¿Por qué andamos tan medievales?

Por Edison David Ramírez.

Foto: tomada de Archivo personería

Para más de uno, ir por la calle con un celular (así sea de teclitas), es sinónimo de modernidad, de progreso. La tecnología nos ha vendido la ilusión de que la humanidad ha evolucionado. Quienes creen en la fantasía de que en efecto vivimos mejor que nunca, se olvidan a menudo de que aún arrastramos, como en tiempos de la otra Edad Media, la migración, las pandemias, las guerras, las fronteras invisibles y las ‘nuevas inquisiciones’ (que ahora queman libros a nombre de la reivindicación femenina, olvidando que la especie humana, como Alibech y Rústico, ha llegado hasta este siglo ‘Metiendo el diablo en el infierno’).

Para los historiadores que creen que la historia se divide en periodos rígidos –como bloques de cemento– la Edad Media comenzó en el año 476 d. C, cuando el imperio romano de occidente, a raíz de la ineptitud de sus gobernantes y las invasiones bárbaras, se fue al carajo. En esa lógica, el Medioevo terminó de un tajo en 1492 (como si se cerrara un telón de alguna obra de Shakespeare). La realidad es que incluso en las ciudades capitales de nuestro país, la Edad Media camina semidesnuda mostrándose sin vergüenza a todo el que la quiera mirar.

Un sinónimo indiscutible de exacerbado medievalismo son las pandillas y sus controles territoriales. En la Edad Media, los señores feudales controlaban inmensas extensiones de tierra: eran la legislación, eran la fuerza militar, eran la división geográfica, eran la personificación del fisco en una persona. En muchos barrios de Medellín, Cali o Barranquilla, la cosa es más o menos lo mismo: los grandes cabecillas, como los viejos señores feudales, administran la ley, monopolizan la fuerza, cobran impuestos, crean fronteras; y de sobremesa, dictaminan quien puede pasar, quedarse o largarse (y no precisamente con un beso de despedida).

En muchos sectores de las ciudades colombianas, las instituciones estatales son un fenómeno decorativo, como un tanque de guerra pintado con crayolas (que solo da risa y sirve para espantar a los niños). Para la gente común ‘los dueños del circo’ son otros. Si una mujer sufre la golpiza de su marido, lo denuncia ante el combo. Si hay un accidente, la pandilla con decisiones salomónicas resuelve el asunto en un dos por tres. Comisarías de familia, fiscales y policías vienen a ser, para las nuevas generaciones, esos actores que salen en televisión sonriendo mientras tiran granadas a diestra y siniestra.

En ciertas comunas, donde el poder de las pandillas es ya un asunto oneroso, casi de indigestión, la cosa va mucho más lejos. En algunos barrios el combo es amo y señor no solo de fronteras, impuestos y viviendas, sino también de los cuerpos que caminan, sufren, sueñan y sonríen en esos territorios. Los jóvenes, como los ejércitos de los señores feudales, son los mercenarios privados de los ‘apás’, ‘duros’ o ‘patrones’ (como se les denomina a los peces gordos del crimen organizado).

Los señores de los combos son agalludos, no quieren solo los cuerpos de sus futuros soldados, quieren también los cuerpos de las mujeres que viven en los territorios que tienen bajo su mando. Desde los doce o trece años, una niña ya está predestinada a ser la futura novia, amante, ‘amigovia’ o esposa de uno de los miembros de la pandilla. El gatillo en nuestras ciudades medievales traza destinos y delimita emociones sin reparos de ningún tipo. Aquí se aplica esa frase que dice más o menos así: «Ténganse pues de la silla: el destino de un hombre está determinado por el miedo que lo atraviesa».

Si algo han demostrado estos combos, es que el Estado colombiano es superfluo; que para muchos de los que trasegamos la selva de cemento, la constitución, los derechos del hombre y la igualdad de oportunidades son un cuento chino. El monopolio de las armas, principal característica de cualquier Estado moderno, no es precisamente una de las virtudes de nuestro país. Aquí hay armas por todos lados. Acá los rifles van de un lado para otro como si fueran un carrito de helados.

Si los combos no les convencen de que vivimos otra vez en la Edad Media; si la imagen de una Torquemada con pañoleta verde chamuscando un libro de Vladimir Nabokov no les hace ver que la oscuridad medieval nos está carcomiendo de nuevo, salgan a la calle a la una de la mañana. Si uno anda por ahí a media noche, debe tener en cuenta que será asaltado: una, dos, tres y hasta cuatro veces.

Umberto Eco, en su texto, ‘La Edad Media ha comenzado ya’, advierte que, en las grandes ciudades del mundo, los hombres y mujeres del común tienen grandes similitudes ‘situacionales’ con los leñadores, pastores, mercaderes y labradores de la Edad Media. Pocos de nosotros andamos tranquilos por una avenida despoblada. Quizá ya no le tememos a los hombres lobo o a los espectros del infierno, pero sí le tememos a un destornillador en medio de nuestros pulmones.

Si uno retira las ‘chichigüitas’ del salario mínimo del mes, a veces no sobra encomendarse a algún santo como por si las moscas. Porque eso sí, como gente medieval que somos, creemos en cuanta deidad se nos atraviese en el camino. Nos encantan los milagros y la magia. En el centro de Medellín –como si estuviéramos en la Florencia medieval del siglo XII– uno encuentra brujos y aprendices de brujo de todas las tendencias y pelambres.

Que creamos aún en la brujería, no es extraño. A mí en lo personal no me sorprende. Vivimos nuestro día a día a las patadas. El alimento del mes siguiente casi siempre es incierto. Una hechicera le puede brindar la esperanza a un hombre de que se va a ganar la lotería, de que va a enamorar con un ‘amarre’ a su modelo preferida. Nos gusta soñar. Nos gusta evadir esta realidad, que más que una realidad, parece la antesala estrambótica de una de las pesadillas de Freddy Krueger. A lo mejor algún día la Modernidad llegue al menos en un globo aerostático. Por ahora, queramos o no, nos toca adaptarnos a nuestro colorido anfiteatro de calvarios medievales.

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