Quiero ser como tú cuando sea grande

(A mis profes, con mucho afecto)

Por Nancy Maya L.

Imagen de referencia

¿Cuál fue ese profe que les cambió el chip de la cabeza?

Yo tuve varios. Y fueron increíbles: Consuelo Mejía, mujer que admiro, respeto y a quien le guardo un infinito cariño y agradecimiento; Vicente Mejía, un genio desconcertante con una humildad sobrecogedora; el Maestro León Cardona, quien tiene un humor exquisito y lo traía a nuestros encuentros, transformando las explicaciones de la armonía, a veces densas, en carcajadas. Sin embargo, el Maestro Gustavo Yepes fue quien me enseñó el significado de la palabra “maestro”. Pillen pues, la historia va así.

Este pechito cambió su carrera de idiomas por música siguiendo su pasión y con el ánimo de aprender otro lenguaje: el “de los elegidos”, ese, al que muy pocos pueden acceder y casi nadie entender (yo la primera, aún sigo sin entenderlo); el universal. Me sentía como la Alejandra Magna de la Universidad de Antioquia, conquistando facultades. Yo en esa época ni caminaba, ¡levitaba!, era una adulta joven, tonta, orgullosa y, vergüenza me da admitirlo, prepotente.

El canto para un estudiante de música es vital, independiente de si vas a ser cantante o instrumentista, y el coro es el mejor lugar para la práctica. Yo tuve el honor de ser parte de La Coral Tomás Luis de Victoria cuando estaba en la Facultad, y estar allí era como si tuvieras una beca en Berkeley. El repertorio que esta coral montaba era muy bello y complejo, implicaba un estudio comprometido y ya tenía renombre por haber sido dirigido por grandes maestros y maestras; no podía caber la idea de ser mediocre.

En la Semana Mayor hay unos encuentros de música sacra donde los coros de la ciudad visitan iglesias y ofrecen conciertos a feligreses y laicos melómanos. La Coral Tomás Luis de Victoria estaba invitada en aquel momento a una serie de conciertos, y uno de los lugares a los que visitaríamos sería la Iglesia de Barrio Triste. La que se ve desde la estación Cisneros del metro.

El concierto era a las 5 pm, las mujeres con blusa roja oscura, manga larga, falda negra larga y zapatos negros. Los hombres en traje negro con corbata. Nancy Maya iba súper colocada, muy perfumadita, con sus partituritas en la mano, caminando entre locales de madera, mecánicos, mujeres con miradas perdidas y niños con historias durísimas; diciéndose, y blanqueando los ojos, que ese concierto iba a ser “¡una pérdida de tiempo!, es decir, ¿quién va a ir?”. Pues gente, la enseñanza llegó, tomó mi ignorancia y mi ego por el cuello y los dejó hechos trizas. ¡Y me encantó!

Cuando salimos al presbiterio para cantar, en la iglesia estarían, mal contadas, 3 personas sentadas, y algunas cabecitas en las puertas que se asomaban de vez en cuando con curiosidad. Una vez ubicados, el Maestro nos dio la espalda mientras miraba a su público, abrió su boca y en toda la iglesia se escuchó: “¡Entren! ¡Bienvenidos! ¡Este concierto es para ustedes!” Nuestro director, el Maestro Yepes, tiene una voz de bajo profundo potente y bellísima, es alto, robusto, una presencia magnífica. Quienes lo escucharon desde afuera y se sintieron más audaces, se hicieron en las bancas de atrás; otros prefirieron esperar a ver de qué iba el asunto. Mientras tanto, la Nancy de esa época, la veinteañera fastidiosa, se decía: “¡Maestro! ¿qué está haciendo? ¿Por qué no empezamos pues?”.

El Maestro comenzó a hablarle al público: “Levante la mano quien conozca una guitarra”, y como era de esperarse, la mayoría lo hizo. “¿Qué parte de la guitarra se debe tocar para que suene?”, prosiguió. “Las cuerdas” respondieron algunas personas con más tranquilidad. El tema de conversación estaba fácil. “Bueno, pues nosotros somos como una guitarra, solo que nuestras cuerdas están separadas por grupos de personas. Esta sería la cuerda más aguda”, da la vuelta y nos pide que sólo la voz de las sopranos cante una parte de la obra. Hizo lo mismo con el resto del coro, y así presentó a los tenores, bajos y contraltos, además, pequeños fragmentos de las obras que les cantaríamos y, por supuesto, a los compositores, anécdotas de ellos y de sus obras.

Verán, la polifonía es una forma donde cada cuerda lleva una melodía por sí misma, es decir, se podría escoger una voz y cantar solo esa melodía si así se quisiese. Pero si se une la voz de la soprano, con la voz de la contralto, cada una cantando su propia melodía, se forma una tercera hecha entre las dos voces. Por eso es común escuchar decir a algunas personas que no les gusta la polifonía, cuando la verdad es que no la entienden, porque es cierto, hay que tener una mayor atención con este tipo de música, ya que a veces pueden llegar a sonar más de cuatro voces, cada una con su historia, uniéndose a la historia de otros, y creando una nueva.

Terminamos el concierto en una iglesia a reventar, donde la atención del público era máxima; no se oía ni un zumbido mientras cantábamos obras polifónicas del siglo XVI. Me sentía en un examen final con más de 80 jurados que no parpadeaban, pero que me sacaban de la incomodidad de ser evaluada cuando estallaban los aplausos acompañados por bravos.

Ha sido el mejor concierto de mi vida hasta el momento.

El Maestro Gustavo Yepes me enseñó a hacer amar lo que uno ama, a acercar lo que se cree lejano o “ajeno”, a hablar con la serenidad y respeto que da el conocimiento, a mostrar la sencillez dentro de lo complejo, a recordarme el valor de la humanidad dentro del arte, a hacernos sentir, uno, dentro de la emoción que despierta la música. Porque de eso va, de despertar emociones.

Yo sé que ese concierto fue mi antes y después; mi afortunado quiebre. Salí de allí llena de asombro y agradecimiento: por mi Maestro, por el público, por la experiencia que había acabo de vivir; salí queriendo ser como él. ¡Y me falta, ¡uff!, montones! Pero quiero creer que lo estoy intentando.

¡Gracias profes!

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