La posibilidad de aceptarnos en la diferencia

Por Dúber Mary Restrepo

Pintura de “Nube voladora”

Colombia es un país multiétnico en donde subyacen cosmogonías que se traslapan en simbiosis culturales que no siempre se comprenden en su totalidad, dada la complejidad antropológica de las mismas. La llegada a la casa de Nariño de nuevas representaciones de la sociedad (históricamente separadas del poder estatal y desconocidas en cargos decisorios y transformadores) posibilita dinamizar esas relaciones y el acercamiento a otras formas de comprender el mundo, alejadas de las ambiciones hegemónicas cada vez más distantes de las realidades del pueblo, a quien han despreciado y descaradamente ofendido, sintiéndose los poderosos seguros de su posición. Con ello se visibilizaron aquellos a quienes Eduardo Galeano llamó en su poema “Los Nadies” a través del poder colectivo concretado en las urnas, en donde confluyeron las voluntades de amplios sectores marginados de la sociedad colombiana.

La elección de una mujer afrodescendiente a la vicepresidencia ha generado esperanza en sus electores e incomodidades en sus detractores, sectores radicales de la política tradicional, por su propuesta de “vivir sabroso” en comunidad como una opción viable para todos en este país. Dichos opositores se han afincado en desacreditarla recurriendo a estrategias bajas, acudiendo al imaginario discriminatorio de que a los afrodescendientes no les gusta trabajar, son rumberos, quieren las cosas fáciles, entre otras, lo que claramente muestra la negación no solo de los aportes que históricamente han realizado en los diferentes aspectos de la sociedad, la ciencia y la cultura, sino también la ignorancia de la cosmogonía que sustenta ese principio de vida, expresión estrechamente relacionada con la filosofía Ubunto (originaria de África); en pocas palabras, postula que no es posible ser feliz a costa del dolor de otros, pues se sustenta en valores de solidaridad, lealtad y el bien común.

En palabras de la vicepresidenta Francia Márquez: “Vivir sabroso no es vivir con plata, es vivir sin miedo”. Ante tanta claridad, algunos medios de comunicación irrespetuosamente insisten en desconocerla y, por el contrario, la utilizan para ofenderla preguntándole si el hecho de tener ese cargo significa que ya va a empezar a “vivir sabroso”. Posturas con rezagos de un pensamiento colonizador y esclavista de oligarquías rancias que, sin argumentos, acuden a la discriminación étnica para descalificar una propuesta política fundamentada en un saber ancestral y en un anhelo de la población colombiana, independientemente del grupo étnico al que pertenezca. Por ejemplo, en los pueblos originarios de Abya Yala, la anterior propuesta está estrechamente vinculada con el principio y actitud política del “Vivir Bien”.

“Vivir Sabroso”, algo más que un concepto

En el estudio antropológico realizado por Natalia Quiceno Osorio, titulado “Vivir sabroso. Luchas y movimientos afrotrateños, en Bojayá, Colombia” (2016), nos dice que para estas comunidades “la dignidad y la posibilidad de vivir sabroso se construyen mediante la labor cotidiana, la fuerza del trabajo colectivo, la lucha y la resistencia de las comunidades, y no necesariamente con un programa específico promovido por el Estado”. Estado que, hasta este momento, ha hecho presencia en los territorios con pie de fuerza armada representada en el Ejército y la llamada seguridad democrática; es decir, despojo y represión.

“Vivir sabroso” se convirtió en una forma de hacer resistencia a un sistema de poder represor, a una clase política cínica y a un poder armado descontrolado. El anhelo generalizado de paz y las posibilidades de acceder a los mecanismos que garanticen la satisfacción de las necesidades individuales y colectivas, es el sentido dado a ese concepto por los colectivos que se movilizaron de manera contundente y que plasmaron su decisión en la elección de quienes consideran que realmente los representa. El colectivo “Movimiento Cultural Arte a la esquina y la Verdad” refleja las nuevas formas de entender la política definiéndola como “algo que tiene que ver con las posibilidades de cómo se organiza la sociedad para darle un mejor sentido a lo público y en especial, al desarrollo de una cultura por la vida, que armonice con la naturaleza, los valores humanos y la forma de relacionarnos”.

Reducir la complejidad de un concepto a un simple término, utilizándolo como argumento para invalidar la voluntad del pueblo, se puede considerar miopía en términos políticos de una clase hegemónica en decadencia, alejada de la realidad de una nación que de múltiples formas y desde diferentes sectores está pidiendo cambios profundos, los cuales está gestionando desde la organización social en diferentes frentes de representación (cultural, político, económico, barrial, gremial ente otros). Todo ello evidencia que las necesidades básicas y sencillas de la vida posibilitan tener puntos en común, nutrirnos con formas diferentes de concebir el mundo y de convivir en paz, siendo respetuosos de las diferencias para construir nuevas alternativas.

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