La vida después de la vida

(Fotorreportaje Cementerio General de Santiago de Chile)

Por: Jhonny Zeta

Fotos: Johny Zeta

La pregunta por la vida después de la muerte tiene tantas interpretaciones como seres humanos el planeta, es pregunta abierta: cultural, religiosa, científica, espiritual.

También los cementerios son espacios vivos en muchos sentidos. Son impronta de la historia de una ciudad, de un país; son referentes arquitectónicos, remiten a las sociedades que nos antecedieron y a las vigentes respecto a casi todas las dimensiones del ser humano, desde las creencias hasta la segregación social, política y religiosa, desde los rituales hasta la estética artística y literaria.

Necrópolís o camposanto, el que ostenta la mayor extensión es en Irak el Wadi Al-Salam (Valle de la paz, en árabe), con 607 hectáreas de extensión, y con más de 10 millones de sepulturas; le siguen algunos en Europa y Norteamérica.

En América Latina, después del Panteón de Dolores, en Ciudad de México (200 hectáreas) y La Chacarita, en Buenos Aires (95 hectárias), se encuentra El Cementerio General de Santiago de Chile con 86 hectáreas y dos millones de tumbas, en él convergen 200 años de la historia del país.

Una ciudad dentro de otra

En el Cementerio General se puede ver una ciudad, representada a pequeña escala con sus calles, aceras y andenes; resalta tanto por sus grandes edificaciones de mausoleos y pabellones, como por la extensión de tumbas y cruces a ras del suelo. Trabajadores y transeúntes circulan en automóviles y bicicletas, caminan, llevando herramientas, flores y presentes para saludar y atender a los y las tantas veces despedidos, tantas veces en el recuerdo. Más de 200 esculturas parecen conversar desde muy temprano con los olmos, cipreses y jacarandas, abundantes entre el paisaje cotidiano.

Como en otros cementerios destacan las tumbas de personajes “connotados”, la lista la encabezan más de treinta presidentes chilenos enterrados allí; sin embargo, la historia de la lucha y la resistencia del pueblo chileno se sostiene también desde esta ciudad de la memoria. Prueba de ello está en el Memorial del Detenido Desaparecido y del Ejecutado Político, un monumento que recuerda a las víctimas de la dictadura militar chilena; tiene en su ala derecha los nombres de los ejecutados políticos y en su ala izquierda los de los detenidos desaparecidos. En la parte superior una frase que reza: Todo mi amor está aquí y se ha quedado pegado a las rocas, al mar, a las montañas. El pasado más inmediato se escribe por pabellones y muros donde un sinnúmero de grafitis reclama justicia, acusan a las fuerzas militares y al Estado de ser enemigos de la vida y del pensamiento divergente.

Otras improntas de la resistencia y la inclusión son el Patio de los Disidentes (como se llamaba a los protestantes), el Mausoleo Circense, único en el mundo, para los artistas circenses chilenos desde 1942 y el Mausoleo Trans, destinado a las personas transgéneros.

Semillas que no mueren

Decía Eduardo Galeano que somos lo que hacemos para cambiar lo que somos. Esta afirmación armoniza con la pregunta por la vida después de la vida, respecto al legado dejado por esos seres que se comprometieron con el trabajo social, que entregaron su existencia en beneficio de los bastantes y siguen siendo luz y alimento de los caminos emprendidos por las nuevas generaciones.

Cerca de la portería del Cementerio General, entrando con paso sigiloso y el oído atento, el aire parece susurrar una tonada que dice: Cuando se muere la carne el alma busca su sitio, adentro de una amapola o dentro de un pajarito. Entonces usted se puede topar con la tumba de Violeta Parra (1917-1967), flor potente que alimentó la esperanza chilena y latinoamericana con sus cantos, sus bordados y pinturas, con sus investigaciones sobre el folclor y sus apuestas culturales, vigentes hasta nuestros días.

El pálpito, de golpe puede empujar los pasos por las calles y senderos del flanco izquierdo hasta el monumento y lugar de reposo del cuerpo físico de aquel luchador que murió con la convicción: Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad al pueblo. Salvador Allende (1908-1973), primer presidente de pensamiento marxista elegido por voto popular. Su gobierno, el de la Unidad Popular, fue atacado y bombardeado en el Palacio de la Moneda por el golpe militar que dejó muertos y desaparecidos por doquier, mujeres y hombres cuya memoria se multiplica por cientos en las convicciones del presente. 

Desde el otro extremo del cementerio, cruzando por el mausoleo circense y las cruces humildes sembradas sobre la tierra,otra tonada llama con un manifiesto: Que el canto tiene sentido cuando palpita en las venas, del que morirá cantando las verdades verdaderas. Víctor Jara (1932-1973), dice un nicho de bordes rojos en la parte alta del largo pabellón. Sin embargo, es posible que algún funcionario del cementerio, alguna mujer, le indique sin precisión que la tumba verdadera está por ahí, más al fondo, a la vuelta. Resalta no por el nombre ni por la lápida. Una estética de listones, caracolas, campanas y figuras en tela se alzan sobre su tumba, le cuidan, cómplices del viento prolongan las tonadas de una guitarra, de un hombre, dos en uno, que se han convertido en miles de almas y canciones.

Matar la muerte parece ser el camino de quienes, silenciados por los enemigos de la vida, han terminado por sembrar más semillas que sus verdugos, por hacer hablar hasta las piedras, hasta la tierra misma.

Abono: Por estos días circula una publicación que advierte a quienes se hacen los ciegos, los sordos: No se nos olvide que fue Andrés Bello, un inmigrante venezolano, quien nos trajo el código civil, la gramática de la lengua castellana y la fundación de la Universidad de Chile. Sus restos también reposan en el Cementerio General.

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