El tiempo de los abrazos

En Memoria de Alberto Jerez

Por Ányela Heredia

Obra gráfica. Alberto Jerez

Volví a Alemania después de muchos años, entre otras cosas, para reencontrarme con los amigos entrañables que conocí en el movimiento de solidaridad con Colombia. Te busqué y no me respondiste, hubiéramos querido encontrarte y pasar un tiempo, aunque corto, bello y productivo como solían ser nuestros encuentros, haciendo análisis de realidad, construyendo propuestas artísticas y de juntanza para llevar a ese país del norte las noticias de Colombia, sensibilizar corazones y tejer alianzas en la protección de los derechos humanos de las personas más vulnerables.

Te recordamos, te extrañamos, nos preguntamos por qué no respondías a nuestros correos, ¿estarías enfermo, deprimido, quizás? Sabíamos que habías pasado por tiempos difíciles, pero sabíamos también que siempre te habías mantenido activo, que después de muchos años habías aprendido, con mucho esfuerzo, a hablar alemán fluido y a no necesitar del apoyo de otros para comunicarte. Sabíamos de tu trabajo con los refugiados en Eberswalde (cerca de Berlín), creíamos que conservabas una buena relación con tu familia después de la separación de tu esposa Marina, que tanto te había costado, al menos eso nos contabas y le contabas a los periodistas que te dedicaban de cuando en cuando páginas enteras, homenajeando tu trabajo. Pero sabíamos también que tus silencios, como los nuestros, estaban siempre relacionados con periodos de profunda depresión y desasosiego.

Sin embargo, preferimos pensar que estabas bien y que ya te comunicarías cuando volvieses a estar mejor. Craso error que cometemos muchos en estos tiempos de “pandemia” de comunicación cibernética en que olvidamos el poder del cara a cara y de la voz para saber si el otro está realmente bien.  

El teléfono timbró y el rostro de Bettina se puso pálido al escuchar de tu muerte. Que te encontraron tirado en una calle de Berlín dijeron, y un frío indescriptible invadió todo el ambiente, a pesar de los 37 grados de calor intenso que se respiraban afuera.

No queríamos aceptar que un ser tan amoroso, generoso y solidario como tú terminara sus días solo, en una calle fría de la capital. Tú, que repartías amistad y cariño a manos llenas, tú, el más preocupado siempre por nuestra salud, por acompañar, por compartir, por dar a través de tu arte, pero también de tu afecto sincero. Tejedor de puentes siempre entre artistas y activistas sociales latinoamericanos y europeos comprometidos con la defensa de la vida, ibas de aquí para allá tratando de juntarnos y de mantener los lazos más allá del activismo, pues conocías bien el desarraigo y las dificultades que trae consigo el exilio.

Y pese a ello, siempre te sentiste al margen, reconocías no entender muchas tensiones políticas, desconocías el lenguaje técnico y a veces te sentías abrumado por no poder “estar a la altura” en las discusiones políticas o en escenarios de toma de decisiones. Tu lenguaje era el color, en una pintura llena de símbolos que dignificaban la vida de los miles de desaparecidos de una guerra sin tregua. Tu pintura les devolvía la vida y la dignidad y nos devolvía la alegría, nos recordaba el calor del trópico, nos devolvía la esperanza en momentos en que la muerte acechaba y cobraba decenas de vidas de gente luchadora y tenaz como Eduardo Umaña, Yolanda Cerón, Luis Eduardo Guerra, todos, seres que conocimos, que pasaron por Alemania denunciando los vejámenes de la guerra en Colombia y luego fueron asesinados sin que nada ni nadie pudiera protegerlos.  

Indagamos por las circunstancias previas a tu partida y nos enteramos de que llevabas meses desaparecido, y no era la primera vez: un titular de prensa en 2021 rezaba: “No hay razón para preocuparse por la salud del pintor Alberto Jerez”. Pero era evidente que después de la pandemia te habías sumido en una gran depresión de la que ya no pudiste salir; pasabas días enteros frente a un jardín en Eberswalde, observando la vida pasar, o vagando por las calles de Berlín. Fue muy grande el dolor de saber que en medio de tu desasosiego ya no solo no pudiste volver a pintar, sino que destruiste algunos de tus cuadros.

Pero nos alegró saber que tus amigos más cercanos y tu familia intentaron ayudarte, que también tus amigos en Colombia, con quienes siempre mantuviste contacto y apoyaste desde donde podías con tus fotografías y tu habilidad para crear sitios web que ayudaban en la difusión de sus obras, te invitaron una y otra vez a pasar un tiempo en Colombia para reponerte, mas no fue ya posible traerte de nuevo a la vida. Te dejaste ir, te dejamos ir y en la oscuridad de la noche un paro respiratorio dio fin a ese viaje hacia la muerte que habías emprendido ya. Nos duele tu partida y no haberte podido abrazar una vez más. Se queda entre nosotros tu espíritu alegre y profundo, tu amor traducido en una combinación maravillosa de tonos y formas que recuerdan a esta Colombia herida de muerte que danza y sonríe esperanzada; te vas en un momento importante y decisivo en el que los hombres y mujeres luchadores le han arrebatado a la muerte una pequeña victoria. Me hubiera gustado mucho ver cómo traduciría tu pincel este momento histórico para la recuperación del amor y los abrazos.

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