Escuela, democracia escolar y juventud

Por Carmen Huertas

Ilustración tomada de blogs.udima.es

«Si se es pasivo y dependiente en el terreno intelectual, no se puede ser libre y autónomo en el terreno moral», lo escribió Piaget, lo que me lleva a reflexionar sobre nuestra actividad y actitud diarias en la escuela. Ingresar a la institución educativa y concretamente al aula, por fortuna no virtual, debería significar cada vez un reto y no la rutina a la cual estamos acostumbrados tanto los docentes como los estudiantes.

Los estudiantes son el espejo de la sociedad, de ese atraso secular que reside en nuestras mentes y actitudes cotidianas. Los niños, los jóvenes, son también un producto social. Ellos no son una pieza suelta en el engranaje de la dominación, de la abulia mental en que ha caído este país. Es cierto que la formación empieza en casa, pero también lo es que continúa en todos los escenarios sociales; la escuela es uno de ellos.

Nuestro proyecto de nación aún en construcción, defiende la constitución política de la sociedad, defiende la democracia. Y es en la escuela donde se deben construir los valores de civilidad y convivencia pacíficas; por eso la docencia, como acto político, debe enseñar para pensar, para aprender a escuchar, para aprender a argumentar, para llegar a acuerdos y consensos, para vivir en el disenso y lo más importante: para aprender a legitimar al otro.

Construir cotidianamente en la escuela una cultura democrática es el único camino para rehacer el tejido social y la identidad como nación.

Qué viven los jóvenes al interior de la institución educativa

Institucional y socialmente se está promoviendo muy poco la organización estudiantil autónoma. Los espacios de participación no son construidos por los estudiantes; hay una adaptación y conformidad de los jóvenes con el sistema educativo, pues así han sido educados en todos los escenarios relevantes del pensamiento curricular, tan ajustado a moldes externos, la mayoría de las veces innecesarios.

Desde que ingresan a la escuela institucionalizamos en ellos –Estado y magisterio– patrones de organización y relaciones que se tornan repetitivos y generan la aceptación de lo establecido, sin posibilitar una actitud crítica; por ello se adaptan de tal manera al reglamento, las normas, los horarios, las prohibiciones y a los espacios de participación existentes que si se impulsan metodologías flexibles, se resisten al cambio y reclaman la normatividad y el control. Porque no están acostumbrados –y no hemos hecho lo suficiente para ayudar a saltar el obstáculo de la cómoda costumbre– al libre pensamiento, al desarrollo autónomo, al pensamiento crítico y a la renovación de la estructura escolar.  

La participación es y ha sido, dentro de las frías cuatro paredes del aula, alejada de la problemática y de los fenómenos socioculturales que ocurren en el entorno. No hemos enseñado el método de aprender desaprendiendo las viejas y obsoletas formas de aceptación de la autoridad sin reparos, de aprender haciendo y luchando férreamente por los sueños, de aprender en el marco de la batalla de las ideas y la búsqueda imparable de la verdad.

Propiciamos opinión, pero poca decisión; la intervención del estamento estudiantil aún no incide en los resultados (toma de decisiones); es poca su participación en la elaboración del reglamento escolar, en las decisiones disciplinarias y en los procesos de evaluación.

Hay buena disponibilidad, pero poca autonomía en maestros y alumnos; en todos flaquea la seguridad para la toma de decisiones, pues casi siempre erguimos el pescuezo esperando la orden de arriba. Es un campo poco estimulado que tiende al desarrollo heterónomo en contravía de la autonomía.

Democracia y política

Se considera que la democracia es opinar mas no decidir. Se cree que si existe diálogo ya existe democracia; existe poca apropiación de los mecanismos de participación, garantías e instancias de decisión a que tiene derecho y esto limita sus acciones, aspiraciones y la posibilidad de cambios y transformación. El magisterio tiene la palabra en esto.

La política es un tema ausente del colegio y los jóvenes; son más escépticos los maestros frente a la política y la democracia en Colombia que los mismos muchachos. Esto impide la posibilidad de asumir positivamente para estimular en los estudiantes el conocimiento, la deliberación y la reflexión sobre la política, asunto clave para el futuro de nuestro país. Casi que la política es un “tema fantasma”, asociado erróneamente a la politiquería, y que para nada tiene que ver con la educación.

La escuela ideal debe posibilitar la calidad humana en la relación, logrando que los maestros y estudiantes puedan expresarse libremente y sean escuchados sin ser juzgados; que el manual de convivencia corresponda a las necesidades, intereses y características de los jóvenes y sea un elemento pedagógico para el tratamiento de conflictos. Es necesario ahondar en las normas, colectivizar el sentido que tienen y relacionarlas con el sentido común, con la convivencia escolar más que con la prohibición.

Se requiere un pensamiento renovador para disponerse a la confrontación y al acuerdo. Se necesitan currículos flexibles más participativos que faciliten relaciones psicoafectivas más estrechas entre maestros y alumnos que permitan expresar temores, pensamientos y expectativas entre todos. 

Centremos los esfuerzos en buscar el encuentro con lo común entre diferentes instituciones educativas y potenciar entre los jóvenes la interacción humana para la real formación sociopolítica.

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