El horror de la desaparición forzada:

El caso de Gloria

Por Fernando Álvarez

Ilustraciones: Alberto Jerez

La desaparición forzada de personas en el continente fue y ha sido una política de algunos Estados en la lucha contra las guerrillas alzadas en armas, las organizaciones sociales y partidos políticos de izquierda. Colombia no escapa a este atroz crimen. La denominada “democracia más sólida del continente” se erige sobre un número de casos por encima de dictaduras militares como las de Argentina y Chile. Aunque se tiene como primer reporte oficial el caso de la odontóloga antioqueña Omaira Montoya en 1976 en la ciudad de Barranquilla, esta práctica se venía ejerciendo desde años anteriores y continúa hasta nuestros días. Las víctimas de este flagelo fueron previamente perfiladas por organismos de seguridad entrenados para la ejecución de este tipo de acciones; pero también han contado las hordas paramilitares. Aquí les narramos el caso de Gloria, que ejemplifica no solo el terror de esta práctica sino la desidia de las instituciones en la búsqueda de los desaparecidos.

Era una mañana de verano de mediados de febrero de 2020. El día anterior habíamos acordado que nos encontraríamos antes de las seis en la Terminal de Transporte Norte de Medellín para abordar el bus que salía a esa hora hacia el municipio de San Roque y luego trasladarnos al corregimiento Cristales. La mañana presentaba un clima agradable y no había signos de lluvia, y estimábamos que el recorrido duraría dos horas y media, máximo tres. Me acompañaba la madre de dos adolescentes, de 15 y 14 años, desaparecidos en los años 1997 y 1998 en el corregimiento Cristales de San Roque a manos del grupo paramilitar que comandó alias Filo, que tuvo asiento en el pequeño caserío; luego este poblado se convirtió en la base principal del Bloque Metro de las Autodefensas comandado por el sanguinario Carlos Mauricio García Fernández, alias “Rodrigo Franco” o “Doble Cero”.

 Al comienzo del recorrido estuve intercambiando impresiones con la madre de los adolescentes, por lo que la conversación fue sobre sus hijos. Hablaba de ellos con la naturalidad de haberlos dejado a buen seguro en la casa, del dolor y sufrimiento de los años que llevaba sin encontrarlos, de la persecución y las amenazas de muerte a su familia, del asesinato de su compañero en Medellín a manos de paramilitares cuando este regresaba del trabajo; mudarse de casa cada que recibían una llamada se convirtió en una constante. “Me decían que mis hijos fueron picados y lo mismo nos iba a suceder a mí y a la familia”. Así, con entereza y crudeza hablaba de su tragedia y del cáncer de mama contra el cual también luchaba. Esta mujer conjuga las congojas de miles de otras familias que han soportado su misma situación y mantienen viva la esperanza de encontrar a aquellos que han sido arrancados del jardín de la vida por manos siniestras. Estas mujeres han hecho de su martirio una fortaleza para resistir y mantenerse en la búsqueda de sus familiares desaparecidos.

Una vez que tomamos el campero que nos llevaría a Cristales y empezamos el recorrido, Gloria empezó a hablar de sus años de vida en la vereda; contaba y señalaba dónde nació y creció, los festivales que se hacían, los pretendientes que iban a visitarlas de otras veredas, las familias que habitaban y tuvieron que abandonar. Toda esa historia luego se transformó en tragedia.

Una mañana de 1983, Gloria salió de la vereda Quebradahonda del corregimiento de Cristales, San Roque. Campesina, madre soltera con dos hijos pequeños, uno de ocho meses y una niña de dos años a los que dejó al cuidado de sus padres. Partió a lo desconocido con la melancolía propia de quien deja los seres amados con la incertidumbre de si volvería a verlos. Atrás quedaba la vereda, los aromas del café y la molienda de caña, el helecho seco, las matas de plátano y piña, el barro de los caminos y los festivales (fiestas campesinas). Había migrado a la ciudad en busca “de trabajo y mejores condiciones de vida que me permitiera sostener a mis pequeños Bibiana María y Jerley Oswaldo”. Trabajó sirviendo en una casa de familia y luego en una empresa de confecciones. Así pudo sostenerse y enviar dinero para el cuidado de sus pequeños, a los que visitaba cada dos meses.

“Cada año que iba a pasar unos días en navidad llevaba regalos, matábamos gallinas, y hacíamos natilla en comunidad. Como éramos una comunidad muy unida se hacía trueque con la cosecha de fríjol, maíz, panela y frutas. En ese tiempo no pasábamos hambre, no había violencia y estábamos unidos. En todo eso ayudó el padre Jaime y la hermana Teresita con otros religiosos. ¡Era una época muy bonita como se vivía en ese tiempo!”.

Luego de varios años de estar alejada de sus hijos, que crecían viendo a su mamá de un día para otro, decidió que lo mejor era regresar. Eso fue en enero de 1995.

Días después de haber llegado a la vereda se fue con sus hijos para el caserío de Cristales y cogió el local y el restaurante que le cedió su mamá. “Allí invertí la liquidacioncita y me iba bien en el restaurante, para qué voy a decir otra cosa”.Sus comensales eran campesinos, visitantes, jornaleros de trapiches paneleros, soldados y, en algunas ocasiones, guerrilleros, pues para nadie era secreto que por ese territorio se movía la guerrilla desde mucho tiempo atrás.

Todo transcurría con normalidad en el corregimiento. Sus habitantes eran conocedores del conflicto armado porque sus actores, Ejército y guerrilla, desde años atrás recorrían el territorio. También eran sabedores de quiénes asesinaron al padre Jaime y a la Hermana Teresita y organizaron el destierro de los demás religiosos.

“El padre Jaime y la hermana Teresita eran unos amores… colaboraban con la comunidad y siempre estaban dispuestos a acompañarnos en los bazares, festivales y en las actividades comunitarias. Sus muertes fueron un dolor y una pérdida muy grande”.

Llevaba seis meses de su regreso cuando, en mayo de 1995, a las seis y media llegaron a la vereda local hombres armados cubriéndose el rostro con pasamontañas negros y vistiendo uniformes del Ejército. Estaban al mando de alias Filo (Jhon Jairo Mejía Arcila), quien se presentó como comandante paramilitar. Vociferando gritos e insultos recorrieron la única calle del pueblo, “tocaban las puertas de las casas y, con amenazas de derribarlas y tirarles granadas, hacían salir a las personas y las llevaban al atrio de la iglesia, donde nos reunieron”. Allí los maltrataron y empezaron a gritarles:

“¿Dónde están los guerrilleros que no salen, o es que los tienen escondidos? Todos ustedes son unos hijos de puta. Se salvaron que no los matáramos anoche a todos en las heladerías porque se varó uno de los carros”.

Luego de escuchar improperios y vulgaridades de los atacantes, los pobladores vieron con terror la selección que hicieron de cuatro personas entre los concentrados en el atrio de la iglesia: “Alfonso Zuleta, Jaime Puerta, Francisco Castrillón y otra persona de la que no recuerdo su nombre, y los montaron en las camionetas. Antes de salir manifestaron que volverían. Todos eran conocidos y buenas personas, no tenían que ver con nada, su pecado era ser dueños de tiendas y trapiches”.

A la salida del corregimiento fueron asesinando uno a uno a los secuestrados, lo mismo ocurrió con campesinos de las veredas que estaban a orillas de la vía que conduce hacia San José del Nus. En total fueron diez los muertos.

A las dos horas se hizo presente el Ejército en el corregimiento a preguntar si conocían a los atacantes. A partir de ese suceso la vida cambió para todos los habitantes y el miedo se convirtió en terror y las noches en su aliado. El solo hecho de anunciar que volverían a matar a todos los “guerrilleros del pueblo”, que en otras palabras eran sus habitantes, hizo que comenzaran los desplazamientos de las veredas y del poblado. “Ante el anuncio hecho por los paramilitares, mis padres abandonaron su tierra en la vereda, dejando la casa, los cultivos de caña, café, plátano, yuca y frutales. Se desplazaron hacia Medellín. Año y medio después, el 13 de noviembre de 1996, mi padre murió de un infarto fulminante. El no resistió el desplazamiento ya que su vida había sido el trabajo en la tierra y el cuidado de sus cultivos”.

Ella se quedó con sus hijos en el restaurante, que a la vez era su residencia.

La segunda incursión fue palabra cumplida. Dos meses después, a eso de las ocho y media de la mañana, se hicieron presentes, al mando del temido alias Filo, más de una veintena de paramilitares de camuflado y se apoderaron del poblado y sus habitantes. “Parece que venían de lejos porque estaban bastante sudados y empantanados”. En esa ocasión llegaron haciendo tiros y sacando a la gente de sus casas; donde no les querían abrir amenazaban con lanzarle una granada, algunas viviendas fueron abiertas a tiros.

“A los hombres los desnudaron, les pintaron con aerosol rojo desde la espalda a las caderas y los concentraron de nuevo en el atrio de la iglesia. Hubo un momento en que uno de los hombres que tenían en el piso bocabajo se escapó por una ladera abajo y salieron a perseguirlo, entonces muchos aprovechamos para dispersarnos. Yo salí corriendo con mis hijos y cogí la carretera que conduce a San Roque”. Unas veces corrían y cuando se cansaban mermaban el paso, siempre alertas al motor de los carros y las motos. Después de mucho caminar y con el corazón que se les quería salir se escondieron en el rastrojo, y cuando empezó a anochecer caminaron hasta el pueblo. Ya no había bus que saliera para Medellín. “Pedí ayuda a un familiar cercano para que me dejara pasar la noche, pero me dijo que si lo hacía lo metía en problemas y lo mataban. Un ayudante de la escalera que me conocía me consiguió donde dormir en un hotel y al otro día me embarcó para Medellín para donde mis padres. ¡Tuve que dejarlo todo para salvar mi vida y la de mis hijos!”

Meses después, otras personas que no resistieron lo sucedido, le contaron lo que dijeron los agresores. Preguntaban: “¿Dónde está esa hijueputa que hace de comer a la guerrilla?”, la que se les había escapado.

Transcurrido unos meses de la segunda incursión de alias Filo al corregimiento Cristales, en febrero de 1997, Bibiana María, entonces de 15 años de edad, viajó de Medellín a Cristales en busca de los documentos de estudio que certificaran el grado para el cual debía matricularse, pues sin ese requisito no podía estudiar. Una vez en el corregimiento fue detenida por los paramilitares. Una conocida de la familia y residente del poblado, manifestó:

“Ellos anduvieron con ella por espacio de tres horas de arriba abajo y la tuvieron sentada frente al atrio de la iglesia y luego de ese tiempo la montaron en una camioneta y se la llevaron. Nunca la volví a ver”. La angustia, el dolor, la zozobra y la incertidumbre se convirtieron en constante para Gloria. “Las llamadas al teléfono de la casa donde nos encontrábamos en Medellín aumentaban cada día más: Los vamos a matar a todos, a su hija le hicimos tal o cual cosa”.

La familia tuvo que mudarse de casa varias veces y siempre enfrentaron la misma amenaza. Su otro hijo, Jerleín Osvaldo, de 14 años de edad, ante la situación de miseria en que se encontraban y con el ánimo de trabajar para ayudarles y también averiguar el paradero de su hermana, a comienzos de 1998 salió de Medellín a laborar en un trapiche de panela en la vereda Frailes. Llevaba tres meses de estar allí trabajando. Un domingo, cuando iba de San Roque hacia la vereda, en un retén de los paramilitares, fue bajado y amarrado. No valió la súplica del conductor del vehículo que lo conocía desde niño y los domingos le ayudaba en el carro. Al conductor le dijeron que, si no quería que se lo llevaran, se fuera.

“A partir de ese momento no se volvió a saber más de mi hijo. El caso fue denunciado ante la Fiscalía; lo último que me dijeron era que el caso había sido archivado”.

De los dos hechos de desaparición, van transcurridos más de veinticinco años; hoy los chicos tendrían más de cuarenta años y quizás una familia. “Cada día que pasa espero encontrarlos. Ese es mi anhelo de madre, el sueño de todas las madres, esposos, hermanos, abuelas: el sueño de toda una vida… encontrarlos”

Gloria falleció en junio de 2021 con la ilusión y el sueño de su vida. Ahora la búsqueda está en manos de la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas, y la abuela y hermanas de Gloria albergan la esperanza que puedan hallarlos y darles cristiana sepultura junto a su progenitora. Entre tanto, el territorio está pacificado, es decir, limpio, sin presencia de organizaciones sociales, sin sindicatos agrarios y sin religiosos comprometidos con la organización social y sus necesidades. Hay otra configuración: el extractivismo de la gran minería como beneficiaria del exterminio de lo que allí ocurrió. El silencio, el miedo y la impunidad campean, y los crímenes de Lesa Humanidad continúan en la impunidad.

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