De hueco en hueco

Por Edison David Ramírez

Escultura de Albert György

No hay nada en nuestro idioma más versátil, más plural, y, por ende, más metiche, que la palabra «Hueco». Canciones como «La vida es un hueco» de Los Junior Klan, nos muestran con bailes y arrumacos, que no podemos hablar de casi nada sin mencionar el maldito sustantivo «Hueco»: en el golf hay que meter la bola en un hueco; si tienes una camisa debes meter tu cabecita en un hueco (y tus manitos en otros dos huequitos más pequeños); si cuelgas los tenis, las chanclas o las botas, vas directo a un hueco sin beneficio a la duda de que eres un cadáver o un Rauzán recargado.

Si husmeamos así sea por los laditos la vida de algún personaje histórico, terminaremos hablando de un hueco, o de dos, o de tres, o de cinco: «Al general José María Córdova, le dieron dos balazos en la batalla de El Santuario, y le hicieron dos huequitos por donde se le fue escapando la vida»; «El 09 de abril de 1948, con el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán, se abrió un hueco que se tragó del todo las posibilidades de paz en Colombia». Y si nos da por decir que estamos progresando en infraestructura vial, inevitablemente terminaremos refiriéndonos a esos huecos descomunales llamados túneles. No hay salvación señores gramáticos, la palabra «Hueco» es como el aire, está por todas partes. Algunos huecos nos dan vitalidad; otros nos dan depresión; algunos huecos nos dan ganas de tirarnos de un puente. Un hueco en medio de nuestro refinado pragmatismo, puede hacer que nuestros restos de lucidez nos lleven a vivir entre risas al Monte Kilimanjaro. 

Cuando un fulanito, un zutanito o un perencejo está entusado, dice que tiene un hueco en el corazón del tamaño de Júpiter; cuando alguien está en proceso de duelo por la pérdida de un ser querido, a menudo dice que tiene un hueco en sus días; cuando alguien dice que se está poniendo viejo, es porque tiene un hueco por el que se entrevé indiscretamente, una reluciente, y a veces, pintoresca calvicie. Un «hueco» fue por donde yo vi a mi vecina de ocho años en ‘pelota’ cuando yo tenía doce; un «hueco» le quedó a una de las paredes de mi casa cuando intenté infructuosamente ser oficial de construcción por veinte minutos.

Si nos da por estudiar leyes, para convertirnos en diestros tinterillos, necesariamente nos toca ir al pasado para comprender la formación y sentido de ellas. En esa búsqueda, ¿adivinen qué?: encontraremos la palabra «Hueco»: a los sodomitas en castigo los echaban a la hoguera por ir buscando el hueco que no debían; a las mujeres las condenaban a la palestra pública por convertirse en el «hueco» de algún consorte, amigovio’ o quebrado pretendiente por fuera del matrimonio.

Huecos hay hasta para regalar en las estaciones del metro. Huecos hay hasta para crear una película surrealista al mejor estilo de Alejandro Jodorowsky. Con tanto hueco se puede hacer una obra de arte pop en alguno de los tantísimos pseudo-museos del mundo. Pero que hallemos huecos hasta en la sopa, tiene su gracia: un hueco es la historia colombiana, un hueco es la democracia de nuestro país, un hueco irreconciliable ha dejado la desigualdad social potenciada por el neoliberalismo. Un hueco es oscuro, sombrío, ambiguo, pero a su manera, lleno de luces, de aclaraciones y certeras afirmaciones.  

Los «huecos», como los que hay en nuestras trochas interdepartamentales, seguirán triplicándose como clones deformes a lo largo y ancho de nuestras vidas. No habrá quien los pare, no habrá un Superman ni un Chapulín Colorado capaz de protegernos de esta entrometida palabreja. No habrá brujo, ni chamán de supermercado con magia verde, blanca, morada o violenta con agallas para desterrar a los huecos que se nos vienen encima (o a los que nos iremos para ser más precisos). Los huecos, como las religiones, tomarán otras formas, se vestirán con otros ropajes y se tragarán los siglos venideros con la potencialidad filosófica de lo que simbolizan.

Ya veo a esos hijuemadres huecos haciendo fila para subirse muy campantes a la carroza de las nuevas generaciones: llegará el hueco del castellano con su equipito de «Estos», «estas» y «estes» o con su cuadrilla de «amigos», «amigas» y «amigues». Llegará el calentamiento global con sus huecos en la capa de ozono y con un sauna ultraliviano que nos rostizará hasta el apellido. Llegará el internet a nuestros cerebros para dejarnos con media neurona por kilómetro cuadrado. Nuestra poca inteligencia se irá por el hueco de los TikTokers y los insufribles Youtubers (la imbecilidad será una bandera que surcará incluso los márgenes de la magnetósfera).

La palabra «Hueco», aunque mamona, nos ayuda a entendernos a nosotros mismos y a nuestro entorno. Si queremos saber el nivel de corrupción de nuestros gobernantes locales, departamentales y nacionales, solo hay que asomarse por el «hueco» de la ventana y contar, uno a uno, los «huecos» que hallemos en frente de nuestra casa. Si no hay «huecos» en las avenidas o callecitas aledañas a nuestra caverna, se pueden contabilizar los «huecos» en el erario que de por sí nos dejan sin salud, sin educación y sin posibilidades de empleos decentes.

Hay test psicológicos, interrogantes y cuestionarios de todo tipo que, al mejor estilo de Carl Jung, pueden hablar más de un hombre que su vestimenta o sus gustos culinarios. Esos exámenes psicológicos que me acabo de imaginar, se resumen en esto: «Dime qué huecos te gustan y te diré quién eres» o «Dime a qué huecos le temes y te diré que escondes» y «Dime qué huecos persigues y te diré en cuál de ellos caerás».

Lo que sí puede dejar esta disertación gramatical en claro, es el hecho de que los huecos son una protesta estética contra todo lo que se cree eterno, uniformado, cuadriculado. Hasta el 2019 andábamos muy campantes creyéndonos inmortales ¿Y qué paso? Pues que vino el señor Covid e hizo un hueco existencial en nuestro ego de primates racionales. Los huecos pueden deformar lo que se les antoje: la izquierda les teme, la derecha les teme; los burgueses les temen, los obreros les temen. Los huecos sacan a la gente de su burbujita. Los huecos son una muestra fehaciente de que todo es destruible, rompible, y, por supuesto, franqueable.

Lo último que hay que decir, para que de una buena vez se nos quede en el disco duro, es que vamos de aquí para allá saliendo y cayendo en innumerables huecos: nacemos por un hueco, al morir (como dije empezando), nos meten en un hueco; si vamos al cielo, a la Yanna o al Valhala, se dice que nos vamos por un hueco atiborrado de luceritos parlanchines. El tic, tac morboso de un reloj, es ese hueco que se abre poco a poco para llevarnos, con cierta sutileza, a las mazmorras del olvido. 

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