Mi patriótica borrachera

Por Edison David Ramírez.

Pintura de una pulquería en tiempos de la Independencia. (Foto: OBRA DE THEUBET DE BEAUCHAMP). Tanto realistas como insurgentes
solían mezclar alguna sustancia tóxica como una táctica para eliminar al enemigo

Sí, hoy es 20 de julio y más de uno anda para arriba y para abajo con la banderita de Colombia: unos hablan de Bolívar, otros hablan de Córdoba; de repente los aburridos muñequitos en versión animada de Santander, Sucre y Nariño reemplazan al entretenido y estridente Kame hame ha de Goku. Todos se creen muy patriotas. Todos parecen cantar telepáticamente el himno de nuestra república. Todos se deleitan gangosamente fingiendo que hoy son parte de un proyecto mejor. Aunque bien decían los antiguos que la inocencia y la esperanza son siamesas de primer nivel.

Yo de patriota solo tengo una cosa: el fútbol. Cuando juega el equipo colombiano en algún estadio euroasiático o africano, ahí estoy yo, siempre firme: apostándole al equipo contrario con la saña de un Dostoievski; con las maracas del Bayern Múnich o del Real Madrid en una agitación convulsiva, disparatada, aniñada. Como historiador de poca monta que soy, prefiero recordar a otros personajes icónicos de nuestra historia macondiana como Oscar Castro y José María Espinoza. ¿Y la batalla de Boyacá?, ¿y el sacrificio de los comuneros?  Ni modo. Esas historias las dejo para las cartillas, para esas enciclopedias en que los maestros les hacen creer a los niños que vivimos en el paraíso de la miel y los rosarios. ¡Ay!, paréntesis: para mí el paraíso viene a ser una bella hibridación multidimensional entre cantina, burdel y biblioteca.

Sigamos pues mejor… Yo voy a hablar de tipos como yo: de borrachos, de perdidos, de noctámbulos sin decoro. De José María Espinoza sabemos que, en la batalla de El Palo, en Cauca, allá por 1815, hacía el papel de alférez en el ejército de Antonio Nariño; y que andaba tan ‘trambuleco’, tan estallado, tan perdido de la rasca, que terminó con bandera y todo en el lado enemigo. ¿Y qué ocurrió después? Pues que los patriotas siguieron como locos el dichoso estandarte, ganando, de puro chepazo, la flamante escaramuza. Aunque después llegaron otros guerreros a otras batallas y ya sabemos en que terminó la historia: en estatuas por aquí, en estatuas por allá.

De ese lindo hecho de nuestra historia nacional, sabemos que Espinoza despertó a los dos días con un guayabo de seis pisos y con medalla al valor (aunque él no se acordaba por qué). Aunque parezca raro, en los ejércitos patriotas y después independentistas el trago abundaba, no era escaso. De hecho, por académicos como Roger Pita Pico, nos hemos enterado de que, a principios del siglo XIX, el guarapo, la chicha y el aguardiente acompañaron los convulsos momentos de inestabilidad política de la Nueva Granada.

Criollos y españoles, negros y zambos, indios y blancos pobres bebían en las batallas, bebían en las fiestas, y hasta bebían con sus animalitos para conmemorar un hecho trascendental. Pita Pico rescata del olvido al cura y hacendado Joaquín Fernández de Soto, quien, para celebrar el triunfo de Simón Bolívar en el puente de Boyacá, emborrachó a todo ser viviente dentro de su finca: vacas y marranos se iban para los lados poseídos por las más ardientes tempestades de Dionisos.

Más de un siglo después, ya por 1970 y 1990’, Oscar Castro le siguió los pasos a Espinoza, pero no en los campos del sable y la bayoneta, sino en los campos del gran tablero de la mente: el ajedrez. Castro tuvo tantos triunfos como botellas en su vida: ganó en Medellín, ganó en Alemania, ganó en Argentina. Pablo Arango cuenta que ese Einstein del ajedrez no participó en algunos torneos, no por falta de ganas, sino porque a menudo tenía la cédula o el pasaporte empeñados en alguna cantina o bar de borroso nombre y dudosa procedencia.

¿Dónde está el monumento para Oscar Castro? ¿Dónde está la estampita de José María Espinoza? No se ven por ningún lado. En las plazas y los museos es difícil encontrar en el lienzo de un general alguna totuma llena de guarapo o aguardiente. Aquí nos meten el cuento de que nuestros ‘héroes’ eran más cuadriculados que un sudoku: Camilo Torres, Antonio Nariño y Simón Bolívar en esa versión pacata de la historia, parecen hermanitas concepcionistas sin remedio a la duda.

Lo bueno es que los cronistas, aunque medio lambones, no desdeñaban el ‘traguito’. Y es que en la puritana sociedad norteamericana, el mismísimo Benjamín Franklin consideraba que la existencia del ‘Wine’, era una evidencia tangible y concreta de que Dios nos ama. Y hay más. Al argumento teológico Franklin le metió inclusive anatomía y toda la cosa. Según él, el codo se hizo para que nosotros pudiéramos doblar una y otra vez la mano y recoger bondadosamente las copas de vino que, por azar o encuentros premeditados, llegaran a nuestras vidas.

En últimas, hablar de embriaguez y de buenos vinos es hablar de la humanidad entera. Cada civilización ha tenido a sus grandes o pequeños borrachos: unos han sido ilustres, otros no tanto. Algunas culturas hasta han tenido a deidades fiesteras bien conocidas: los sumerios tenían a Ninkasi, los griegos a Dionisio y los indígenas a Nencatacoa. Como los poetas bebían, como los dioses bebían, como los reyes bebían, a Platón se le ocurrió decir que beber es lo mismo que ir al gimnasio: quien bebe –decía el filósofo– demuestra su virtud ante los otros por medio del autocontrol, la mesura, la disciplina y cosas de esas.

Si Platón viviera en esta época, otro gallo cantaría. Muchos de los que beben, lo hacen para olvidar. En las tabernas hay miles de tipos cansados de sus vidas miserables: jefes explotadores, esposas incomprensivas, hijos ingratos y caminos sin salida son historias que aterrizan a diario en los oídos de los taberneros o en los cuartos de las damajuanas. Pero, ¿adivinen? Los algoritmos beben para olvidar que son un ‘1’ o un ‘0’. Ahí no hay virtud. Ahí solo hay un costal de huesos, lágrimas y risas escasas tratando de ser otra cosa: tal vez solo una ostra, quien sabe. Sea como sea, mientras pasa el 20 de julio, el 7 de agosto y el 17 de octubre, yo me quedaré muy quietecito en esta cantina. A lo mejor me tome un par de copas con el fantasma de Julio Jaramillo, a lo mejor me dé por cantar el ‘Oh Gloria Inmarcesible’ en versión carrilera. A lo mejor haga las dos cosas. Les diría que vengan. ¡Qué más quisiera yo! Pero tengo algunos problemillas: no me acuerdo de mi nombre ni del de la cantina ni del de la ciudad en que estoy; soy un ocho

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