El Obrero perdió su aura

Por Darío González Arbeláez

[…]
El Obrero es un lapso de mi tiempo y de los tiempos de muchos otros.
Y aunque en el centro del parque
habita la imagen del fregón de la almádana y el yunque,
que el primero de mayo se calza en flores,
raras veces tiene obreros.

Luis Ángel, “El Obrero” (1996).

Ilustración: Yovany Piedrahita

La primera vez que me interesó este parque fue un Día de la Pereza. Por supuesto, ya lo conocía, y lo había atravesado cada vez que visitaba la biblioteca de Itagüí; no obstante, ese domingo de 2003 me fascinó cual si fuera un lugar nuevo, recién descubierto. Ahora que lo pienso, tal vez se debió al hecho de que esa fue la primera vez que estuve allí por voluntad propia, no bajo la tutela de mi madre, ni tampoco por motivos escolares. Por aquel entonces, yo hacía parte de un grupo de teatro de la Casa de la Cultura de Itagüí, dirigido por la maestra Elizabeth Cano; y esa mañana de fiesta nosotros seríamos una de las primeras agrupaciones artísticas en presentarnos. Cuando llegamos a las inmediaciones del parque, para prepararnos, ya había algunas camas rodantes por las calles, y algunos perezantes que madrugaron a atar sus hamacas, a armar sus tiendas de campaña o a tender sus esteras entorno al obrero de bronce, que permanecía impávido e indiferente a los banderines de colores y al gorro de dormir que le habían guindado, concentrado únicamente en su misión sempiterna de moldear el acero.

A pesar de la fascinación que me despertó el parque ese día, no estaba en edad para habitarlo, eso decían mis padres. Así que debí conformarme con las visitas ocasionales que hacía a la biblioteca. Confieso que cada vez que lo atravesaba, miraba con envidia a los jóvenes y a los viejos que recibían la noche acomodados en sus bancas y cafés. Ese parque era el refugio de roqueros, punkeros, metaleros, artistas, cultores, rebeldes y renegados del municipio. Alrededor de sus jardineras se daban cita y entre café, alcohol y humo componían –y descomponían– la cultura y las artes, la moral y la política. Muchas tardes deseé quedarme, desobedecer a mis padres; pero, no conocía a nadie.

Debí esperar hasta principios del 2005 para disfrutar una noche en este parque. Ocurrió un viernes de febrero, luego de salir de clases; para entonces ya me dejaban salir hasta las once. Llegué hasta allí de la mano de Luisa, una compañera del colegio. Ambos escuchábamos rock y teníamos ínfulas de rebeldes. Ambos deseábamos tomar vino en las bancas de ese pequeño parque, inaugurado en diciembre de 1940 por el expresidente López Pumarejo. Ambos anhelábamos sentarnos alrededor del Monumento al Obrero, emplazado allí desde 1941, tres meses después de la fundación del parque.

Luego de esa primera noche, ni Luisa ni yo dejamos de venir, cada ocho días estábamos aquí al amparo del obrero. En este lugar escuché y leí poesía, canté y bailé música andina, asistí y organicé eventos literarios. Y, por supuesto, conocí de historia: me enteré de que Octavio Montoya, el artífice del Monumento, trabajó en los talleres de Rodrigo Arenas Betancourt e hizo parte del grupo de los artistas independientes encabezado por Pedro Nel Gómez. Supe que hasta los años ochenta, la celebración del primero de mayo en Itagüí terminaba en este parque. Descubrí que entre 1978 y 1982 fue el epicentro del movimiento cultural y político con mayor impacto en el municipio: el Octubre Cultural –simiente del Día de la Pereza–. Comprendí que este lugar no era solo el refugio de los rebeldes y renegados, sino también el escenario donde se expresaba la cultura, se exigían los derechos y se construían y demandaban los cambios.

Sin embargo, para mi despecho, descubrí también que el parque que ocuparon los movimientos sociales y se tomaron los grupos culturales, fue declarado en 2007 como un Bien de Interés Cultural Municipal; lo cual parecía en principio una fantástica decisión, puesto que suponía su conservación y protección. Empero, dicha declaratoria resultó ser un eufemismo de privatización, ya que, a partir de ese momento, para cualquier acción que se quisiera realizar en el parque se debía disponer de un permiso, so pena de ser detenidos, multados e incautados los equipos con que se contara. Dicha privatización se agravó durante la alcaldía de Carlos Andrés Trujillo (2012-2015), pues durante esta el parque fue sometido a una serie de remodelaciones espaciales, que afectaron inclusive la composición del Monumento al Obrero –¡a pesar de la declaratoria!–. Además, en virtud de dichas remodelaciones el parque estuvo cerrado por más de dos años; y luego de su reapertura, los permisos fueron casi imposibles. El efecto inmediato de tal privatización fue evidente: el Parque Obrero había perdido su aura.

Por fortuna, este parque conserva –a pesar de todo– la memoria de las luchas sociales y culturales de Itagüí; y así como los ríos que nunca olvidan su cauce, el año pasado, en el marco del Paro Nacional, volvió a ser el epicentro de las demandas, de la cultura y de las propuestas de cambio, que no precisan de un permiso. Aunque, desgraciadamente, fue un efecto coyuntural, pues concluidas las movilizaciones, se impuso de nuevo la privatización. Tanto así, como me lo manifestó con indignación hace días un veterano del Octubre Cultural, que los simpatizantes del Pacto Histórico en Itagüí no celebraron el triunfo en el Parque Obrero, como debería haber sido, pues este es el baluarte del movimiento social del municipio.

A propósito, desde las jardineras de este parque, y con el obrero de bronce al frente, me pregunto: ¿es posible restituirle su aura? ¿Basta con no olvidar su historia? ¿Con no pedir permiso?

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s