Ucrania: víctima propiciatoria del parteaguas geopolítico mundial

Por Álvaro Lopera

Paisajes de la guerra en Ucrania: Mariúpol y Popasnaya

El 24 de febrero, Putin informó del inicio de la operación militar especial de Rusia para “detener el genocidio en las repúblicas del Donbass y desnazificar a Ucrania”, y trajo a colación elementos históricos que daban cuenta de que Ucrania y Rusia eran naciones hermanas que fueron separadas por “decisiones incomprensibles” de los bolcheviques en la década de los años 20 del siglo XX. Habló, entre varias cosas, de la violación de los acuerdos de Minsk I y II de 2014 y 2015, que fueron firmados por Ucrania, Rusia, Francia y Alemania y que intentaron llamar la atención al gobierno ucraniano para que reformara la Constitución y federalizara al país. Estados Unidos y la oligarquía ucraniana se encargaron de que éstos no se llevaran a efecto.

La “inocencia” de Occidente

Este 24 de abril, la guerra, que se presumía corta, cumplió dos meses y tiende a acrecentarse sin medida. Occidente hizo una blitzkrieg (guerra relámpago) económica contra Rusia, intentando llevarla a la quiebra: incrementó las sanciones económicas que desde 2010 le aplica despiadadamente, alcanzando un número mayor de 6.200 que afectan tanto al Estado ruso como a la oligarquía, pero lentamente se convirtieron en un búmeran para Europa en tanto el precio de la energía –que Rusia ha suministrado a Europa en un porcentaje muy alto– aumentó escandalosamente ayudando a la estanflación, al desempleo, al incremento del costo de vida y a la inconformidad social; y la rusofobia, que había sido aupada por los mass media, si bien se sostiene como ganancia de esa guerra híbrida, con el tiempo ha pasado a un segundo plano.

Occidente congeló, o mejor, robó cuentas rusas por más de US$300 mil millones –lo mismo que hizo con Libia y Afganistán– depositados en bancos del sistema SWIFT y empezó a probar la vieja teoría geopolítica de detener a Rusia primero empobreciéndola y, después, a cañonazos, en el epicentro que define la potencialidad de mantenerse en pie como potencia euro-asiática: Ucrania.  

Brzezinski, geopolítico polaco, mano derecha de varios presidentes usamericanos, había afirmado en 1997 en su libro El gran tablero mundial: “Sin Ucrania, Rusia deja de ser un imperio euroasiático. Una Rusia sin Ucrania podría competir por un estatus imperial, pero se convertiría en un Estado imperial predominantemente asiático, más susceptible de ser arrastrado a extenuadores conflictos con los países del Asia Central recientemente salidos de su letargo”. Denominó a Ucrania como pivote geopolítico extremadamente importante.

El crecimiento de la OTAN hacia el Este siempre mostró esa disposición estratégica: quitarle el agua al pez ruso, rodeándolo de enemigos y de misiles a lo largo y ancho de su extensa frontera. Putin habló insistentemente, en la Conferencia de Munich de 2007, de los riesgos de seguridad al avanzar con la OTAN hacia su país, involucrando a los anteriores países del Pacto de Varsovia, como también insistió en la ratificación de los tratados de armas estratégicas para lograr una seguridad indivisible. Todo fue en vano.

El estallido geopolítico

El acceso al mar Negro era otra de las inquietudes de Brzezinski: “Si Moscú vuelve a hacerse con el control de Ucrania, con sus 52 millones de habitantes y sus importantes recursos, además del acceso al mar Negro, Rusia volverá a contar automáticamente con los suficientes recursos como para convertirse en un poderoso Estado imperial, por encima de Europa y Asia”. Pues bien, la guerra que se desarrolla en estos días ha llevado a que Rusia empiece a ejecutar la vieja pesadilla de Brzezinski, pues en estos momentos su brazo militar casi tiene copado el acceso al mar Negro de esa Ucrania pro-occidental y cercana al nazismo, lo cual pondría en problemas a Kiev y a Occidente.

Lo anterior explica la gran ayuda militar a Ucrania, que actualmente asciende a más de US$5.700 millones (algo que la dejará muy endeudada), pero el presidente Zelenski solicita más de US$5.000 millones mensuales para detener a Rusia y derrotarla, como lo ha dicho en todas las conferencias virtuales que, como buen actor, realiza semanalmente con los parlamentos europeos.

No a la hegemonía

La lucha contra la hegemonía norteamericana está comandada actualmente por el eje geopolítico asiático de la Organización para la Cooperación de Shangai (ACS), cuyos miembros tienen en su haber más del 41% de la población de La Tierra y el 23% del PIB mundial. Estos son: China, Rusia, India, Kazajstán, Kirguistán, Tayikistán, Uzbekistán y Pakistán. Afganistán, Irán, Mongolia y Bielorrusia tienen estatus de observadores.

Este eje de naciones en ninguna votación de la ONU propiciada por Estados Unidos ha condenado a Rusia. En él hay un entrecruzamiento de política, economía y seguridad, se defiende la soberanía nacional y se entiende como una asociación de naciones. Se tiene en cuenta la construcción de los intereses nacionales en el marco político de cada país y se intenta conciliar los intereses propios, es decir, desaparecería de las relaciones económicas el marco conceptual neoliberal que habla de la “racionalidad económica” como razón superior.

En este nuevo relacionamiento se hace interesante la potencialidad de deconstruir el neoliberalismo y la globalización financiera y comercial sobre la base de nuevas divisas para el impulso del comercio, del manejo de monedas nacionales para los intercambios y, por ende, del impulso de un marco de soberanía nacional más propiciatorio de la defensa de los bienes comunes de cada país.

No hay marcha atrás

Esta guerra es un parteaguas geopolítico, pues fue un adelanto violento de lo que se veía venir: la desglobalización y la desoccidentalización de un mundo basado en reglas norteamericanas, las mismas que quieren imponle a la ONU de la mano del secretario atlantista servil al capital occidental: Antonio Guterres.

El mundo no volverá a ser el que era antes de la pandemia y de la guerra de Ucrania. Los viejos soportes de la represa geopolítica occidental están cayendo como las columnas de Jericó con las trompetas de la guerra ucraniana. Están dando paso a un Asia fuerte que confronta directamente los dictados de ese hegemonismo yanqui tan acostumbrado a que las naciones le rindan culto y le respeten su despreciable Destino Manifiesto y esa supremacía que, al ser tantas veces esgrimida, se resquebrajó y se vino abajo.

Es el tiempo del multilateralismo en las relaciones internacionales. La hegemonía norteamericana, de la mano de la gran crisis del capital, cuya tasa de ganancia disminuye a pasos agigantados, está mandada a recoger. La puja empezó, Asia la dirige, lo que no sabemos es dónde puede terminar la contrapuja de ese poder que no termina de morir.

Esperemos que sobrevivamos para ver a dónde llegó ese impulso.

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