Lo que calla el hambre

Por Steven Acosta Marulanda

Imagen tomada de es.tun.com

Primer año como educador popular. Después de meses de reflexiones y conversaciones con un amigo que hacía parte de un colectivo de educación popular tomé la decisión de iniciar mi proceso de militancia en el mismo espacio que él habitaba. Había visto la mayoría de los cursos denominados “pedagógicos” en el pregrado de mi licenciatura, me había dedicado a leer a diversos autores y teorías fuera de la academia y había pensado mucho en la educación como práctica para la transformación de la realidad, por lo que pensé -quizás de manera equívoca- que estaba listo para afrontar la experiencia educativa como docente. Ese fue el inicio de una linda pero dolorosa experiencia.

Era el primer día de clase, pensé que iba a iniciar mi proceso observando el aula y las dinámicas de mis compañeras (curiosamente en este tipo de procesos las mujeres son mayoría) y después pasaría a dar clase de un componente llamado contexto, en el cual se abordan problemáticas que circunscriben a los jóvenes como ciudadanos del barrio, la ciudad y el mundo: la violencia, el hambre, el género, el aborto, las sociedades de control, etc. Sin embargo, en mi primer día tuve que hacerme cargo del componente entero debido a la falta de personas que trabajan en este tipo de procesos de manera seria y comprometida (a pesar de que en la academia todo el mundo hable hasta el cansancio de éstos). Ahí estaba yo, dando clase de contexto frente a 60 estudiantes que tenían la ilusión de pasar a la universidad. Algunos de aquellos 60 tenían el sueño de pasar a medicina, otros fijaban su mirada en carreras como derecho, pocos sobre ingenierías, pero solo uno de ellos, Pepito Pérez (como suelen decir los maestros para ejemplificar situaciones que resultan tener más verdad de lo que uno suele pensar, incluso en los nombres y apellidos), quería ser profesor, quería estudiar licenciatura en lengua castellana.

Pepito Pérez era callado, mas cuando hablaba sus palabras rompían el silencio ensordecedor de los políticos frente a la realidad social… ¡ah! y también el silencio del aula puesto que a los estudiantes les enseñan a escuchar, pero nunca a hablar, y mucho menos a cuestionar la realidad en la cual se encuentran inmersos. Cuando salíamos a receso, mientras algunos iban a comprar empanadas, almojábanas o chucherías, y otros sacaban la coca que guardaban en sus mochilas, Pepito Pérez se apartaba, o, en el mejor de los casos, se sentaba a conversar mientras estos comían y él mantenía la mirada baja y sus manos vacías.

Un día llevé conmigo Las penas del joven Wether de Goethe, libro excepcional que había estado leyendo, y lo dejé en el escritorio del aula. En el receso, mientras todos salían del aula, él se me acercó. Sus ojos estaban hambrientos, pero esta vez de curiosidad y no sólo de comida. Me cuestionaba sin cesar acerca del libro y la literatura en general como el niño que pregunta sobre el mundo que quiere descubrir. Después de un rato de conversación encontré el momento adecuado y pasé de responder a preguntar: “¿por qué nunca comes nada en el receso?”. Su mirada deseosa, curiosa, hambrienta, pasó a ser la mirada de enamorado al que le preguntan por la persona con la cual ya no puede estar: fría, nublada y triste. De donde hace pocos instantes no salían más que preguntas parecía imposible que saliera una respuesta. Me senté a su lado y decidí escuchar su silencio, que por primera vez me decía más que sus comentarios y preguntas en clase.

Después de un rato titubeando, abriendo y cerrando los labios por breves instantes, como quien se dispone a confesar aquello que no se atreve a decir, me susurró que no tenía dinero, que no podía darse aquel “lujo” aunque sus tripas clamaran incesantemente. Con los 5 mil pesos del pasaje le invité a unas tradicionales empanadas de papa con un chocolate caliente. Quizás para retribuir lo que había decidido compartir con él o quizás porque un estómago lleno permite que las palabras fluyan -algo que parecen no comprender los políticos de La Guajira-, decidió exponerme su situación: “En mi casa somos muy pobres, mi mamá no está trabajando y guardamos el poco dinero que hay para alimentar a mi hermanita menor”.

Ni los análisis de Klafki, ni la teoría del desarrollo cognitivo de Piaget (es probable que sólo aplique para niños que tienen qué comer) ni siquiera las sinceras palabras de Freire me habían preparado para lo que en ese instante sentí en el pecho y el estómago. Las únicas palabras que me dieron luces para actuar fueron las de mi madre cuando me decía: “Cuando tú tienes para comer lo menos que puedes hacer es compartirlo con quien no lo tiene”. Hablamos un poco más al respecto, pero lo único que pude hacer fue entregarle las letras de Goethe para que saciara, por lo menos, su deseo de conocer hasta el próximo fin de semana.

Lo primero que hice al fin de semana siguiente, antes de llegar al aula, fue retirar más de la mitad de mi sueldo como auxiliar de un laboratorio de la universidad. Pepito Pérez se quedó unos instantes después de terminada la clase y me entregó el libro de Goethe. Me senté con él a comer los crujientes buñuelos de doña Margarita acompañados de un café con leche. Después de conversar en torno al libro y escuchar todo lo que había sentido y pensado, le entregué lo que imaginé que podría saciar el hambre que debía haberse producido en él aquella larga semana: un nuevo libro, Persuasión de Jane Austen, y una cantidad de dinero con la cual, como mínimo, compraría el mercado del mes. Por primera vez le pedí que no me hiciera preguntas y que no cuestionara lo que había puesto en sus manos.

Esta situación se repitió durante algunos meses más. Recuerdo que por aquel entonces los jueves en la universidad parecían haberse institucionalizado como “jueves de tropel”, algo que detestaba con todas mis fuerzas, pues no podría reportar las 4 horas de trabajo que realizaba ese día (sin contar con que la posibilidad de un paro que se venía gestando traía consigo la amenaza de no poder reportar ni una sola hora de trabajo en la auxiliatura), y que sería dinero con el que Pepito Pérez, su madre y su hermana menor podrían desayunar algún día de la semana. No fueron pocas tampoco las ocasiones en que algunos amigos me cuestionaban por no comprar nada de comer en la universidad, aun cuando permanecía de 6am a 10pm, y por no poner dinero para la “vaca” con la cual se iba a comprar licor en la “revolucionaria curva” o en el “transgresor aeropuerto”. El hambre y las gastritis eran para mí un recuerdo y un alivio de que era un estómago el que se quejaba y no tres como hasta hace poco.

Pasó el tiempo y llegó la fecha del examen de admisión. A la par que los sueños de algunos estudiantes se hacían realidad y los de otros se tropezaban con los huecos de las avenidas que el Estado se niega a reparar, Pepito Pérez me entregaba dos noticias que cambiarían el rumbo de nuestras vidas: su madre por fin había conseguido un empleo y él, aunque no había pasado el examen, ganó una beca para estudiar la carrera de sus sueños en otro lugar. Había llegado el día en que maestro y estudiante no cumplirían más esos roles, y en cambio pasarían a ser amigos. Un fuerte abrazo, lágrimas en sus ojos y una carta que aún conservo con recelo al interior de Las penas del joven Werther marcaron una huella indeleble en dos corazones que aprendieron el uno del otro más de lo que alguna vez las palabras podrán expresar.

Un comentario en “Lo que calla el hambre

  1. Este texto me conmovió. No es fácil describir o dar una idea de lo que es el hambre por fuera de señalar cifras, aquí de manera literaria diría, lo logra. Sí, me conmovió, el “joven estudiante que mientras algunos iban a comprar empanadas, almojábanas o chucherías,,. se apartaba, o, en el mejor de los casos, se sentaba a conversar mientras estos comían y él mantenía la mirada baja y sus manos vacías”. Me remitió además a otras tantas situaciones. Qué bello, y que bella es la solidaridad, creo que, si sentimos no solo lo que nos pasa a nosotros mismos, sino al otro-a “estamos salvados”, o mejor, podremos caminar juntos para construir entre todos ese mundo que queremos. Mis reconocimientos a quien lo escribió.

    Le gusta a 1 persona

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s