Adiós, adiós humanitos

Por Edison David Ramírez.

Imagen tomada de pixabay

Se extinguieron los neandertales, se extinguieron los dinosaurios, se extinguieron los dodos, se extinguieron las vacas marinas; y por lógica, azar, intervención divina, maldición colectiva, bienaventuranza cósmica, o lo que sea, se extinguirán por el mismo tubo o cañizal los incipientes humanitos. ¿Que al columnista ahora sí se le corrió la teja del todo? Posiblemente. Eso no está en discusión. Pero lo que sí está en discusión, así, sin ton ni son, es el hecho arrogante de pensar que nuestra especie esté predestinada a reinar en La Tierra por los siglos de los siglos y de los siglos por siempre jamás.

Unos dicen que el fin de nuestra especie llegará el día feliz en que algún demente lance ojivas nucleares a diestra y siniestra. Otros dicen que seremos historia cuando algún primito del coronavirus vuelva a cobrarnos cuentas por haber contrarrestado a su querido pariente. Esas teorías no son tan descabelladas. Pero los virus y las bombas radioactivas al menos hasta ahora se han mantenido a raya (entre comillas). Nuestra extinción está llegando por otro lado. Nuestra extinción está llegando nada más y nada menos que por las cantidades exorbitantes de los denominados ‘ftalatos’. Cantidades que no son milimétricas. Cantidades con las que se puede armar un jardincito de toxinas y desconsuelos.

¿Ftalatos? ¿Y eso qué es? Los ftalatos o ésteres del ácido ftálico, son básicamente un conjunto de componentes químicos que se usan en la fabricación industrial del plástico. La interacción de los ftalatos con nuestro organismo, básicamente nos puede dejar infértiles, privándonos de un tajo de la bella posibilidad de tener nuestro propio equipo de hockey.

Un estudio realizado en 2017 por la profesora de medicina ambiental, Shanna Swan, sugirió que para el 2045 la humanidad podría quedar totalmente infértil. Esto quiere decir que más o menos para el siglo XXII, el Homo Sapiens Sapiens será historia patria y La Tierra nos estará cantando ese bello tema del Binomio De Oro que dice algo así como: «Todo se acaba, todo se olvida, así voy a pensar si te recuerdo».

Más de uno dirá a boca llena que la doctora Swan se la fumó verde y morada o que vio muchas veces la película ‘Children of Men’. Pero las cifras hablan cuando les conviene: la Organización Mundial de la Salud (OMS) informó que al día de hoy existen 186 millones de personas en edad reproductiva incapaces de generar descendencia.

Para conjugar las cifras de la OMS se añade el hecho de que en las últimas décadas la cantidad de esperma generado en los hombres ha disminuido en un 50%. Tristemente se acabarán los Diomedes Díaz con sus treinta hijos y sus noventa nietecitos. Swan advierte que los ésteres de ácido ftálico pueden disminuir la testosterona masculina, algo fundamental para que el ‘macho sapiens’ pueda lanzar piropos, producir espermatozoides y hablar con voz atronadora.

Las ‘hembras humanas’ en el mencionado estudio, tampoco es que se salven de a mucho. En esta aldea de cemento nadie puede cantar victoria. Una buena cantidad de ftalatos paseándose por el organismo de una mujer en edad reproductiva puede convertirse de sobra en un arma antiovárica: los abortos espontáneos o los partos prematuros pueden estar a la vuelta de la esquina.

En una sociedad industrializada, en que gran parte de los alimentos que consumimos están permeados por plásticos de todo tipo, los ésteres de ácido ftálico pueden llegar todos los días, si se les da la gana, a cada uno de los recovecos de nuestro cuerpo. En las enciclopedias marcianas se dirá de nosotros que fuimos la única especie que fabricó, por un lado y por el otro, su propia destrucción ¡Que hermosura!

Que desaparezcamos parece un hecho trágico, o al menos eso depende del racero con el que se mire. Para filósofos antinatalistas, como David Benatar, nacer ya es un castigo desproporcionado, atroz, multidimensionalmente injusto. Benatar escribió un librillo con el suntuoso nombre de ‘Mejor no haber nacido nunca’. En las páginas de ese tratado anti-reproductivo, se expone la idea de que la humanidad debe parar en seco sus pretensiones de perpetuarse sobre este pobre planeta.

Desde una mirada tradicional, el antinatalismo no es otra cosa que una forma disfrazada de pesimismo contemporáneo; pero desde la otra orilla del río, el antinatalismo es la ideología renovada de algún hedonismo antiguo: el que no nace, no sufre; el que no nace, no envejece; el que no nace, no vive la guerra; el que no nace, no vive el desprecio ni la exclusión. Aunque eso sí, el que no nace no es ni fu ni fa, ni ying ni yang, ni negro ni blanco. El que no nace, como diría Heidegger, no está como ‘ser’ ni como ‘no ser’; no está en el tiempo ni sobre el tiempo. He ahí el gran detalle (o el grandísimo detalle).

En ese tire y afloje de si debemos dejar o no que el ftalato nos borre del mapa, surge en el tintero la afirmación de que en el fondo la reproducción humana es lo natural, lo correcto, lo que se debe hacer. Pero no hay que olvidar que nuestra sociedad ya hace un buen rato que se alejó de la naturaleza. Las leyes nos prohíben violar, matar y robar. Las casas nos protegen de la intemperie. ¿En dónde quedó nuestro estado de naturaleza? No está. Se esfumó. A nuestro estado de naturaleza se lo tragó esa enfermedad ya milenaria que llamamos ‘civilización’.

Podemos tener a la postre doscientos hijitos y tres mil nietecitos, o podemos no tenerlos. Podemos adoptar un muñeco y ponerle nuestro apellido. Podemos hospedar a noventa gatos y arrullarlos en una cunita. Podemos hacer en últimas lo que se nos dé la gana. Acá el asunto es que nos podemos extinguir masivamente y no dejar ni el suspiro de lo que fuimos (excepto la huella de nuestra destrucción, claro está).

Si el estudio de la profesora Shanna Swan no resulta ser tan profético, al menos podremos tener nuestros hijitos (unos 22 como Guillermo Zuluaga ‘Montecristo’); con la conciencia de que serán seres sufrientes, amargados, explotados y sometidos a una sociedad poco caritativa con los sufrimientos ajenos. Por ese motivo, y por muchos otros, decía E.M. Cioran, muy a su estilo, que: «La imposibilidad de encontrar un solo pueblo, una sola tribu donde el nacimiento provoque duelo y lamentación, prueba hasta qué punto la Humanidad se encuentra en estado de regresión».

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