Editorial No 73: No más miedo

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Dicen que al miedo nadie le ha puesto pantalones, pero tal vez llegó el momento de ponérselos, al menos al miedo irracional que nace de la ignorancia. Aceptar el miedo como guía de nuestra existencia es renunciar a la posibilidad de una vida que valga la pena vivirse. Por eso, precisamente, la derrota del miedo es un paso indispensable para la conquista de una vida digna.

El miedo irracional va siempre unido a la ignorancia, y juntos se han configurado como instrumentos de los poderosos para someter a los pueblos. En la Edad Media, por ejemplo, la Iglesia Católica mantuvo sometidos a los pueblos europeos mediante el miedo al infierno, que se fundaba precisamente en la ignorancia, un miedo terrible, sobrenatural, a lo que no existe, a lo que ha sido previamente creado con la función de infundir miedo. La ignorancia que hacía posible irrigar este miedo por todas las venas de aquella sociedad era también sistemáticamente cultivada por la Iglesia y la élite que sustentaba sus privilegios en dicho miedo. La educación era solo para el clero y para la aristocracia, una proporción infinitamente pequeña de aquella población. De esta manera, aunque la gente vivía en realidad un terrible infierno instaurado por el reinado despótico y miserable de la Iglesia y sus aliados feudales, un infierno de miseria, hambre, enfermedad y opresión, aceptaban aquel sufrimiento cotidiano como si fuera el valle de lágrimas por el que hubiera que pasar para evitar los castigos del infierno más allá de la muerte.

Es cierto que nosotros ahora contamos con instituciones educativas que de alguna manera han masificado la educación, pero no han desterrado la ignorancia, sino que la han cultivado de la misma manera en que hacían los púlpitos en la Edad Media y lo siguen haciendo hoy en muchos casos. Por eso la mayoría de la gente en nuestra sociedad sigue siendo movilizada por el miedo infundado e infundido desde los centros de poder a través de los medios masivos (los púlpitos modernos) e incluso desde los mismos hogares, donde la educación del niño se orienta más a despertar el miedo para ganar su obediencia, que a estimular su autonomía e independencia de juicio.

Por lo tanto, para derrotar el miedo no es suficiente que se abran las puertas de las instituciones educativas a la mayoría de la gente. La educación es ella misma un instrumento de dominación si no se orienta a la promoción del pensamiento crítico, de la capacidad de juicio. Y eso lo saben muy bien los poderosos, por eso se han opuesto a cualquier transformación de la educación que vaya en este sentido. Recordemos nada más la cruzada del uribismo contra los profesores de Fecode cuando algunos orientaron sus clases hacia un análisis crítico de la realidad, lo que, por supuesto, significaba cuestionar las políticas de atrocidad contra la población desatadas por el gobierno de Uribe o sus títeres. O recordemos la cruzada de la Iglesia contra el proyecto de educación sexual en las escuelas, que buscaba eliminar los tabúes que han imperado en torno a la sexualidad y que tantos problemas sociales y emocionales han generado.

Como mostraba Julián de Zubiría Samper, en una entrevista con María Jimena Duzán cuando ésta todavía trabajaba para la revista Semana, en Colombia se ha aumentado el número de niños que van a la escuela, pero no hemos mejorado un solo punto en cuestión de calidad educativa en los últimos 20 años, ni se ha aumentado la inversión en ella. A pesar de que muchos jóvenes han pasado por el sistema educativo más de 10 años, con más de 80 profesores, menos del 1% puede realmente leer textos de manera crítica, mucho menos leer de manera crítica la realidad. “Un país donde menos del 1% lee de manera crítica –explica Zubiría-, no se maneja con ideas, sino con emociones”.

Por eso los poderosos y corruptos de este país han asumido como estrategia la infamia de mantener a la gente en la ignorancia (aunque vaya a la universidad) para poder manipularla y manejarla a través del miedo irracional a lo que no existe. Así fue como lograron revertir lo más valioso del acuerdo de paz firmado en la Habana, con una campaña mediática que le decía a la gente que las FARC, una guerrilla diezmada militar, política e ideológicamente, se iba a tomar el país e iba a acabar con todo. Después se supo que su estrategia desde un principio fue “sacar a la gente a votar enverracada”, es decir, moverle sus emociones sin presentar ningún argumento. Con ese mismo capital político ganaron las elecciones de 2018 para hacer trizas los acuerdos y mantener el contexto de guerra en el que el miedo pelecha todo el tiempo.

El miedo infundado es el instrumento predilecto de los poderosos en época de elecciones o para detener los cambios que amenazan sus privilegios. Por eso han recurrido a decirle a la gente que aquellos proyectos políticos como el Pacto Histórico, que anuncian cambios políticos de fondo y ponen en peligro los pilares del poder ilegítimo que ha gobernado este país durante décadas, van implantar el castrochavismo, van a expropiar a los pobres que nada han podido conseguir o retener porque han sido sistemáticamente expropiados de sus trabajos o sus tierras por estos políticos corruptos, o que los expropiarán de sus pensiones, cuando lo que realmente intentan es recuperarlas de manos de los fondos privados que hasta ahora se han lucrado con ellas sin ningún beneficio pensional para los trabajadores; todo ello como resultado de una ley realmente expropiadora como la ley 100 de 1993, promovida precisamente por Álvaro Uribe y sus secuaces.

De esta manera queda claro que para superar el orden antisocial e inmoral que nos ha impuesto el uribismo en las últimas décadas hay que derrotar el miedo, no a Uribe, que es de verdad peligroso y lo ha probado con creces, sino a los fantasmas con los que aterroriza a la gente para que lo sostenga en el poder. Y esto exige, en primera instancia, derrotar la ignorancia, promoviendo el pensamiento crítico y la autonomía intelectual de los individuos y las comunidades. Esto implica una transformación de fondo de todo el sistema educativo y, sobre todo, de su función, parte de lo que esperamos de un gobierno realmente comprometido con el cambio social.

Pero no solo eso. No hay que dejarle esa tarea exclusivamente a las instituciones. El pensamiento crítico, que no excluye el amor ni los afectos, sino que los integra, se construye también en colectivo, desde la familia, los círculos de amigos, en todos los ámbitos de la existencia, a través de los vínculos de solidaridad y cooperación, a través de los procesos de educación popular y comunicación popular en las organizaciones y procesos sociales. No es solo para ganar las elecciones que debemos promover en las calles, escuelas y hogares el pensamiento crítico; es para construirnos como sujetos individuales y colectivos que se apropian de su presente y su futuro e incorporan creativamente su pasado, para liberarnos del miedo y enfrentarnos con nuestra propia libertad, para hacer viable una sociedad de hombres y mujeres dignos y libres. Sin miedo.

Unidad y Amor – Denis Berrios

Un comentario en “Editorial No 73: No más miedo

  1. A tan excelente reflexión, me permito adicionar algo que le escuché a una líder estudiantil chilena cuando hace algunos años los jóvenes de ese país se levantaron en protesta: “No se trata solamente de pedir educación universitaria gratuita, sino de repensar toda la educación, desde la escuela hasta la universidad, a partir de cuestionarnos: ¿qué es la educación? ¿qué estudiamos? ¿para qué lo estudiamos? ¿cómo lo estudiamos? ¿qué deberíamos estudiar? Cada vez más, la “educación real” es solo un paquete de instrucciones para que la persona desempeñe algún trabajo, si es que lo consigue.

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