Editorial No 76: Es la hora del cambio

Sin título / Julián Coche Mendoza

Después del triunfo del Pacto Histórico en las pasadas elecciones, ha venido creciendo en el ambiente nacional, sobre todo en las organizaciones sociales, la incertidumbre y una cierta decepción frente a algunos movimientos del presidente electo. Ello tiene que ver, sobre todo, con su búsqueda de un Acuerdo Nacional, en el que entren todos los sectores políticos del país, incluidos aquellos que tanto daño le han hecho a esta nación y a las poblaciones más vulnerables. No obstante, tal sacudida de los ánimos tiene que ver más bien con una concepción estrecha de la política y unas expectativas ingenuas sobre las posibilidades de acción y transformación en el marco de las instituciones de una democracia representativa.

Debemos recurrir aquí a una frase que, no por manida deja de ser ilustrativa y certera: conquistar el gobierno no es lo mismo que conquistar el poder, aunque es de suma importancia. El pacto histórico, en representación de buena parte de los históricamente vilipendiados de este país, acaba de conquistar el gobierno, pero está muy lejos de arañar siquiera el poder, que es, en esencia, económico. Esto porque, definitivamente, lo que se juega, en las instituciones democráticas o de cualquier otra índole, dentro de una sociedad capitalista, son los intereses económicos de los capitalistas y sus corporaciones. No es cierto que estén embebidos con el poder político, si lo persiguen es porque este representa la posibilidad de gestionar desde arriba e imponer a los de abajo las estrategias y prácticas sociales que garanticen la rentabilidad de sus negocios y la posibilidad de hacerse cada vez más ricos.

Si el Pacto Histórico solo ha conquistado el gobierno, y ni siquiera de manera plena, esto quiere decir que tendrá que negociar con los que sí tienen el poder. Por eso Gustavo Petro ha convocado a los diversos sectores a un gran Pacto Nacional, no solo porque es el ideal de cualquier gobierno democrático, sino porque no puede gobernar de otra manera. Y esto encierra, por supuesto, una terrible paradoja. La invocación a un Acuerdo Nacional parte de la idea de que es posible definir unos mínimos comunes entre las diversas fuerzas políticas para sacar el país del atolladero en que lo ha dejado la élite política que ha gobernado este país durante décadas. La pregunta obligada es ¿qué le hace creer a Petro que esta élite esté interesada en una agenda que avance hacia la justicia social?

Posiblemente Petro supone que esta élite, de todas maneras, se sentirá afectada por la pérdida de un bastión importante de su poder: el gobierno. Sin un Acuerdo Nacional, todos estos sectores de la élite verán de alguna manera afectados sus intereses por las diversas reformas que impulsará el gobierno, pero este, a su vez, verá afectada su capacidad de gobernar si la élite, que sigue teniendo una representación muy importante en el Congreso, en la rama judicial, y que cuenta con los organismos de control, actúa como una vaca muerta para impedir que pase cualquier reforma. Al final, las condiciones de los sectores populares empeorarían y con ello el descontento con el gobierno, que la élite aprovecharía para promover y financiar múltiples movilizaciones del pueblo y así tumbarlo. Si esto no se logra, el gobierno terminaría su periodo con tanta impopularidad, que la derecha regresaría triunfante y como salvadora a la Casa de Nariño en las próximas elecciones y, en la actitud vengativa que la caracteriza, arreciaría contra las organizaciones sociales y populares como mejor lo sabe hacer: judicializando y criminalizando la protesta.

Esos son los riesgos de buscar transformaciones estructurales jugando con las reglas de la burguesía. Pero pueden ser peores los riesgos de apostarle a otro medio siglo de guerra clandestina. En el marco de las reglas de la democracia burguesa toca negociar y para negociar hay que tener con qué. La burguesía tiene las armas y el dinero, pero también juega a la democracia, porque es imposible sostener por mucho tiempo un poder que se funda en la fuerza, la explotación abierta y la corrupción, estas hay que disfrazarlas de legales y democráticas para poder legitimarlas. Por eso, aunque pensábamos que los sectores más recalcitrantes de la burguesía se negarían al Acuerdo Nacional, encontramos que todos a una, con entusiasmo, se empezaron a sumar, incluso el Centro Democrático, que dice querer hacer una oposición blanda y respetuosa. Posiblemente se trata del caballo de Troya que vislumbran algunos. Ya pasó en Venezuela, donde el gobierno se rodeó de la élite tradicional y corrupta, que terminó carcomiendo la revolución desde adentro.

Hay lecciones que deben ser aprendidas, y esta es una que esperamos que haya aprendido no solo el Pacto Histórico, sino todo el movimiento social y popular. Pues el problema de la Revolución Bolivariana no fue solo la infiltración de la élite corrupta en instancias de gobierno, sino también una cierta actitud chantajista de una parte del movimiento social y, por supuesto, la relación perversa que esto generó con el gobierno, propiciando una cooptación acrítica.

Hoy asistimos en Colombia a una especie de laboratorio en donde tendremos que demostrar de qué somos capaces los sectores populares organizados. Empezando por si somos capaces de organizarnos. Debemos dejar a un lado ya la discusión de campaña electoral sobre si hay que votar o no y si las reformas se pueden lograr o no desde las instituciones burguesas. Estas hay que promoverlas en todos los escenarios donde sea posible. Por supuesto, la élite que se suma al Acuerdo Nacional intentará que nada cambie, mientras el gobierno hará lo posible por avanzar en una Agenda de cambio que no violente demasiado el orden vigente para no poner en riesgo la gobernabilidad. Eso debido a que el poder que representa todavía es exiguo y, por tanto, es exigua también su capacidad de negociación. Pero ese poder tiene que crecer y esas reformas prometidas tienen que ver de alguna manera la luz, si no queremos estar de nuevo bajo el yugo de una élite mafiosa, autoritaria y corrupta como la que ha gobernado hasta ahora. Si la capacidad de negociación de la élite está fundada en las armas y el dinero, la del gobierno del Pacto Histórico tiene que fundarse en la fuerza del movimiento social y popular. Nuestra tarea, entonces, en este periodo, será una relación dialéctica con el gobierno, de apoyo y confrontación, para que las reformas se realicen y no de manera cosmética sino profunda, para que afecten realmente las estructuras sociales, económicas, políticas y culturales que hasta ahora han sustentado tanto oprobio, miseria y vileza moral. Nuestro principal escenario seguirá siendo la calle, donde nuestra fuerza puede conmover el acontecer cotidiano y materializarse en favor de las reformas pertinentes o en contra de las que nos lesionan. Pero esa fuerza aún ha de ser construida. Para eso necesitamos una voluntad sólida de organización y articulación de sectores populares en torno a procesos de educación y comunicación popular, en torno a proyectos culturales en las comunidades y procesos productivos que nos ayuden a superar el hambre. Pues las reformas no tendrán efectos inmediatos y mucho menos milagrosos. En todo caso, no podemos limitarnos a esperar que el gobierno realice las reformas, pues no todas las reformas de la sociedad pasan por allí. No podemos olvidar que fueron más de 10 millones y medio de votos contra el cambio, lo cual expresa una situación cultural terrible que debe ser transformada y no solo desde las instituciones, sino también desde la acción popular. Es la hora del cambio, porque así lo hemos decidido, pero el camino apenas empieza a vislumbrarse y hay que tener ojos sensibles para verlo y voluntad para recorrerlo.

Tejiendo Caminos / Inty Waleywa

2 comentarios en “Editorial No 76: Es la hora del cambio

  1. Raulear es lo que espera la oligarquía los dis primeros años. Los otros dis alzan la voz y ahí estamos en las mismas.

    Esto si no se coge desde el mismo 7 de agosto de las guevas a los que tienen esto patas arriba mejor apague y siga durmiendo.
    La figura del destierro a que reimplantarla: que es lo que merecen ciertos personajes…….no hay de otra!!

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  2. Buen día, excelente artículo, es importante tener muy encuenta el cambio de la educación del currículo occidentalizado a un pensamiento de colonial también al público en general a promocionar programas de televisión, teatro en contar la historia de los nadies cómo es la película Golpe de Estadio, la serie televisiva de la vida de Jaime Garzon

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