De Melilla a Texas

Las fronteras de la muerte

Foto: Telan SE

Por Renán Vega Cantor

En Europa y Estados Unidos las denominan las fronteras de la libertad y de la democracia. Eso piensan la mayor parte de quienes allí habitan, que siguen teniendo un dejo de superioridad y racismo con el resto del mundo. Esas fronteras separan al Norte consumidor y ostentoso del Sur y el Este, atrasados y miserables. Para separar esos dos mundos se erigen muros, frente a los cuales el Muro de Berlín parece un juego de niños.

Se construyen alambradas, murallas de acero y cemento, cordones electrificados que se controlan con sofisticación tecnológica de última gama por parte de miles de guardias fronterizos, educados en perseguir, torturar y matar a los parias que intenten ingresar al pretendido oasis de prosperidad europeo o estadounidense.

Hasta allí llegan millones de seres humanos que huyen de la pobreza, desigualdad, injusticia y violencia que carcome a sus sociedades (como sucede en África y América Latina) y que es resultado directo de los intereses imperialistas de Estados Unidos y sus lacayos europeos. Lo que aparece en la propaganda occidental como fronteras de libertad son para millones de parias las fronteras de la muerte. Dos hechos recientes lo corroboran: la masacre de migrantes en Melilla y la muerte de centroamericanos dentro de un camión en San Antonio, Texas.

Melilla
Melilla es un enclave español, enquistado en la zona norte del continente africano. Ese pequeño territorio de 12 kilómetros cuadrados y 90 mil habitantes es para los africanos uno de los puntos de entrada a Europa. Miles de personas llegan a ese lugar luego de recorrer largas distancias y comprar el “sueño europeo”. Cuando llegan a Melilla se encuentra con un impresionante muro, formado por varias capas de hierro y alambre de diez metros de altura y de 12 kilómetros de largo. En diversas ocasiones, centenares de esos migrantes han intentado atravesar la alambrada y antes de hacerlo se estacionan al lado del muro, en territorio marroquí, en donde instalan miserables tiendas y campamentos.

Uno de esos momentos se presentó el 24 de junio. Al unísono, las fuerzas represivas de España y de Marruecos masacraron a los migrantes que intentaron superar el muro. El resultado fue fatídico: 37 personas muertas, de las cuales no queda ni el nombre, siendo su destino final una fosa común, que el régimen marroquí preparó aceleradamente para ocultar el crimen.

El gobierno de Pedro Sánchez felicitó a los guardias de los dos países por su eficacia a la hora de matar y señaló que la culpa era de mafias organizadas que trafican con los migrantes. Nunca mencionó la responsabilidad europea en la destrucción de los países africanos, que es una de las principales razones del éxodo masivo de población. Ese mismo gobierno español acoge con los brazos abiertos a los refugiados ucranianos, a los cuales les brinda hospitalidad, ayuda y trabajo. Como en los viejos tiempos del colonialismo europeo, el color de la piel importa a la hora de valorar qué migrantes se aceptan y cuáles se expulsan.

Texas
Al otro lado de África, en Texas, Estados Unidos, se presentó otra masacre de migrantes. El 28 de junio, cuando todavía estaba fresca la sangre en Melilla, se descubrió a 250 kilómetros de la frontera con México un tráiler abandonado en la carretera, y en su interior escenas dantescas: 53 personas muertas y 16 sobrevivientes. Dentro del camión la gente murió de sed, deshidratados y asfixiados. Socorristas que asistieron al lugar señalaron que “los pacientes que vimos ardían al tacto, sufrían de golpes de calor, agotamiento por el calor, ya que no había indicios de agua en el vehículo». No otra cosa podía suceder en una región cuya temperatura asciende en esta época del año a los 40 grados centígrados.

Joe Biden repitió el mismo guion de Pedro Sánchez: que los responsables eran los traficantes de personas (los coyotes). Nada dijo con respecto a la responsabilidad de Estados Unidos en las periódicas carnicerías de “extranjeros indeseables”, porque lo acontecido en Texas no es excepcional, es el pan de cada día en la frontera con los Estados Unidos. O por lo menos eso pasa con la mayor parte de los migrantes, si son de origen latinoamericano, asiático o africano, porque en el caso de los ucranianos también se les da un trato privilegiado: mientras los latinos deben esperar meses y hasta años para que les reciban una solicitud de ingreso o de asilo, los ucranianos en dos días tienen resuelto su ingreso a los Estados Unidos, donde reciben un documento humanitario que les permite moverse sin problemas dentro de ese territorio durante un año, al término del cual pueden solicitar visa de residentes o asilo permanente. Además, se les conceden ayudas y facilidades para conseguir empleo, vivienda y educación, algo que ni de lejos se aplica al resto de los migrantes que sueñan con disfrutar de la pesadilla americana.

Fronteras del racismo y de la muerte
La guerra de Ucrania ha servido para desnudar el racismo endémico que carcome a Europa y a los Estados Unidos. Los refugiados de Ucrania aparecen como fugitivos de primera clase, mientras que los procedentes de África, Asia o América Latina son considerados como invasores. En esa mirada colonialista sobresale la idea, implícita o explicita, de que los ucranianos son superiores porque son blancos y de ojos claros y eso hace que sean seres humanos (como sin vergüenza lo repiten periodistas europeos), mientras que los demás son subhumanos y, por tanto, indeseables a los que se les puede perseguir, destruir, violentar y eso se justifica con la lógica europea de los últimos cinco siglos, que se sustenta en la gestión colonial del ganado humano. Así, a los migrantes, aparte de perseguirlos, se les prohíbe cualquier tipo de refugio o de ayuda por parte de habitantes de los “centros civilizados”.

Mucho mejor si la labor de aplastar a los migrantes no la despliegan directamente los europeos o los estadounidenses, sino países tapón que se prestan para ese fin, como Marruecos en África o México en América Latina. De ahí que la violencia en las fronteras y por las fronteras sea un rasgo central del capitalismo realmente existente, una característica de la condición contemporánea, que busca atar los cuerpos de la mayor parte de seres humanos (y más si son pobres) a un lugar fijo. No importa que a toda hora se repita el estribillo de que somos ciudadanos del mundo y nos podemos mover libremente cuando nos plazca y hacia donde nos plazca, porque esas son las libertades que genera el capitalismo. Libertades retóricas que quedan echas añicos porque se estrellan contra las fronteras de la muerte en Europa y los Estados Unidos, cuyos linderos se están convirtiendo en gigantescas fosas a cielo abierto.

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