Crónica de un pueblo medieval: un día en El Santuario, Antioquia

Por Edison David Ramírez.

Parroquia Basílica San Judas Tadeo

Quizá más de un andariego ha ido a El Santuario, quizá el nombre de ‘Santuario’ les suene al emblema de alguna bolsa de galletas sin sal hechas por monjas de claustro; quizá ‘Santuario’ no dice en sus cabezas ni una cosa ni otra. Este municipio, ubicado en la subregión del Oriente antioqueño, exactamente a unos 57 km de la ciudad de Medellín, hace referencia a conservadurismo, a contrabandistas de mercancía china, a cuerpos fríos y clima frio. Esta crónica, sin adornos ni apologías patrióticas, muestra la oscura cara de esta localidad llena de cristos, represiones e historias no contadas.

6:00 am. Parece que ya amaneció, la vecina del tercer piso ha comenzado a canturrear su cancioncita favorita: una de esas tonadas disformes y cacofónicas que le enseñan en la iglesia o en una de las tantas sectas que hay en el pueblo: Lazos de amor mariano, Hijas de María, Hijas del corazón de Jesús, Hijas del niño Jesús, etc., etc., etc. Hay un sancocho de hijas de una cosa y otra, esto es toda una argamasa (aunque tristemente para nosotros los Casanova, no hay muchas hijas del desenfreno que digamos).

La vecina hace parte de ese 99% de santuarianos que reza y reza sin parar. Aquí rezan porque sí, porque no y por si las moscas. Aquí rezan cuando se cae un palo de aguacates y cuando no se cae. Aquí se dice que los niños no piden tetero sino el bautismo. Los recién nacidos están a un pelo de no pedir leche materna sino agua bendita. Yo en lo personal, porque lo que tengo de mechudo lo tengo de pragmático, estoy que le pregunto a una nutricionista los componentes vitamínicos del agua bendecida. Si obtengo una respuesta decente, seguramente encargaré en unos añitos mi equipo de fútbol. Adiós a la bienestarina. Adiós a la compota. Adiós a la leche en polvo y a las sopitas de menudencias. Que el agua purificada manada del paraíso lo resuelva todo. Que llegue la camada.

6:40 am. Yo no sé cómo señores, pero la vecina sigue cantando.

7:15 am. Por fin salgo a la calle a trotar un rato (soy toda una rareza, un espécimen en peligro de extinción). El prospecto de hombre santuariano, es el de un señor gordo con muchos hijos que trae contenedores y contenedores de China. El ejercicio no se incluye en el modelo de vida ideal. La idea es que lo único que se mueva con velocidad, con soltura, con ‘verraquera’, con ‘perrenque’, sean los dedos en la calculadora. Si uno nace en El Santuario, y le da por ser un escritor alérgico al trabajo excesivo, ya está literalmente jodido (y no ‘jodido’ precisamente de la forma en que ustedes piensan). Yo que trato de escribir sé que nunca seré el centro florido de una fiesta familiar. También sé de sobra que nunca seré el candidato favorito de mis primas. Estoy lejos de practicar el arraigado arte de la endogamia que de hecho caracteriza a las élites de El Santuario. ¿Han oído ese dicho que dice que ‘‘Mientras más primo más me arrimo’’? Acá eso se aplica al pie de la letra, sin tapujos y con orgullo vasco-judío (de donde más de uno dice ser descendiente).

7:38 am. Mientras troto, o trato de trotar, en los edificios se escuchan los martillazos, las canciones de Las Hermanitas Calle y las versátiles ‘hijueputiadas’ de los trabajadores de la construcción. Santuario va para arriba. Aquí ya hay edificios por todas partes. Como decía José Guillermo Palacio: “Los santuarianos fueron tanto a China que al final quisieron imitarla”. Además del cincel de los albañiles, uno puede percibir el sonido que hacen las obreras del sector textil, que, por ahí derecho, también acompañan las campanadas de las tres iglesias del municipio (que suenan incluso a veces a la una de la mañana). En cualquier cuadra, en cualquier barrio, en cualquier esquina, uno escucha una fileteadora, una máquina plana o una botonadora. Cabe aclarar que, en este paraíso textil, los horarios no son precisamente de oficina. Seguramente este será el primer lugar en el mundo en donde algún día surgirá la honorable raza de las sleepwalking workers. Ya veré a los gringos en un helicóptero tirándole medallas a esta montaña ‘enruanada’.

Como muchas microempresas son una suerte de negocios caseros de seis o siete máquinas, hay miles y miles de trabajadoras sin vinculación a pensión, sin prestaciones sociales y sin seguro contra accidentes. Sin nada. Si las obreras están de buenas, en navidad reciben una novenita y un beso de año nuevo de sus emprendedoras patronas. Y a veces, si están ‘enchepadas’, hasta se llevan de aguinaldo un vinito de tres mil con un pedazo de torta. Igual suerte corren las santuarianas de escasos recursos, que, por chichiguas, hacen manillas, collares y pendientes en sus casas de fósforos.

El lema en las maquilas del sector textil es básicamente este: ‘Siempre puedes dar más’. Esa frasecita parece sacada de una caja de cereales para niños. Pero en realidad esas palabras expresan la más humillante explotación. Los empolvados huesitos de los redactores de ‘Los derechos del hombre’ se deben estar revolcando en la tumba. Si un trabajador en un día pega 90 botones, al otro día debe pegar 180; si en el primer mes laborando hizo 800 costuras, en el segundo debe hacer 1600. Se trata de exprimir al empleado hasta sus últimos resquicios. Aquí un obrero y un limón tienen similitudes metafóricas casi monstruosas.

9:30 am. En una cafetería escucho la emisora del pueblo. Están invitando a un bazar lastimero; una especie de ‘donatón’ donde la gente de bien dona recursos para suplir las necesidades de las personas con discapacidad. Ser invidente, estar en silla de ruedas o tener una disfunción auditiva en El Santuario, es sinónimo de mendicidad. Acá, la inclusión se reduce a que una persona con discapacidad debe ser mantenida como un ángel inútil que no puede valerse por sí mismo. En ese discurso pacato y monacal, un santuariano con sordera o baja visión es un santo medio asexuado incapaz de sobresalir en el intrincado mundo de la oferta y la demanda. Muerte social disimulada. La oferta laboral para las personas con necesidades especiales es casi nula, por no decir que inexistente.

10:20 am. En una calle me encuentro un grafiti, que dice en mala ortografía: ‘Enpeso la limpiesa’. Desde que los amigos de la motosierra llegaron en 1996, esa frase se ha repetido una y otra vez. En El Santuario, decía una antropóloga, no hubo lucha antisubversiva, hubo una purga premeditada: locos, vagos y amantes del cannabis fueron pasados a cuchillo. Santuario es un territorio dominado por el conservadurismo. Aquí las corrientes modernas son un sacrilegio, una herejía. Espero no quedar como Giordano Bruno. Sinceramente, confieso y reconfieso que me gusta otro tipo de llamaradas.

11:57 am. Dando vueltas por ahí, término pasando por la Casa de la Cultura Luis Norberto Gómez, en donde se ubica el Centro de Historia: un conglomerado de conservadores aficionados a la historia que crean, en miles y miles de revistas, un Santuario idílico de rosas y pandequesos. Su gaceta oficial Perfiles Históricos, habla una y otra vez de curas y monseñores, de Córdova y sus muchachos, de las familias ilustres que ya tienen indigestión por tanto embutirse durante décadas el poder local. Una maravilla. Cualquiera diría que hasta hacen historia de verdad. Ya me imagino a los fantasmas de Leopold von Ranke, Fernand Braudel y Eric Hobsbawm en esas reunioncitas.

El Centro de Historia de esta patriótica población nunca ha sacado siquiera un buen libro que haga referencia al conflicto armado en el municipio de El Santuario. Pocos aquí saben que los paramilitares pasaron al papayo a más de 2000 personas; que personajes como Ramón Nonato y Abelardo Díaz fueron asesinados por el simple hecho de tener una enfermedad mental que incomodaba flemáticamente a la buena ciudadanía. Los niños aquí no saben que hubo un bloque de las AUC llamado ‘La Batalla de El Santuario’, ni que las élites económicas destinaban entre 200 y 300 millones mensuales a esta organización. Las nuevas generaciones, adictas al gimnasio y los karaokes, pasan los días creyendo que prácticamente aquí fue donde Adán y Eva caminaron en pelota viviendo felices y comiendo perdices.

12:30 pm. Me siento en alguna banca del parque principal José María Córdova a tomarme una cerveza. ¿Que está muy temprano? Eso dice mi cerebro, pero en organismos como el mío, el hígado es toda una caricatura de un emperador romano ¿Será que soy la reencarnación de don Calígula? Las señoras pasan y pasan cuchicheando; practicando como sus tatarabuelas el deporte favorito de todo pueblo: el chisme.

«Ahí está el primogénito de la pobre doña Helena. Ahí está Edison David el incrédulo, el Tarzán de la montaña; el huésped secreto de las muchachas medio divorciadas. Ahí está Edison, el que se bebe hasta el agua de los floreros y se fuma hasta el césped de los pesebres. Ahí está Edison: el señor vacío, el del corazón vacío, el de la billetera vacía, el de las ganas vacías, el del futuro vacío».

4:00 pm. Ya me bebí el mes en unas cuantas horitas. Me voy bamboleando al único cajero para solitarios que hay en el pueblo y retiro mis últimos centavitos. Un billetico, dos billeticos, tres billeticos: 20 mil pesos. Maldita sea, soy rico según el DANE. Te alcancé Elon Musk. Este cajero me vuelve a recordar la religiosidad santuariana. Hace un par de años pusieron adentro una virgen gigante con la firme intención de que protegiera a la institución bancaria, a las tarjetas de los usuarios, a las futuras semanas santas y a las futuras congregaciones. Como era de esperarse no se robaron un peso, pero eso sí, la virgen se esfumó en las manitos ajenas y hasta el día de hoy no se sabe nada.

7:00 pm. La gente sale de misa y empieza a caminar de arriba pa’ abajo y de abajo pa’ arriba. Aquí no hay nada más que hacer. Por las calles va de un lado a otro una cabalgata improvisada. En el momento en que uno se tropieza con los centauros, hay que andarse con cuidado. Cuando un santuariano va muy erguido en un caballo, a uno le entra la duda de quien conduce a quien. Aun hoy para mí esto es todo un misterio de la naturaleza.

8:00 pm. Casi a tientas, como un lindo primate, llego al segundo piso del municipio: el parque ‘La Judea’. En este sector queda la Basílica menor San Judas Tadeo y también la mayoría de los buenos bares y discotecas que hay a duras penas en esta localidad. ‘La Judea’ es como la otra cara de El Santuario. Aunque a veces pienso que es la verdadera. Aquí no hay muchas caretas que digamos. En esta plaza la gente decente deja la seriedad. Acá los católicos sacan al tahúr, al mariguano, al golfo, al ‘buena vida’. Acá los cuerpos y las mentes dejan de ser binarios y se vuelven tridimensionales. Acá los besos, las copas y los bailes sin ritmo salen de paseo sin ninguna vergüenza.

2:45 am. Un amigo mío anda chillando a moco tendido porque no consigue trabajo a pesar de ser un destacado egresado de la universidad pública. Pobre tipo. Pero este es el baile que a uno le toca en estos parajes. En El Santuario la mayoría de profesionales trabajan independientes o con la Alcaldía. El gobierno local es una especie de híbrido entre capilla ambulante y oficina burocrática. Eso es lo que yo llamo todo un engendro de la civilización. Los concejales hacen más misas que debates. El alcalde tiene más pinta de cura que de burgomaestre. Si uno es profesional y quiere aspirar a una vacante en la administración, debe tener apellido, ser santuariano y andarse derechito.

3:00 am. El piso está medio grosero, no colabora, se mueve mucho. Mejor me voy a dormir.

Panorámica de Santuario

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