¿Para quién es peligroso Gustavo Petro?

Por Rubén Darío Zapata

Foto: Colprensa

“Gustavo Petro, por todo lo que ha dicho y por todo lo que ha hecho, no le conviene a Colombia. Es un peligro para la democracia, para las libertades, para la economía, para nuestras familias y para nuestros hijos. Y por eso consideramos que esa opción sería un peligro para el país”. Estas fueron las palabras con las que Federico Gutiérrez, candidato derrotado en las pasadas elecciones presidenciales de primera vuelta, justificaba su apoyo a Rodolfo Hernández en segunda vuelta.

Podría pensarse que, por tratarse de un discurso de cierre, en el que se reconoce la derrota, Gutiérrez no sintió la necesidad de mostrar qué de eso que ha dicho y hecho Petro es lo que lo hace tan peligroso para el país. Pero esa ha sido realmente la estrategia no solo del excandidato presidencial, sino de toda la campaña antipetrista: sembrar la idea, sin ofrecer ningún argumento, de que con Petro en la presidencia se produciría el acabose del país.

De pronto la pregunta ni siquiera sería qué es lo que hace tan peligroso a Petro, sino para quién es peligroso que Petro sea presidente. Para responder esta pregunta, la mejor pista nos la dan precisamente los dos candidatos de la derecha derrotados en esta primera vuelta. El candidato del movimiento Salvación Nacional, Enrique Gómez Martínez, quien fue superado incluso por el voto en blanco, anunció inmediatamente su adhesión a la candidatura de Hernández con el propósito de frenar la dictadura socialista. “Nos pondremos al servicio de la campaña de Rodolfo Hernández para detener el mal socialismo y la ruptura democrática implícita en la aspiración de (Gustavo) Petro. Queremos evitar que se instale una dictadura de corte socialista que destruya el empleo, la libertad y la propiedad privada”. Prácticamente las mismas palabras que expresó Federico Gutiérrez unas horas después para anunciar su respaldo a Hernández.

También se adelantó Gómez a Gutiérrez al expresar cuáles eran realmente sus temores: “Jamás nos dejaremos quitar a Colombia”. La afirmación sonó tan descarada que hasta a la periodista de caracol Televisión, María Alejandra Villamizar, en la transmisión del análisis de los resultados electorales, se le soltó la pregunta de si acaso pensaba que Colombia era de él. Pero nadie le ha hecho la pregunta a Federico Gutiérrez, quien también lo dijo con contundencia: “Quiero expresar públicamente que nosotros no queremos perder el país y que no vamos a poner en riesgo el futuro de Colombia, de nuestras familias y de nuestros hijos”. Todo ello nos recuerda un trino del expresidente Álvaro Uribe a los venezolanos en días previos a las elecciones: “Hermanos venezolanos que viven en Colombia y puedan votar ayuden a preservar nuestra democracia para resolver los problemas sociales en favor de todos”.

¿Quién es ese nosotros al que hacen alusión Gómez, Gutiérrez, Uribe y tantos antipetristas más? ¿Por qué tienen miedo de perder a Colombia si Petro queda de presidente? ¿Será que efectivamente Colombia tiene dueño o dueños? Esas son las preguntas que saltan a la palestra cuando estos personajes expresan así sus temores y su intención de adherir a Hernández para conjurarlos.

Ellos, por su puesto, se sienten representantes de todos los colombianos, y demagógicamente repiten, como Gómez Martínez, que la política es la forma como se cuida de la patria. “Se hace política para conseguir el bien común. Esa debe ser la meta. La única”.

No hay que olvidar, sin embargo, que Enrique Gómez es sobrino del Álvaro Gómez Hurtado y, por tanto, nieto de Laureano Gómez. Es decir, miembro de una de las familias más poderosas de este país y representante de la más rancia godarria. Gutiérrez, a pesar de su figura chabacana, es miembro de una familia paisa adinerada y, por demás, actuaba ahora como el candidato que mejor encarnaba las ideas de Álvaro Uribe. Y este último, por supuesto, no necesita presentación después de su paso por la gobernación de Antioquia, sus ocho años de presidente y los demás en que ha gobernado en cuerpo ajeno.

Ese nosotros, por lo tanto, se refiere al grupo social que a sangre y fuego se ha adueñado de Colombia, de sus tierras, sus riquezas y sus instituciones. Es el nosotros que ha impuesto, además, el neoliberalismo, con el que ha empobrecido todavía más a las clases más vulnerables del país, destruido la industria y la agricultura y promovido el narcotráfico, y el nosotros que ha sacudido la legitimidad de las instituciones al convertirlas en instrumentos para su propio beneficio, que ha cooptado los órganos de control para gobernar a su arbitrio, y que ha convertido a la fuerza pública en una fuerza criminal para volverla contra el pueblo y frenar el inconformismo. Ese grupo tiene una gran deuda social, económica y penal con las mayorías oprimidas de este país, pero, además, ha hecho de la política, mediante la corrupción más desvergonzada, una manera de enriquecerse a costillas de los más pobres.

Ese nosotros, por supuesto, tiene mucho que perder si Petro llega a ser presidente y a implementar las reformas que ha anunciado para alcanzar la justicia social y saldar las deudas de la sociedad con los grupos sociales más vilipendiados históricamente. Su temor es entendible y su odio a Petro completamente racional. En eso se equivoca María Jimena Duzán cuando califica la actitud de esta élite oligárquica como petrofobia, una fobia que califica como “un miedo irracional y un trastorno producido por algún estímulo real o imaginario”. Nada de irracional hay en el miedo y el odio de la derecha a Petro, es tan solo la actitud de quien reacciona para defender sus propios intereses, aunque vayan en contra de las mayorías. Por eso han recurrido, para movilizar a las masas empobrecidas por ellos mismos, a los discursos manidos, que ni ellos mismos se creen, de expropiación, amenaza a la democracia, a las libertades y a las instituciones. La pregunta que sí debe ayudarnos a resolver el psicoanálisis y la psicología de las masas es en qué estado mórbido han caído estas masas para comprar de manera tan pasiva este discurso que no resiste la más mínima confrontación con su propia realidad, por qué opera, aparentemente, de manera tan automática la identificación con el verdugo. Entre tanto, lo que sí nos deja claro la adhesión de la derecha a la campaña de Rodolfo Hernández con el propósito de no dejarse quitar el país, es cuáles son los intereses que este camaleón de la política de verdad representa

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