Editorial No 77: Por una cultura para la vida digna

Sin titulo: Alberto Jerez

Los próximos cuatro años, contados a partir de este siete de agosto, serán de intenso trabajo y aprendizajes profundos para el movimiento social en Colombia, si queremos que este gobierno marque realmente un punto de inflexión en la historia de nuestro agobiado país. Y en ese trabajo y aprendizaje se pondrán en juego toda la paciencia, la inteligencia y el tesón de que seamos capaces, pues una tradición de oprobio que ha perdurado durante más de 500 años no se puede transformar de la noche a la mañana ni por simple voluntarismo o buenas intenciones. Cuatro años no serán suficientes ni siquiera para torcer la flecha trazada para nuestros pueblos por el neoliberalismo mafioso que ha se ha instaurado a sangre y fuego en nuestros territorios en los últimos 30 años.

Y no es solo porque durante este tiempo los opresores y explotadores hayan fortalecido su poder y legitimado las más bárbaras prácticas criminales para ejercerlo, sino porque dicha tradición de oprobio, dicha cultura mafiosa se ha instaurado como algo natural en nuestra subjetividad individual y colectiva. Los medios masivos de comunicación, en manos de los poderes mafiosos, han hecho bien su tarea; no solo con los reality shows, en donde legitiman morbosamente la competencia a muerte como forma de lograr el éxito en esta sociedad y dan rienda suelta al exhibicionismo más desvergonzado, sino con las novelas en donde presentan como modelos a seguir precisamente a insignes personajes de esa cultura mafiosa: primero con las novelas sobre narcos y ahora con la exaltación de artistas a sueldo del narco y propagadores de sus ideales como Marbelle y las Hermanitas Calle. Ahora han movilizado todo el sentimiento nacional en torno a Darío Gómez, convertido por arte mediático en todo un héroe nacional, como si el despecho y la borrachera permanente fueran una manifestación incuestionable de nuestra identidad.

Por otro lado, están las emisoras radiales, cuyo impacto en la gente no es menos despreciable. Allí los locutores más desvergonzados, sin formación ni experiencia alguna, se exhiben como psicólogos especialistas en educación sexual y amorosa que guían a los incautos que llaman a ventilar sus problemas familiares y de pareja. El propósito es entretener a las audiencias morbosas con las desgracias e inquietudes de la gente de los sectores pobres e ignorantes. Y entre chanza y chanza los locutores se van asumiendo como autoridades éticas y políticas que, sin fundamento alguno, deslizan sus opiniones conservadoras y legitimadoras de un orden establecido que para ellos es invariante de la naturaleza humana. La radio y la televisión, en este sentido, sin embargo, no son más que precursores de las redes sociales donde la manipulación del sentimiento se realiza a campo traviesa.

De esta manera, la subjetividad del pueblo se ha revestido de una capa dura e impenetrable, pertrechada con los prejuicios más absurdos, aquellos que legitiman su propia condición de miseria material. Por eso se hace tan difícil convencer a mucha gente que escasamente vive del rebusque de que ningún presidente puede expropiarlo de lo que no tiene y que una reforma sobre la propiedad de la tierra, o una reforma tributaria que obligue a pagar impuestos a los más ricos, o una que le devuelva a la salud y las pensiones el estatus de derecho, redundarían en su bienestar. Acríticamente buena parte de la población colombiana asume que toda reforma que afecte a los ricos es una desgracia para ella, pues desde siempre se ha pensado que los pobres viven gracias a los ricos y no a la inversa. Y otra parte no menos significativa es indiferente a su propia suerte o cree simplemente que nos la merecemos y que nada podrá modificarla. Contra esta conciencia hecha costra, constituida a partir del discurso mediático reiterativo de los poderosos, poco pueden los argumentos.

Esta conciencia cosificada tiene su correlato en quienes nos asumimos como sujetos conscientes y decimos luchar por un mundo mejor. La disputa entre intereses particulares al interior de las organizaciones, la falta de claridad ética y política y la poca disposición para alcanzarla, han hecho casi imposible la pervivencia de organizaciones sólidas y, sobre todo, la articulación de las luchas de los diversos sectores populares.

Es esta costra de la conciencia la que debemos remover para abrirla a nuevos aprendizajes, a reconocer otras formas de hacer las cosas, a explorar otros caminos para una utopía que sigue sin estrenar. Ojalá estos cuatro años sean para el movimiento social y popular en Colombia un respiro que permita oxigenar la sangre para repensarnos, para volver a reflexionar sobre nuestra praxis y reconocer con rigor las condiciones en que se empieza a gestar el cambio. Pues buena parte de la resistencia que se opone a este cambio se encuentra en nosotros mismos, en el tipo de sujeto individual y colectivo en que nos hemos convertido, bien sea por exceso de desconfianza, justificada, o por el sentimiento de impotencia a que nos ha reducido la forma criminal en que el poder, el despojo y la explotación se nos han impuesto.

El primer paso es dejar de ver al pobre que piensa como el rico cual si fuera nuestro enemigo. Debemos descubrir, con paciencia, amor e inteligencia, la forma de romper esa costra que ha endurecido su conciencia. No hay ninguna reforma, por estructural que sea, que valga la pena, si no mejora la vida, no solo material sino espiritual, de los individuos en su cotidianidad. La cultura se transforma de manera más lenta que las estructuras sociales y económicas, pero es su transformación la que hace que aquellas otras sean perdurables y que la gente misma pueda defenderlas, como ha ocurrido con la revolución cubana. Este, entonces, ha de ser un proyecto de largo plazo que no implica solo a un periodo de gobierno sino a muchos y sucesivos gobiernos. Y no solo al gobierno sino, ante todo, a los sectores populares organizados y articulados en sus múltiples luchas reivindicativas convergiendo en un proyecto de sociedad donde puedan realizar sus anhelos e ideales.

Por lo demás, si bien las instituciones educativas y culturales pueden contribuir a cambiar la cultura de los colectivos sociales, dicha transformación tiene que ser el resultado de las acciones de la misma gente y en esto la organización es de suma importancia, sobre todo en procesos de educación y comunicación popular que nos ayuden a confrontar esa matriz mediática a través de la cual los poderosos han sembrado la cultura mafiosa y de muerte que nos atraviesa hoy. La meta concreta en este caso es superar el caudillismo que nos ha caracterizado, como expresión de esa conciencia encostrada, para que en próximas elecciones la discusión no sea en torno al personaje más popular, el que más nos seduce, el que menos nos incomoda, el que mejor habla o el que se ve más bonito, sino por un programa de gobierno construido desde abajo, desde los sectores que anhelamos el cambio, y que exprese en sí mismo un proyecto de humanidad justo y digno. Un proyecto de emancipación de los seres humanos en todos sus aspectos. Pero hay que tener en cuenta que este proyecto no se juega solo en las elecciones, sino en la vida cotidiana de los individuos y las comunidades.

Sin titulo/ Alberto Jerez

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