Editorial No 79: La paz total es un anhelo legítimo pero complejo

Portada: Somos Arte – Olaf Hayek

Por supuesto que la paz es un anhelo legítimo de una sociedad que en su historia reciente (de los últimos cinco siglos) no ha conocido nada parecido y en las últimas décadas ha vivido sumida en una profunda guerra de múltiples rostros. Y, desde luego, la paz debe ser total para ser paz realmente. Por eso es bienvenida la propuesta del presidente Gustavo Petro de poner la búsqueda de la paz total como el propósito nuclear de su gobierno durante los próximos cuatro años. Y es entendible también que la derecha, casi a una sola voz, reaccione airada ante esta propuesta, pues su poder y riqueza se afincan precisamente en la guerra y sus representantes quieren mantener el negocio de la guerra como el contexto que hace posible buena parte de sus demás negocios. Pero eso no debe llevarnos a cerrar los ojos ante todo cuestionamiento que se le haga a esta propuesta, porque en un contexto tan complejo como el colombiano, una cosa es la legitimidad del anhelo y otra cosa es la efectividad de las estrategias para alcanzarlo.

En primer lugar, debe ser claro que la política de paz no puede reducirse a la negociación con la totalidad de los grupos armados en Colombia, no es solo eso lo que debe encarnar la exigencia de totalidad. Eso quiere decir que la estrategia no descansa exclusivamente en el comisionado de paz y en los acuerdos de diálogo o sometimiento que este pueda alcanzar, a nombre del Estado, con la diversidad de grupos armados, como se ha pensado en el pasado. La exigencia de totalidad implica la reflexión profunda de que la guerra impacta a todos los escenarios y ámbitos de la vida social y que, por tanto, las estrategias de paz deben también aplicarse en esta diversidad de ámbitos y escenarios.

Demanda, por supuesto, una reforma social y económica que transforme el contexto de injusticia e inequidad que durante los últimos siglos ha alimentado todas las guerras en nuestro país, incluyendo, desde luego, las guerras avivadas por el narcotráfico. En este sentido, son fundamentales las reformas estructurales que propone el gobierno en el sistema tributario, pensional, de salud, la reforma rural integral, etc., para cuya realización tendrán que mantenerse movilizados los sectores populares, a juzgar por la reacción de la derecha en las primeras de cambio. Incluso para que el gobierno, bajo la presión de los sectores empresariales, no termine negociando con ellos hasta lo innegociable (como a veces parece) y realizando reformas puramente cosméticas, muy agresivas en sus nombres, pero inocuas en sus contenidos.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que, si las condiciones económicas son las que explican el origen de la guerra en Colombia, la paz no se alcanza ya solo con eliminar dichas condiciones. Y es que la guerra ha terminado por enquistarse en nuestra cultura, configurando casi un elemento genético de nuestro carácter nacional. Una prueba de ello nos la pone en la cara, por si no queríamos verla, La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo. Allí se ve claramente la idolatría de los jóvenes a sus madres (casi siempre solteras), por las cuales están dispuestos a hacerse matar con tal de dejarles una casa o en todo caso el dinero para que compren lo que nunca han tenido. Y se muestra claramente cómo las madres no solo aceptan este sacrificio, sino que hasta lo promueven.

Aunque es real el fenómeno del reclutamiento forzado de los jóvenes por parte de los diferentes grupos armados en los barrios y veredas, sobre todo en las periferias, tampoco podemos tapar el sol con la mano negando tozudamente que muchos jóvenes (posiblemente la mayoría) se sienten atraídos por la lógica y la dinámica de la guerra. En principio pudo ser porque, ante la falta de oportunidades de empleo, la guerra era la única alternativa para muchos; poro poco a poco se ha ido convirtiendo en un modo de vida. Y es que la exhibición de los grupos armados en las calles, con sus fierros en la mano, usando y abusando de su poder y su capacidad de consumo desmedido, terminó por seducir a mucha gente y por ganar la aceptación de otros. Por eso muchas madres iban y van donde los duros del barrio para que les reconvengan a sus hijos, o la gente va a poner las quejas sobre sus problemas de vecinos o incluso las desavenencias de pareja. Así, los combos armados, y sobre todo sus líderes, terminaron sustituyendo el aparato de justicia en los territorios. En ese sentido, el statu quo en los territorios, a veces, está determinado en primera instancia por la posición en los grupos armados.

Resulta un poco ingenuo, tomando en cuenta estas consideraciones, pretender arrebatarle jóvenes a la guerra hoy, ofreciéndoles a estos un subsidio para que puedan estudiar. La cultura del dinero fácil y del derroche instaurados por el narcotráfico y el crimen organizado no se extirpa tan fácilmente. Lo que urge, en este sentido, es toda una transformación cultural que toma mucho más tiempo y demanda mayores esfuerzos que las mismas reformas económicas. Estas transformaciones, además, desbordan a la institucionalidad, pero tienen que ser lideradas por ella, de tal manera que se involucren todas las instituciones del Estado, empezando por su mismo saneamiento, porque la cultura de la corrupción es uno de los primeros combustibles de la guerra.

La transformación cultural implica una transformación de todo el sistema educativo desde su misma concepción, una transformación de los medios de comunicación o, por lo menos, el surgimiento de todo un entramado de comunicación popular que haga contrapeso a la mercenarización de los medios masivos. Pero, sobre todo, demanda una transformación radical de la justicia, que debe transitar de una justicia punitiva a una justicia restaurativa en donde quien delinque encuentre verdaderas posibilidades de reflexionar sobre su delito y transformar su actitud frente al mundo, y la víctima sea realmente reparada por el daño infringido.

No podemos, sin embargo, llamarnos a engaños. Esto no puede implicar una simple política de vuelta de página donde quienes, a través del crimen sistemático, incluso desde el mismo Estado, alcanzan la impunidad supuestamente como el precio que debe pagarse por la paz. Necesitamos avanzar en la construcción de una cultura que nos disponga para el perdón y la comprensión, pero no en la forma de show mediático en que se han convertido los actos protocolarios en donde el victimario pide perdón, sin haberse arrepentido de nada y sin buscar realmente un acercamiento que le ayude a ganar la comprensión de sus víctimas y la seguridad de que serán reparadas y no revictimizadas. Lo que se busca es un perdón del aparato de justicia para seguir delinquiendo como si nada. La justicia restaurativa no implica impunidad, sino un énfasis en la restauración tanto de la víctima como del victimario, lo que demanda una transformación en toda la cultura y en la forma misma de concebir la justicia. Es precisamente la rabia que produce la impunidad tan gloriosa de que gozan los grandes criminales de este país, la mayoría de ellos políticos que usan al Estado para sus fechorías, el mayor combustible de la guerra.

Contraportada: Sin título – James Faubert

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