Las vacaciones y el hambre

Por Ányela Heredia

Ilustración: Claudia Calderon/OjoPúblico

Toda la gente, aparentemente, se llena de júbilo cuando llegan sus vacaciones. Pero ¿qué hay de aquellos padres cuyos niños salen a vacaciones escolares y sufren porque no saben cómo alimentarlos durante ese tiempo?

Adriana Patricia Galvis, oriunda de Medellín y habitante del barrio Carpinelo en la Comuna 1 de Medellín, es una de ellas.

A los 19 años quería ser monja. Pero al iniciar su proceso en el convento apareció su hermano mayor con una niña en brazos, diciendo que debería regalarla, pues la madre la dejó a su cargo y su nueva pareja no la aceptaba. Sus principios cristianos no le permitieron entregarla a alguien que no fuera de la familia, así que Adriana se salió del convento para cuidar a esta, su primera hija, Ana María.

Su proyecto cambió, pero siguió luchando para salir adelante; con mucho esfuerzo y trabajando en casas de familia había logrado terminar su bachillerato, así que ahora lucharía por una beca para poder estudiar en una universidad. Y lo hizo, en 2004, a sus veinte años, se ganó una beca del programa Jóvenes en Acción para estudiar licenciatura en educación preescolar en la Universidad Luis Amigó.

Por ese entonces conoció también a su primera pareja, en sus palabras “un maltratador que me pegaba y me hizo perder un bebé”. De esa relación tuvo en 2007 a Michel Juliana. Como no tenía quién le cuidara a las dos niñas renunció a sus estudios, y solo logró culminar una carrera técnica, título con el que pudo ubicarse en una fundación de apoyo a la primera infancia.

En 2014, de un embarazo inesperado, nació Sofía. En ese entonces Adriana era muy delgada y solo tomó consciencia de su embarazo a los seis meses de gestada la niña; probablemente la falta de una buena alimentación y cuidados durante el embarazo provocó el parto prematuro de la bebé.

Ya con tres bocas que alimentar, Adriana se quedó sin trabajo, así que se dedicó al reciclaje, de allí obtiene comida y vestido para ella y sus hijos. Aunque también recurre, a veces, a los recorridos de tienda en tienda para recoger algo de comida. En ese contexto, Adriana recibió hace siete años otro de esos regalos que la vida le ha dado, y de la misma manera que se los ha dado todos, de sopetón. Esta vez, una institución del Estado tocaba a su puerta para entregarle otros tres niños que se sumarían a las tres que ya tenía a su cargo.

¿Cómo así?  Su tía, una mujer en situación de calle, había tenido tres niños de los que no podía cuidar (entre ellos una niña recién nacida), con los que, según Adriana, “en el Bienestar se sentían encartados”, puesto que habían pasado ya por varios hogares de paso, y no sabían qué hacer con ellos. El proceso se dio de manera totalmente irregular: un día llamaron a Adriana y a su madre, por ser la única “familia extensiva”, para que fueran a recoger a los niños, no en una sede del Bienestar Familiar, sino en un hotel y sin ningún documento que las acreditara como familiares. Así fue como llegaron a su vida Samuel, Andrés y Brigit.

Dos años después nació Miguel Ángel, su tercer hijo biológico y el séptimo de la familia. Cuando se dio cuenta que estaba embarazada tenía cinco meses de gestación. El padre le ofreció dinero para que abortara, pero el riesgo era demasiado alto; así que con ese dinero prefirió hacer mercado para la familia y siguió adelante con el embarazo.

El siete es un número de la cábala, y al poco tiempo de nacido Miguel Ángel, se sumó a la lista de desgracias de la familia Galvis un temporal que arrasó con su vivienda, dejándolos completamente en la calle. Sin embargo, la suerte premió también sus esfuerzos como voluntaria en la Corporación Ayuda Humanitaria, la cual reconoció su condición de cabeza de familia numerosa y le regaló una casa.

Y, como no hay siete sin el ocho, la vida la volvió a confrontar con una maternidad no elegida. Ana María, la primera hija adoptiva de Adriana, su sobrina, quedó embarazada a los catorce años y la convirtió en “abuela” y a su vez a Mariangel en la octava de los niños a su cargo.

Así las cosas, Adriana es hoy una madre cabeza de familia con ocho hijos que mantener. Trabaja en el Metro desde hace casi dos años y vive feliz con su trabajo, no obstante, el sueldo mínimo no le alcanza para sostener una familia de diez personas: ella, los niños y su madre, quien se encarga de cuidarlos.

Cuando los niños están en el colegio, reciben al menos una comida, antes era un almuerzo, pero después de la pandemia cerraron los restaurantes escolares y solo les dan un refrigerio: maní, pan y leche, jugo o yogurt.

En un día normal, el desayuno de los niños es aguadepanela con tostada; a las 12 del día se van a estudiar y aguantan hasta las cuatro de la tarde que llega el refrigerio escolar. Cuando hay, vuelven a comer tostadas con aguadepanela, y así hasta el otro día. Pero en las vacaciones tienen que pasar todo el día con una sola comida.

En los días buenos, desayunan chocolate con leche y quesito y comen fríjoles, lentejas o sancocho de patas en la noche. “Mis hijos no están acostumbrados a comer huevo ni carne. A veces, cuando nos regalan en las revuelterías la verdura o las lentejas y la parva que sobra, les hago arbolitos de brócoli o torticas de lentejas y les digo que son hamburguesas; ellos felices me dicen que soy ‘una gran chef’”.  

Con ocho hijos, es normal que a fin de mes no llegue el sueldo completo. “La gente piensa que cuando uno trabaja, está bien, pero hacen mal las cuentas. Los niños se enferman seguido y toca pagar medicamentos y las cuotas de la EPS, o pedir permiso para atenderlos y llevarlos al hospital, y esos permisos se los descuentan a uno”. Hay meses que le llegan 600 o 700 mil pesos, y tiene que alcanzar para todo. En los primeros meses de la pandemia fue mucho peor, no tenía trabajo, y no podía ni reciclar porque no se podía salir. Como viven al frente de la parroquia de su barrio, lo más seguro era que recibieran los mercados que repartía el sacerdote, pero este se negó a dárselos con el argumento de que si tienen una casa tan bonita es porque no pasan necesidades.

Los niños no entienden porqué esa discriminación ni el decir de muchos de que los pobres viven de los subsidios. Adriana es beneficiaria de familias en acción, pero de sus ocho hijos solo uno recibe el subsidio por desnutrición (140 mil pesos cada dos meses) y dos reciben el subsidio de estudio (30 mil pesos cada dos meses). Es realmente imposible que una familia tan grande sobreviva a punta de subsidios. Y, sin embargo, Adriana y sus hijos no se quejan. “Uno puede ser pobre, pero no arruinao y tiene que estar bien caché”, por eso su casa está siempre impecable y los niños aseados y bien presentados. Los útiles que usan en el colegio son reciclados y los juguetes también. “Cuando quieren algo, unas mediecitas, un juguete, yo les digo que tengan paciencia que ya llegara en la basura, y así es, en la basura encontramos tesoros y siempre se ponen muy felices”.

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