La soledad de los ahorcados

Por Edison David Ramírez

Pintura de Michelle Ocampo

Hoy se suicidaron un par de tipos. Mañana seguramente se suicidarán tres, el viernes cincuenta y dentro de un año una buena centena. Los libros anti-suicidas estarán parqueados en todas partes: en los metros, en los baños, en las iglesias, en los moteles, en los bancos (y sobre todo en los bancos), en los restaurantes, en las universidades y en las paradas de autobús. Los psiquiatras se quintuplicarán como hormigas: la horda de sabiondos con bata y lentes de astronauta se tomarán todos los canales, las radios y los periódicos. No habrá salvación.

Pero eso no servirá de nada, el que se quiere suicidar, se suicida y punto; no le busquen más pelos al gato ni patas a la araña: si no lo dejan tirarse al metro, se tirará a un precipicio; si no lo dejan meterse un tiro, se estrangulará con alguna sábana. La patologización de un individuo no sirve pa’ un carajo, porque la sociedad misma ya es una enfermedad, una aberración contra el cuerpo y sus ‘incastrables’ instintos.

Para el psiquiatra ortodoxo, el que intenta matarse tiene zafado un tornillo. El suicida en potencia –según el argumento– es un personaje que se salió por la tangente de la realidad. La lógica aquí es que hay una forma de ver, de sentir, de comportarse. Puede que sí, y puede que no. Aquí la discusión es otra. Según las cifras, la edad promedio de los suicidas varía entre los 17 y 27 años; junto a un segundo rango de entre los 49 y 71.

Esas estadísticas no son tan sorprendentes: en la adolescencia uno ve de frente las inmensas caretas que sostienen a la sociedad. El baile de máscaras y paliativos es infinito: se habla de ‘libertad’ en medio de la explotación laboral y la exclusión de minorías; se habla de ‘igualdad’ en medio de la desnutrición parcial y total de un gran segmento de la población; se habla de ‘fraternidad’ en medio de la indiferencia y la competencia despiadada entre los individuos.

Al hombre recién llegado a la adultez, encima de aceptar la falacia de la ‘libertad’, la ‘igualdad’ y la ‘fraternidad’, también se le exige ser un buen ciudadano, un buen espécimen, un buen vecino, un buen pasajero, un buen profesional, un buen eunuco, un buen todo. Y es que, siendo realistas, el problema del suicidio es un problema social. Nuestra cotidianidad es el mejor nicho para que surjan patologías mentales de las más variadas raigambres.

Albert Camus, sin pelos en la lengua, expuso el problema del suicidio refiriéndose al mito de Sísifo: este personaje fue condenado a subir una piedra por la montaña en el fondo del Hades; cuando la pesada roca se devolvía, el desgraciado tenía que devolverse de la cima para empezar de nuevo todo el proceso. El hombre del siglo XXI, o la abejita sin voluntad, es el Sísifo de Camus: pega, corta, lleva, informa, firma, memoriza. El obrero de a pie se ha trasformado en una herramienta que trabaja por trabajar: un día es igual a otro, un mes es igual a otro, un año es igual a otro.

En términos laborales la cosa no es muy bella que digamos, pero en términos estéticos tampoco: la autoestima de un hombre o de una mujer ahora se mide por la cantidad de likes’ que tienen en Facebook, Vkontakte, TikTok o Instagram. Si una fulanita ‘X’ tiene más de 400 likes, su vanidad estará más alta que las extintas torres gemelas ¿Y qué pasa con las zutanitas y las perencejas que no tienen tantos likes? Pues que se deprimen, se ‘achilan’, se ‘achicopalan’ y a veces hasta se suicidan.

Que el hombre tiene que tener sus buenas piernas, sus buenos bíceps y sus buenos tríceps; que la mujer debe tener sus buenos pechos, sus buenos muslos, su buena sonrisa. Si no parecemos salidos de una vitrina, no tenemos el derecho a llamarnos ‘bellos’. Si uno no es muy agraciado, le toca conseguir dinero; si el dinero no llega, el buen disco de Los Prisioneros estará ahí con los brazos abiertos, para cantarnos al son de una buena renegada:

Únanse al baile
De los que sobran
Nadie nos va a echar de más
Nadie nos quiso ayudar de verdad

Si alguien ha tenido una responsabilidad real en esa construcción de un modelo único de belleza, son los medios masivos de comunicación: en las novelas los protagonistas son blancos, esbeltos y ricos; el negro, el indígena y el zambo son representados como los sirvientes o malhechores; los discapacitados adquieren la imagen de minusválidos o pordioseros. Para acabar de rematar la cosa, nos venden la idea de que las parejas son principitos y princesas azuladas, casi flotantes.

Pero por fortuna no, y hay que decirlo, los tipos corrientes en nada nos parecemos (ni debemos parecernos) a los modelos de celofán que levitan en la farándula. Los hombres comunes somos gruñones, celosos, impulsivos, temperamentales; pero también somos caballerosos, detallistas y a veces hasta romanticones. Sin embargo, la cruda realidad es que la pantalla se nos metió hasta en la sopa: nos volvimos imitadores de una forma de hablar, de una forma de vestir y de una forma de comprar.  

A los males de nuestro siglo encarnado en los trabajos sin sentido y a la estética de pacotilla se suma la soledad abrumadora que, cada día más, padecen en silencio millones y millones de personas. En los países ‘desarrollados’, mucha gente se muere solitaria en sus apartamentos miniatura; sus cadáveres, a menudo, son hallados uno, dos o hasta tres meses después ¿Y los amigos? ¿Y los amantes? ¿Y los familiares? El mundo de las ‘naciones avanzadas’ no brinda eso: lo humano les parece fofo, tonto, medieval.

De esa pandemia de soledad, ha surgido un movimiento ‘anti-natura’ en su máxima expresión denominado: digisexuales. Estos adoradores de los castrati, son gente que solo tiene interacción sexual (y a veces social) únicamente con aparatos tecnológicos o a través de ellos. Por eso no es sorprendente que existan personajes casi ficcionales (pero que no lo son), como Akihiko Kondo, un japonés de 37 años que en 2017 se casó con un holograma.

Es más que obvio que esa dependencia cada día más frecuente hacia ‘los seres tecnológicos’ tiene una dosis de bastante facilismo: un robot, un holograma, una muñeca inflable o un vibrador no tienen voluntad. Las relaciones sociales, sexuales o filiales, requieren un juego, una negociación entre dos voluntades. Esta generación de cristal evita romperse a causa de un desamor, una decepción o una traición no esperada. 

Nuestra sociedad, quiéranlo o no, incrementará las cifras de suicidio en proporciones nunca antes vistas. Los paliativos de psicólogos portátiles no sirven de nada si el entorno de los individuos es un constante campo de concentración y esclavitud sistematizada. Hoy hay esclavos de su trabajo, esclavos de su cuerpo, esclavos de un ‘holograma’. Al fin y al cabo, mis ávidos lectores, cada milenio viene con sus propias cadenas.

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