín cancellāre que significa cubrir de rejas algo, es decir, enjaular o encarcelar; su misma etimología nos lleva a pensar en un centro penitenciario, en la exclusión, y en el despojo de la libertad del señalado, estereotipos de las nociones de justicia retributiva o punitiva en la que nos hemos criado.

Si bien en un principio, desde el feminismo, causa social que abandero, no me confrontaba el debate ético sobre la cultura de la cancelación, después de un trayecto devenido tuve que volver los pasos para reconocer que es necesario cuestionarla; el problema viene cuando lo que se piensa correcto adquiere un carácter único e inmutable determinado por un puñado de líderes que ostentan seguidores, pero no solo eso, sino que se piensan a sí mismos con la suficiente autoridad moral para expulsar a todo “hereje” que se niegue a  comulgar en su altar, da igual si se trata de un verdadero delito, una crítica, o simplemente una opinión diferente, se cancela con la misma emoción: por el odio a lo que consideramos ajeno a nosotros, el o la acusada queda fuera de la masa, censurada, insultada e incluso su nombre se convierte en sinónimo de impronunciable, cerrándole espacios públicos para el debate o para su enmendación, si la considera necesaria.

Aunque este fenómeno de la cancelación no implique una condena carcelaria, sí nos remite inmediatamente a una especie de hostigamiento a todo aquello que adquiere materialidad en aquel o aquella (persona) que nos es angustiante y, por tanto, debemos excluirlo de nuestra realidad, incluso se aspira a que reciba un tratamiento estigmatizante similar al de un ex convicto.

El primer evento que me alentó a pensar sobre esto fue que después de haber amado mi primer trabajo en una corporación defensora de los derechos humanos, los jefes decidieron terminar injustamente mi contrato con el único y aterrador argumento: “No nos gusta cómo piensas”. Días antes, en un diálogo organizacional, yo había puesto en cuestión términos que me parecía se estaban usando al azar. Hay debates que se están dando a nivel internacional, de toda índole, en mi caso era sobre el feminismo, y yo consideraba que, antes de elegir un bando o definitivamente no optar por ninguno, se debían escuchar todas las aristas para cargar con sentido el discurso; siempre he sido una neurótica de la palabra porque la pienso viva y con una capacidad enorme de crear o destruir, pero cuando sentí este primer rechazo a mis ideas me sumergí en un doloroso y esquivo silencio.

Luego de este malestar, me impactó ver cómo mujeres que, sin duda pienso que aportan a las actuales discusiones del feminismo como Carolina Sanín, Camila Cadavid, Claudia Quintero, son acosadas y repudiadas por la masa insistente en silenciarlas.

Un ejemplo es lo sucedido con Joanne Rowling, autora de Harry Potter, que simplemente twitteó en defensa de una docente que había perdido su trabajo por poner en duda la llamada “identidad de género”, argumentando que si desaparece el concepto de sexo se anularía la realidad vivida globalmente por las mujeres. En minutos, el enjambre le apuntó con el dedo acusatorio, la tergiversó y quiso usurpar su autoría.

También me alertó lo ocurrido el 19 de septiembre en la Universidad de Antioquia cuando un grupo de encapuchadas se tomó unas oficinas y detonó algunas papas.  No hablo de la extrañeza ingenua que produjo en algunos la naturaleza del evento, sino de lo peligroso de acusar a la ligera, por redes sociales, a dos estudiantes, sin pruebas, de haber realizado los desmanes, además del panfleto difundido por las mismas encapuchadas que pregonaba literalmente: “El dolor y la rabia arderán esperando el momento, nunca olvidaremos, dormirán y los atacaremos”. Entiendo estas emociones, comprendo a la perfección lo que es vivir las agresiones sexuales, y no se equivoquen: les creo, pero no se trata de tener fe, debemos escalar al intelecto para no perder los derechos ya ganados, ni dejar que los propios miedos debiliten nuestra lucha.

Honro el pensamiento racional y sé que en la sociedad de la inmediatez estamos andando peligrosamente caminos de censura que pueden aventajarnos para jugar en contra nuestra. Quiero motivarles a la reflexión sobre el deseo de retaliación propio del inconsciente, el #MeToo logró demostrar que “lo personal es político”, hecho esto se debe avanzar del estado primario que huye ante la incomodidad de la extrañeza del Otro y que se niega a entablar los puentes de la palabra para entender; a pensar en una justicia feminista que trascienda la ley y las instituciones, no para rechazarlas sino para imaginar cómo incorporarlas, entendiendo que el patriarcado es un sistema estructural.

Quiero que nos mudemos de esta habitación que ya nos parece chica, que abandonemos la inmadurez de los supuestos, de la subjetividad a la que nos sentimos inmunes, y fluyamos hacia el imperativo categórico que hace exigencias universales para que se apliquen a todas y todos, y comprendamos la complejidad humana: somos nómadas en nuestra propia vida; no sigamos la insensatez de los prejuicios que considera justa la crueldad contra el supuesto enemigo común.

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