Van Gogh también dibuja en los puentes

Por Edison David Ramírez

Indigente: Pintura de Gaston René Moreno Manzo

Hace cuatro años, un 23 de mayo del 2018, a tres cigarrillos y medio de distancia de la Universidad Nacional sede Medellín, conocí a Vincent Van Gogh: estaba en el Puente Ambiental haciendo una especie de dibujo de tinte fantástico (un híbrido entre mujer-pantera o serpiente-montaña). El personaje, al que yo llamo Van Gogh pero que se llamaba Andrés Betancourt, era un joven habitante de calle de 28 años, que se reivindicaba a sí mismo plasmando en el papel hombres–hormiga, mujeres-diamante, diosas olímpicas y afroditas fantasmagóricas de las más verosímiles inventivas.

Andrés sembraba en el papel sus añoranzas, sus inquietudes, y, por supuesto, sus más profundos desencantos. Como el 99.99% de colombianos, este Van Gogh de las calles tuvo una vida de perros. Hubo más lágrimas que caricias en su camino. Hubo más patadas y puntapiés disimulados en sus mañanas que ‘buenos días’ y caritas sonrientes. A los cinco años cayó en la cuenta de que era homosexual. Desde entonces, palabras y palabrotas como «‘voltiado’», «mariquita» y «desviado» le perforaron los oídos (y por ahí derecho eso que llaman el ‘alma’, ‘la luz interior’ y el ‘brillo ontológico’).

«Desde que tengo uso de razón, sé que sentía atracción por los niños de la guardería. Como yo era amanerado, siempre me discriminaban donde iba. Tuve una infancia difícil. Tuve una infancia deprimente. A los catorce yo ya andaba con fluoxetina para arriba y para abajo. Me intenté suicidar varias veces. No funcionó. Aunque en una ocasión sí estuve en coma por un tiempo por una droga que me tomé».

Ya un poco más viejo, Betancourt se hizo a la idea que el mundo era hostil, que nuestro revolcado sendero seguirá siendo medio espantoso hasta que los buenos jinetes del apocalipsis vengan un día a cantarnos su ranchera del juicio final. Hizo de tripas corazón como a casi todos nos toca y montó un negocio en el centro: una suerte de ‘Videoclub’ en donde la comunidad gay iba a rumbear y a buscar una buena noche de desenfreno en las manos de Eros.

El Videoclub fue viento en popa hasta que llegaron las amanecidas, la ketamina (Special K, Kit Kat), el 2CB, las pepas (Éxtasis), el Heineken, el ‘Superman’, las ‘caritas felices’ y el bazuco. Como era de esperarse, el negocio quebró en poco tiempo. Andrés quedó desempleado hasta que consiguió un trabajo en un motel de la ciudad. Algo que no duró mucho. El paraíso casi siempre apenas sí nos hace señitas. El paraíso es un nido de papel a veces reservado solo para los burgueses y los dementes. Unos compran el paraíso con la billetera. Otros lo compran con su imaginación. Pero el paraíso es como una princesa remilgada: le gusta hacerse rogar.

En un fin de mes de alguna tarde lluviosa, Betancourt retiró cien mil pesos y se fue a celebrar que al menos había resistido sin caerse, a cuatro semanas más de explotación. Se tomó sus buenas ‘polas’. Se fumó su buen porro y luego…. Luego simplemente vino la amnesia, la inconsciencia, la razón a cuentagotas. Después de la ‘fiestica’, sin saber qué había pasado, apareció andando descalzo por los lados de la Universidad de Antioquia ¿Escopolamina? No sabía. Aun hoy a lo mejor todavía no lo sabe.

Después de eso la vida de Andrés cayó en picada. No hubo paracaídas. No hubo salvavidas. De su trabajo lo echaron por ausentismo con un hermoso ‘hasta siempre viejito’ y una liquidación de poca monta. De ahí para adelante el bazuco fue su estrella, su polo norte, su polo sur, su casa invisible. La adicción lo llevó una y otra vez a las calles. Dormía donde le tocaba: una acera, un cambuche o un hotel de tres mil pesos eran su cobija, su almohada, su colchón y su ‘caverna protectora’.

Entró más de una vez a Carisma, un centro de rehabilitación ya con bastante trayectoria. Ahí exploró sus dotes de artista. Ahí sacó a pasear de forma definitiva al Van Gogh que le venía campaneando en el espíritu desde su niñez. Ahí también conoció al ‘maromero’, un personaje que practicaba fútbol freestyle, que hacía maravillas con el balón montado en un par de zancos. Andrés salió de Carisma meses después más contento que niño con juguete nuevo. Pero como dicen las abuelas: «El diablo es puerco». La canela ‘medio incitadora’ y cinco mil pesos lo llevaron de nuevo a las calles.

Aunque para este Van Gogh ese episodio ‘regresivo’ no fue tan malo. La calle –me dijo- le enseñó a valorar las cosas esenciales de la vida: una gota de lluvia, unos rayos de sol, una bolsa de basura para empacar dibujos, un carboncillo y una botella de agua pueden ser lo que un hombre necesita para ser hombre. Un título, un traje reluciente y un viajecito a las Bahamas –me aseguró- no te van a hacer una mejor persona.

Antes de despedirnos, Andrés Betancourt me aseveró que ya se estaba levantando de las cenizas. Me dijo que él era como el ave fénix. También me dijo que cuando se parara, iría por las calles rescatando a sus camaradas en desgracia. ¿Desgracia? Si queridos lectores ¡desgracia! La adicción al bazuco es una consecuencia, no una causa de que alguien adquiera folclóricamente su condición de indigente.

Betancourt me aclaró en algún momento que el desamor, el desempleo, la exclusión y la falta de oportunidades llevan a una persona al consumo de drogas. Las drogas (cuando se consumen de manera desenfrenada) llevan necesariamente a cualquiera a convertirse en habitante de calle. Es en el fondo la sociedad con su salvajismo disfrazado quien lleva a un ser humano a la ruina.

Detrás de un habitante de calle pulverizado por el bazuco, está el cansancio y la humillación; está esa sociedad luminiscente con sus trenecitos atestados de gente, con sus fábricas humeantes atiborradas de hombres-abeja, con sus ventas de caricias y besos por docena, con sus chequeras y tanques nucleares paseándose por las miradas. Un indigente es básicamente un hombre roto al que la civilización, con sus coreografías infernales, con sus eufemismos fosforescentes, con sus proyectos irrealizables, le ha robado el alma. La cosa es así de simple. La vaina es así, y punto: san se acabó, cerremos el telón y busquemos una solución al asunto. O simplemente mirémonos las caras comiendo crispetas hasta que nuestro mundo se hunda como el Titanic.

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