Prácticas Docentes: Enseñanzas de cuidado mutuo.

Por Nancy Maya L.

Pintura: “Crisálida” de Shirley Alzate Orjuela

En algún artículo pasado comenté que mis experiencias en colegios no habían sido buenas, y que eso me había llevado a tomar decisiones alternas en mi desempeño como docente de música. Para ser honesta, este año resultó la oportunidad de estar en un colegio de la ciudad, así que me di la oportunidad de intentar de nuevo, y afortunadamente ha sido genial. Muy diferente a tantas experiencias del pasado, debo decir que estoy feliz de estar en este lugar.

Quisiera compartir con ustedes, si me lo permiten, una pequeña historia que me sucedió cuando todo este cuento de la pedagogía formal comenzó. Pero primero debo hacer un contexto.

Mis prácticas docentes fueron “supervisadas” por una docente que sufría de depresión. En esa época, esta enfermedad no estaba muy clara, casi nadie entendía qué le pasaba, en la universidad le permitían ausentarse, pero entonces dejaba a sus estudiantes, como yo, en el limbo. Fui a dos instituciones educativas a realizar mis prácticas. En la primera, la parte administrativa fue muy colaboradora, pero los chicos eran algo “enérgicos”; y en la segunda, las estudiantes tenían toda la disponibilidad para las clases, pero la parte administrativa no tanto.

Les hablaré entonces de la primera institución. Para comenzar, una vez que mi asesora “me soltó”, después de presentarme a la coordinadora de la institución y despedirse con un “me cuentas cómo te va”, me presentaron a la docente de artes, y bienvenida, y qué rico que vas a estar a aquí, y entonces me ayudas con algunas cositas, y qué bueno porque la verdad necesito alguien que sea mi asistente, y te vas a dar cuenta que los muchachos tienen sus complicaciones, pero responden. Esa fue mi primera sesión de la práctica. Al día siguiente, es decir, antes de volver a mi segunda sesión, mi asesora me llamó diciendo que la docente de artes se había accidentado, y que se había lesionado el cuello, que tenía una incapacidad de tres meses, y que me tocaría dar las clases a mí sola, que mi Dios se lo pague y que ella haría todo lo posible por ir a ayudarme (cosa que nunca hizo). Los grados eran octavo y noveno. Ellos llevaban un proceso con la otra docente que era de una asignatura de la que yo sólo sé que los colores primarios son amarillo, azul y rojo, y eso, porque la bandera de Colombia me ayuda a recordarlo, de lo contrario no tendría ni idea.

Fue duro, yo estaba nerviosa, los chicos te saludaban con un: “¡Profe, pónganos los Simpson!” Todas sus conversaciones tenían un matiz sexual subido, eran más altos que yo, (yo soy bajita, de esas que tienen que subir en hombros en los conciertos, no por “alborotada”, sino, porque literalmente no vería sino espaldas frente a mí), y sus gestos al hablar me indicaban que querían golpear algo o a alguien. El día de la mujer finalmente lo hicieron. Accidentalmente un chico me golpeó la nariz, pero es que yo tampoco fui la mata de la lumbrera y me interpuse entre él y otro con el que estaba discutiendo por una tontería (se movieron el puesto, y fue la hecatombe). No obstante, comencé a crear mi programa e intenté que los chicos trabajaran en equipos. Mi objetivo era que conocieran otras sonoridades diferentes a las que estaban acostumbrados. Así que comencé con lo que ellos conocían y los llevé hasta la música que yo quería que escucharan, sin que fuera muy abrupto el cambio. Luego hicimos trabajos de “radionovelas” en vivo, donde ellos crearon sus propias “partituras” y sonoridades.

En uno de estos trabajos, observé que una de las chicas que era de las más calladas y atentas del salón, tenía una mirada realmente triste, estaba más distante de lo normal. Le diremos Paola por el momento. La llamé aparte y salimos del salón. Le pregunté si todo estaba bien, ella me miró muy asustada, la tranquilicé y le dije que no había problema, que la veía distante, que me preocupaba que estuviera con la mirada tan triste. Miraba al suelo y negaba con la cabeza, no decía ni una sola palabra. Así que, con mi imprudencia de aquella edad, solté mi duda: “Pao, ¿estás embarazada?”, abrió sus ojos como platos y por fin escuché un “¡no, profe, no es eso, mi mamita está muy enferma!” Y sus ojitos se encharcaron. Yo sé que, para algunos chicos, sus abuelas son quienes les cuidan, miman, alimentan, dan fuerza mientras sus padres trabajan. Lo único que se me ocurrió fue abrazarla y decirle que todo iba a salir bien.

A las semanas, por una llorada titina que tuve tras una discusión con mi pareja, el día que tenía que ir al colegio, tenía los ojos como un anfibio. Di mi clase y me fui. No quería mucho contacto humano. Después de esa clase tan insípida, Paola, en la clase siguiente, me invitó a salir del salón y me dijo: “Profe, lo que pasa es que la clase anterior le vi los ojos tristes”, y me entregó una chocolatina. Le agradecí, le pregunté por su abuela y seguimos la clase.

Después vino lo del golpe, pedí cambio de institución y bueno, fin de esta historia.

Años después, cuando trabajaba como profe en una Caja de Compensación, tuve que regresar a dictar clases por el mismo barrio, así que tenía que tomar el metro. Iba bajando de la estación cuando escuché un “¡¡¡PROFEEEEE!!!”; era Paola. Me dijo que estaba estudiando Licenciatura en Educación Preescolar. ¿Y estás contenta?, le pregunté, “Sí, es bonito ser la profe de alguien”. Nos despedimos y cada cual por su camino.

De esa institución me llevé muchos recuerdos: unos lindos, otros no tanto, y la historia de Paola.

No sabemos cómo vamos a impactar en la vida de otro, solo sé que la empatía siempre une. Paola es una de mis estudiantes que siempre recuerdo, y que me reconcilia con mi profesión de docente. ¡Buen viento y buena mar donde quiera que se encuentre!

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