Finca Moniyamena:  volver al equilibrio con la naturaleza

En un sistema económico que explota e impulsa más y más a la extracción y sobreproducción y nos desliga de la naturaleza, haciéndonos creer que mandamos sobre la misma sin importar las consecuencias, repensarnos y tejer un proyecto donde prime la vida con nuestro entorno natural se vuelve un símbolo de rebeldía, resistencia, re-existencia y liberación.

Por Jhon Mario Marín Dávila y Paula Andrea Lainez Soto

Fotos: Tomada del perfil de Facebook de la Finca Moniyamena

La finca Moniyamena lleva como proyecto veinte años. Nació de la asociación de José Zarate, Iván Mahecha y Jairo Ballesteros en un intento de rechazo a la producción con químicos. Está ubicada en el km 14 vía Acacias, Vereda las Mercedes, Villavicencio, Meta, Colombia. Este nombre -Moniyamena- se lo pusieron unos indígenas de la Amazonía que estuvieron en la finca haciendo trabajos; la palabra significa, en el lenguaje uitoto, árbol de la abundancia. 

Jairo Ballesteros, integrante de la finca Moniyamena, comenta: “yo llegué a esto porque caí en cuenta de un error, nosotros producimos cultivos de arroz y el arroz es uno de los elementos que tiene más químicos, casi que semanalmente toca hacerle las aplicaciones. A eso ha llevado el sistema de producción, a tener una dependencia, un uso de los pesticidas, de los agroquímicos; lo que implica que los cultivos tengan unos tiempos definidos que hacen que la dependencia cada vez sea mayor, porque el rompimiento de los ciclos naturales genera unos problemas que deben ser solucionados con otros químicos y permanentemente se sigue esa cadena”. 

A partir de las reflexiones y autocríticas desde la experiencia, dice que Moniyamena es una suma de errores, errores que les ha permitido crecer y aprender a modificar la tecnología que traían y comprender que debían quedarse solo con lo que les funcionaba y desechar lo que no. También aprendieron que no hay que considerar solo lo que se importa a la finca sino qué hacer con los recursos propios de esta; y es que gran parte de la solución está adentro y no afuera. Esto los llevó a un estudio riguroso de qué es la tierra, cómo se producía en la tierra, cómo funcionaban las bacterias, cómo se movían los ecosistemas, descubriendo un mundo diferente. Fue el despertar “porque estábamos dormidos con los agroquímicos y me desperté a un mundo biológico muy interesante”, comenta Jairo Ballesteros.

En este sentido, se empiezan a forjar unos principios en la finca Moniyamena, los cuales son prácticamente naturales. Lo que hacen es dejar que la naturaleza fluya y se manifieste desde sus maneras propias, es decir, toman esos principios naturales y hacen imitaciones de la naturaleza para una producción más amable con el medio ambiente. Por ejemplo, han observado el compostaje que realizan los bosques sin ayuda del humano, bosques que nadie abona, sino que ellos mismos se abonan.  “La naturaleza nos habla, pero nosotros no le hacemos caso, ella nos grita, nos pide auxilio, pero nosotros tercamente no entendemos lo que la naturaleza nos está diciendo. Entonces lo que hicimos fue escuchar a la naturaleza y adaptarnos para hacer una producción mucho más amable”, continúa Ballesteros.

La naturaleza tiene un funcionamiento normal que los humanos han interferido, y cuando se rompe ese funcionamiento, esos ciclos naturales, la naturaleza da una respuesta a ese rompimiento, a esa afectación que se está haciendo. “De ahí es de donde aparecen las plagas, que es una sobrepoblación de un animalito al que se le quitó el depredador natural, y ya no hay un control biológico”, explica Jairo Ballesteros. Por esto, en la finca Moniyamena tratan de mantener el balance natural, donde las plagas tengan su depredador y cada ser vivo tenga una comida, para no interferir de una mala manera, buscando ese equilibrio natural que tanto se ha perdido. Ahora saben que si se toma conciencia se puede cambiar el paradigma de trabajar la tierra de manera rápida, donde se beneficia solo el ser humano y no la propia naturaleza.

Jairo Ballesteros manifiesta que “el problema que tenemos nosotros es que no observamos la naturaleza, sino simplemente pasamos por encima de ella a pesar de que ella nos diga los errores y nos los hace ver fácilmente. Nosotros los resolvemos con un pesticida, herbicida o digamos una afectación con un químico para quitarnos el problema rápidamente, porque el sistema nos obliga a ser más eficientes; o no más eficientes, sino más rápidos, tiene que hacerse una mayor producción, una mayor cantidad, un mejor color, un mejor todo. Pero todo eso está dañando el ecosistema, ese círculo natural que tenemos lo estamos rompiendo”. En este sentido, en la finca Moniyamena, cuando pueden tomar ese ciclo natural y volverlo a favor de la producción, no dudan en hacerlo; por ejemplo, en sus huertas tienen flores, aunque debía ser solamente de cebolla o tomates, pues no, tienen flores porque necesitan que haya un balance natural. Entonces debe haber el depredador y a su vez está su comida y vuelve otra vez la cadena cíclica de ese sistema.

En tiempos actuales, en donde la madre tierra, a gritos, nos muestra que está enferma, que debe ser escuchada, por la utilización exagerada de químicos que no solo contaminan ecosistemas, sino que además perjudican la salud de los seres vivos, por el querer explotar y extraer desmesuradamente la tierra; en estos tiempos se vuelve indispensable dejar la mezquindad, parar y escuchar, reconciliarnos con la naturaleza y pensarnos también como parte de un ecosistema que esté en equilibrado. Por esto, como ocurre en la finca Moniyamena, se deben implementar en todas partes prácticas que contribuyan a la sanación de la madre tierra y que favorezcan de manera sana, sentida y consciente su uso, y no desde una perspectiva antropocéntrica, dañina y destructiva.

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