El Parche

Por Gilma Montoya Gómez

Foto: Gilma Montoya

Si uno con lo único que cuenta es con las ganas de beber, es mejor que no se asome por “El Parche”, salvo que tenga al menos mil pesos en el bolsillo, de lo contrario, es preferible seguir derechito haciéndose el bobo para que en el futuro no le saquen el cuerpo o en el peor de los casos aterrice en su cabeza la tabla de una cama, que un vecino optó por botar. Mil pesos es el pasaporte para sentarse con el combo de alcohólicos que se parcha dos cuadras abajo de la estación San Javier en la comuna trece de Medellín. Aunque en realidad la cuota depende del estrato, porque “El Parche” o “La Pilastra” está estratificado.

El estrato uno corresponde a los que toman alcohol; la bebida está compuesta por media de Alelí cuyo precio es de dos mil setecientos pesos; una papeleta de Frutiño que cuesta ochocientos pesos y el agua que es regalada. Con un total de tres mil quinientos pesos se hace una mega de licor que puede durarles entre cuarenta y cinco minutos y una hora, dependiendo del número de invitados.

Al estrato dos pertenecen los que consumen “Norteño” o “Niquelado”, que tienen un precio de tres mil pesos cada uno. Los del estrato tres toman “New York” o aguardiente en bolsa.

Al estrato cuatro pertenecen los que toman whiskey o vodka o alguno de los licores más finos, pero es más fácil ver al ex procurador Ordóñez dirigiendo una marcha gay, que encontrar a uno de este estrato en “El Parche”.

En este orden de ideas, “La Caleña” pertenecería a algo así como el estrato cero, pero su desparpajo es tal que osa sentarse en las mesas de todos los estratos, razón por la que más de una vez le ha tocado brincar como un chivo para esquivar los tablazos de Fredy.

El Metro de Medellín jamás pensó que la construcción de unas mesas y bancas de cemento, hechas dentro de su política de irradiar a la ciudad su “Cultura Metro”, iban a ser los espacios favoritos de los amigos del alcohol para asentar sus embriagados traseros. Tampoco pensó que los ajedreces pintados sobre las mesas tendrían fichas patrocinadas por la FLA, o la empresa que produce el alcohol “Alelí”.

Entre algunos de los visitantes habituales del parche está Fredy, el gay, que por cosas del destino engendró una hija, tal vez fruto de una equivocación etílica. Su mayor destreza consiste en el manejo de la tabla y al mirarle sus ojos, totalmente amarillos, a uno le parece que el hígado se le va a salir por allí.

Otro visitante asiduo es Barrabás, el hombre que utiliza todos sus orificios para darse placer y las noches en que su nariz es premiada con altas dosis de perico, llega al “Parche” repartiendo puñaladas gratis.

Cuando se invita a alguien a unas puñaladas bailables en “El Parche”, ya se sabe que el rey de la fiesta es Barrabás. También puede uno encontrarse al “Negro”, un contenedor de peleas, hurtos y desagravios.

Otro personaje natural del “Parche” es “la Monja”. Puede estar entre los ochenta y dos y ochenta y seis años. Su cabeza, totalmente blanca, brilla esplendorosa a las tres de la tarde, cuando está acostada en la hierba, caída de la rasca.

También se puede ver a Alejandro, de cincuenta y cuatro años, quién no recibe un tinto porque de pronto lo emborracha; ostenta una portentosa barriga que, según él, se la agradece al guaro. Alejo se asume como miembro del estrato tres. Todos los días a las diez de la mañana lo llama “La Loca”, una pensionada de “Basquímicas” que vive en altos del Castillo y le dice:

Venite pues gonorrea que traje dos bolsas de guaro. No te demorés gordo marica.

A lo que él le replica:

—Ya voy. Dejá de acosar tanto, loca malparida.

Al parche no solo llega el bajo mundo, vienen también empleados, jubilados, profesionales de derecho como Gloria, cuyos honorarios mide no en litigios sino en litros.

Las mujeres no siempre salen bien libradas en “El Parche”. Según Alejo hay hombres que parecen la muerte, pues cogen lo que sea. Allí, según dice, se han culeado a “La Monja”, “La Caleña”, “La Barrendera”, “La Churrusca” y a “Rosario Tijeras”, aunque ésta última no es de extrañarse, pues afirma que es ninfómana y muchas veces les paga a los hombres para que estén con ella. El novio le colabora ayudando a organizar la fila de los que quieren que ella les practique sexo oral.

En “El parche” no solo se toma y se goza de los placeres de la carne, en innumerables ocasiones se siente un humo y un olor a distintos potajes que emanan de una fogata y una olla de su propiedad. La especialidad: sancocho de fríjoles.

 Antes de empezar a beber, los del estrato uno van a tiendas, revuelterías y carnicerías para que les den todo lo que no se vendió esa mañana. Es así como hocicos de marrano, hígados, orejas peludas con otitis y huesos que están a punto de dañarse caen directamente a la olla.

Una noche sobró media ollada de sancocho. La olla la dejaron junto a un árbol para que sirviera al día siguiente para calmar la resaca. Al amanecer, los primeros que se levantaron fueron por la olla y al abrirla encontraron una chucha flotando plácida entre el sancocho; uno de ellos, al ver a la intrusa, dijo:

–¡Gas, botemos todo eso!

A lo que una mujer replicó:

–Oigan a éste, saquémosla y pongamos el sancocho a hervir otra vez, que usted sabe que la candela mata todo–. Y así lo hicieron.

Cada año mueren por lo menos cuatro miembros del Parche”, que al poco tiempo son reemplazados por otros a los que tiene agarrados el demonio de formas transparentes. Muchos de ellos caen a la quebrada que queda por lo menos a tres metros de donde se parchan. Las malas lenguas dicen que lo que los mata no es el golpe sino el agua contaminada. A los otros los matan los huecos tan grandes como los que deja un fusil y que son fruto de los disparos del “Chirrinchi” sobre sus hígados.

En el año 2016 el primero en morir fue “Noriega”, de cincuenta y cuatro años, quien falleció un 29 de abril después de irse de bruces a la quebrada.

Si por casualidad uno pasa por la ruta del metro cable que va de San Javier a la estación Juan XXIII, se puede encontrar con Alejo recostado en la palestra. Al preguntarle cómo se encuentra, con una sonrisa serena responde:

–Aquí, esperando que me mate una cirrosis.

Q.E.P.D.

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