Reflexiones de una NO compositora.

Por Nancy Maya Lopera

Imagen: tomada de 123RF

Admiro mucho a las personas que hacen música. Sé, por experiencia propia, que la perfección no sale por inspiración divina, que requiere mucho tiempo, concentración y voluntad crear un hábito. Confieso que soy una persona que posterga las cosas; me es difícil sentarme a estudiar, a leer, a tocar – pero debería ser fácil, ¿no es lo que te gusta, pues? –. Sí, me gusta, pero eso no significa que no me cueste. Es una confrontación con mi propia humanidad comenzar a hacer un proyecto. Eso es al menos lo que siento. Sé que en algún momento de mi vida he dicho: tan bueno que uno cerrara los ojos como Mi Bella Genio y… (aquí dígase lo que usted prefiera). Pero no. Parezco una gallina culeca antes de sentar mis posaderas en el lugar de “creación”; sin embargo, cuando me siento, pongo el huevo. Es posible que sea una cuestión de autoconfianza, disciplina, o perseverancia.

A Johann Sebastian Bach no le pasaba eso: me lo dijo el fin de semana en Carlos E. antes de ir a bailar salsa. ¡Na! Qué va. Pero el tipo era increíble. Compuso para todo, “en casi todos los géneros y formas de su época, en multitud de combinaciones instrumentales y vocales” (palabras textuales de Wikipedia). ¡Pa-ra-to-do! Y con poco tiempo porque tenía que crear obras para la liturgia de la próxima semana. Además, como para ayudar al artista, todo era ¡bellísimo! Tenía 20 boquitas que alimentar, además la de su esposa y la propia. Ah, pa’ rematar, terminó siendo influencer post mortem para Mozart; sí, el niño genio de Austria. ¡Y, además, tocaba diferentes instrumentos a la perfección! Bien lo dijo mi profe Clara Misas: “¡Bach era un man putas prácticamente!”. ¡¿Cómo hacía?! – ¡ah, es que tenía menos distracciones en esa época! – sí, y también menos recursos, como la electricidad. El pobre hombre terminó ciego por andar escribiendo pepitas para los músicos a punta de velas.

Miren, yo no soy compositora, y, si soy honesta, mi interpretación en los instrumentos que toco distan muchísimo del nivel de un músico virtuoso, pero igual me pregunto cosas, como, por ejemplo: ¿cuántos Bachs estarán por ahí en el anonimato creando cosas bellísimas? Y atención,la palabra “bellísimas tiene peso. A mí me sorprende mucho cuando, en los créditos, al finalizar los videos de cierta música muy popular entre las masas, donde los chicos salen con la ropa prestada del tío con sobrepeso, y las chicas, por el contrario, se ponen lo de su primita de nueve años, aparecen más de cuatro compositores. ¡Y ganan premios! Bueno, a ver, jejeje, las letras no es que sean ni las más poéticas, ni las más extensas; sin mencionar la parte musical que… (aquí entra la respiración con la cabeza baja, los dedos en el entrecejo y los ojos cerrados) ¡No son Bach! Son, y eso sí lo reconozco, unos maestros de la búsqueda de instrumentos pregrabados y la mezcla de loops. Y, ¡ojo!, no estoy demeritando esto tampoco, porque yo no mezclo ni los licores, no sabría cómo hacerlo si me dijeran: “ah bueno, entonces hazlo tú, ya tú sa’”. ¡No! ¡No sé! Pero la cantidad de compositores para una canción que dice nada, donde el mérito se lo deberían llevar las bailarinas de los videos, me parece que ya raya en lo absurdo.

Es posible que como estamos en una inmediatez constante, necesitamos sonidos que no nos hagan pensar mucho, que los músicos no tengan que ensayar, y ni qué hablar de las letras de las canciones: deben ser simples, muy simples y sin elegancia, como los insultos; las voces que no afinen, que parezcan el sonido de un hombre borracho a las puertas de una embolia cerebral. ¿Altura? ¿Melodía? ¿De qué me hablas viejo? No, nada de eso. Todo fácil. Para ya, que tenemos que vender más.

Nota: Aclaro que no hablo de todas las voces, porque he escuchado algunas, especialmente femeninas, que son bien bonitas, y digamos que aportan a ese género.

Y si me dicen: “es que a la juventud eso es lo que les gusta”; ñoño, tampoco, he visto abuelas bailar y cantar a pulmón desgarrado canciones que les propone estar en posiciones que pondría en riesgo sus articulaciones. “Es que a la gente lo que le gusta es mover el esqueleto”; de acuerdo, pero si sus mercedes supieran lo rico que es bailar con una chirimía chocoana, ¡jmm!, ni les cuento.

Me parece tenaz que no haya emisoras para los niños, que los adultos sean tan egoístas de poner a escuchar esos textos a personas menores de 5 años de existencia en este planeta; más tenaz es que estas personitas se sepan las canciones. Me parece desagradable que, en las emisoras, el locutor despotrique insultos a diestra y siniestra y nadie le diga nada.

Miren: escuchen lo que quieran, Bach es de otra época, y quién sabe si fuera el mejor amigo de los cantantes paisas que nos representan por fuera del país si estuviera vivo. Pero que la esteticidad de la música se basa en la carencia de la belleza, a mí, Nancy Maya, no me cabe en la cabeza. ¿Va a hacer música urbana?, ¡hágala! pero bien. No le deje el trabajo al computador. Escriba bien, para que no ande buscando cuatro amigos que le ayuden a decir en qué posición quiere que su acompañante esté mientras bailan en la party. Yo no he escrito ni media estrofa de una canción. Eso es cierto. Si usted, o alguien que usted conoce, lo ha hecho, mis más sinceras felicitaciones. Ojalá la diosa de la belleza bañe todas sus creaciones, independiente del género que usted prefiera, que sienta que su alma sonríe cuando la escuche, y ojalá que sea clasificación G. Yo sé que eso requiere mucha dedicación que yo no tengo, así que, nada, muevan el esqueleto, canten a todo pulmón, y cuiden los oiditos de los más chiquis: hay expresiones que ellos deberían esperar un poco más para aprender. Mientras, yo seguiré en mi práctica de médium: escuchando gente muerta.

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