¿Para qué la música?

Por Nancy Maya L.

Ilustración: Wilson Rengifo

Durante mis 23 años como docente de música, he tenido la bendición de trabajar en diferentes escenarios, compartiendo con personas de todas las edades este lenguaje artístico que me parece sublime, casi sagrado, y, por supuesto, universal.

He sido la “profe”, “pro”, “miss” en todas las clases sociales, teniendo, en ocasiones, el apoyo, o no, de las instituciones educativas; cosa que, aunque puede ser frustrante, no llega a compararse con el apoyo, o no, que tengas de tus estudiantes. Y no estoy hablando de que ellos ya deberían tener una actitud “receptiva” de la materia, porque, a decir verdad, moldea esa actitud es mi responsabilidad. Hablo de la curiosidad, curiosidad respetuosa, ¡curiosidad curiosa! Esa que te hace estirar el cuello, levantar las cejas, enderezar suavemente la espalda, ¡Esa!, la que te hace pensar: “Y ésta ¿qué irá a hacer?”; “¿qué nos irá a poner a hacer?”; “¿para qué vino”; “¿y yo cómo hago eso?”, ¡Esa!

Decidí enseñar en educación no formal. Admiro muchísimo a los docentes de colegios, pero mi personalidad no entra en consonancia con el mismo espacio todos los días, horarios cerrados, uniformes, conversaciones con padres de familia y entrega de calificaciones. Lo aprendí fácilmente cuando en mi práctica docente mi asesora “me soltó” en una institución educativa donde la profesora de artes se accidentó, y tuve que quedar a cargo de un octavo y un noveno. Allí las hormonas de cada uno de los estudiantes estaban a flor de piel, eran palpables, audibles, visuales, todos los sentidos entraban. Un ‘día de la mujer’ mi “regalo” fue un puño en la nariz por separar a dos estudiantes que estaban peleando, así que esa tarde me dije: ¡Colegios, no!

Sin embargo, por necesidad, regresé hace unos años a un colegio como docente de música. Trabajé durante cuatro meses allí, luego me retiré, mi paciencia no pudo. Era de esos colegios donde el papá o la mamá reclamaban, con tensión en las extremidades inferiores del cuerpo, una explicación de por qué su hijo o hija estaban perdiendo la materia de música, si ésta hacía parte del área de ¡Lúdicas! Háganme el bendito favor, no del área de artística, ¡de Lúdicas! Y no es que tenga algo contra el juego, de hecho, mi academia tiene el juego como base para el aprendizaje. Pero si lo veo dentro de la lógica del padre de familia, lo apoyo completamente: lúdicas se gana o se pierde, pero no se califica. Lo que ellos no comprendían es que yo no veo la música como lúdicas, sino como arte, por lo tanto, sí debo hacer un seguimiento, y, si debo entrar en el lenguaje de la educación formal, debo ponerle números a ese seguimiento.

El colegio tenía sus peculiaridades, como, por ejemplo, conversaciones con la coordinadora, quien después de reflexionar sobre qué hacer con las evidencias irrefutables de una estudiante que no hizo nada en el periodo, me ilumina diciendo: “Bueno. Sí. No hizo nada. Es verdad. Pero Nancy, María José ¡no-puede-perder-tu materia!” (Tensión en sus extremidades inferiores del cuerpo).

En mi primera clase con el octavo de este colegio, mientras nos presentábamos, Julián me hizo una pregunta con la soberbia que tienen los pseudo emperadorcitos, herederos al trono de la empresa de su abuelo o padre, sabedores de no llegar a tener carencias económicas en su vida, esos que van pasando por la vida dañando lo bonito, pisando lo trapeado, ofendiendo lo diferente o lo que desconocen: “¿Y a mí para qué me sirve la música si yo con eso no voy a ganar plata?”. Deseé mucho responderle que por qué no se daba la oportunidad de aprender algo que sus padres no entendían, que sabía que esas palabras no eran suyas realmente, sino que eran el resultado de lo que había escuchado en su entorno, que podría ayudar a mejorar su linaje y aportarle a su clan familiar algo de cultura. Igualmente pude haber traído a colación artistas reconocidos en el campo musical por su talento y abundancia económica, pero estaba convencida de que, en primer lugar, no conocería los referentes que le daría, puesto que no voy a ensalzar productos de la industria musical; y, en segundo lugar, porque ponía en duda su definición de “talento” teniendo en cuenta que sus referentes serían esos productos de la industria musical. No obstante, le di una respuesta más holística: que la música puede alimentar nuestras almas, ayudarnos a expresar nuestras emociones, a describir artísticamente momentos sociales de los pueblos, a acompañarnos y elevarnos espiritualmente cuando creemos que vamos directo al abismo; que mejora nuestras relaciones interpersonales… “Sí, ¡pero eso no me va a dar plata!” Respiro profundo. No hay caso. Sin embargo, insisto: es posible, pero te hará un mejor ser humano. “¡No pues! ¡qué chimba!” responde.

Lo tenaz es que no sólo era Julián quien tenía esta filosofía. Julián simplemente fue el vocero de ese colegio sin proponérselo. Posteriormente, durante los meses siguientes, pude comprobar que estudiantes, padres de familia, coordinadores, el mismísimo director, del que uno creería que al menos daría el ejemplo, pero no, tampoco (ni modo, pasa); algunos compañeros docentes (afortunadamente no todos) y, ojo aquí: ¡mi jefe de área!, compartían ese pensamiento que el estudiante me expuso de forma tan natural en nuestro primer encuentro. Alguna vez me dijo: “Síííííí… a ellos no les gusta la múúúúsica. Pero si te ves muy embalada, ¡les pones un video!” (Frase motivacional matutina, jefe de área de lúdicas… ¡deje así!, ¡empaque y vámonos!).

Así que henos aquí queridos y queridas lectoras. Me presento, mi nombre es Nancy Maya, soy docente de música, y mi objetivo en estas líneas será, si me lo permiten, compartir el para qué la música y ayudar a responder esta pregunta. Trataré de resaltar su importancia como testigo y acompañante de situaciones, lugares y personajes que vivieron, y viven en este planeta.

Advertencia de spoiler: Esto ¡no-te-va-a-hacer-ganar-dinero! Pero espero que podamos, la música y yo, llegar a sorprenderte.

Un comentario en “¿Para qué la música?

  1. Y lo que la profesora Nancy narra ocurre en las áreas de humanidades, sociales, literatura y artes. Pero peor: ya en las Universidades privadas, dado el bajo desempeño de los «estudiantes», se atreven a cuestionar hasta las matemáticas. Por eso es necesario una reforma educativa que empiece desde el vientre de la madre, involucrando al padre, claro está.

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