La mala hora de la Biblioteca Pública Piloto

Por Carlos Prieto

La Biblioteca Pública Piloto de Medellín para América
Latina fue fundada en 1952 por un convenio con la
UNESCO.

La Biblioteca Pública Piloto de Medellín para América Latina nació como posibilidad de acceso a las herramientas humanistas de la lectura, los libros y de todo aquello asociado al conocimiento y al saber. Su incidencia se reconoce como un apoyo a la estructuración de la desordenada urbe de mediados del siglo XX, así como una contribución a la emergencia de una sociedad moderna y culta. La Piloto fue más que la construcción de un depósito de libros, un proyecto político que debería destellar en la historia urbana como uno de sus hitos más valiosos.

Desde 2006, cuando se municipalizó su administración, La Piloto se convirtió en la biblioteca patrimonial de la ciudad. Ha sido casa de las tertulias y talleres de Manuel Mejía Vallejo y de Jaime Jaramillo Escobar; contiene invaluables colecciones e incunables, apenas imaginables en otras latitudes, además de ser cuna de literaturas y lecturas de personas memorables. La Piloto es el cerebro del Sistema de Bibliotecas Públicas de Medellín, el cual agrupa diez parques bibliotecas, cuatro filiales, doce bibliotecas de proximidad, ocho centros de documentación, la Casa de la Literatura Infantil y el Archivo Histórico de Medellín. Cuenta con uno de los archivos fotográficos más importantes de América Latina y con la Sala Antioquia, única en su especie en tanto la memoria regional en el país. Durante mucho tiempo fue acompañante de bibliotecas populares y comunitarias, las cuales, mucho antes que ella, ayudaron a cohesionar los barrios donde sirvieron como complemento de las escuelas, centros cívicos, salones sociales y lugares de formación y resistencia.

Esta robusta construcción política de años queda hoy desdibujada por la vacuidad de sus acciones, por el desinterés de fortalecer el universo cultural de la ciudad, por el olvido de un patrimonio que se siente como anacrónico y vetusto en la vorágine de la modernidad del paisa urbano y por llevarla paulatinamente al escenario utilitario, decorativo y de orla de la mal llamada rendición de cuentas. Lo “patrimonial” requiere de algo más que un discurso, pues la BPP parece convertida en la pieza anquilosada que no cuestiona el devenir: ya no es una herramienta útil para la denuncia y la transformación de la realidad que agobia a la ciudad.

La Piloto olvidó los procesos populares y comunitarios por la poca conveniencia que le atañe y por simplificar sus funciones a una dinámica burocrática funcional a los gobiernos de turno. Esa desconexión con la realidad de una ciudad rica en mutaciones culturales, le ha valido la distancia y el engrosamiento de su propia burbuja administrativa. Pueden verse a los parques biblioteca como una gran red cultural integrada para unir e hilar; pero en realidad cada uno funciona como una isla, con una tímida conexión con la realidad territorial. Lo que en América Latina se ve como un ejemplo a seguir, no es más que la existencia desagregada de “unidades de información”, solo entrelazadas en su nombre: un sistema que no lo es y que pierde la oportunidad de ser una de las estructuras culturales más importantes del continente, que pueda servir como herramienta para leer, expresar y transformar los territorios y como fuente inagotable de información y conocimiento para la toma de decisiones y la construcción de política pública.

Este baluarte cultural es, al interior, la decadencia: la sede central quedó con filtraciones en el techo, los pisos de la sala general debieron ser cambiados y algunas estanterías del archivo fotográfico están tapadas con plásticos para evitar goteras. Algunos parques biblioteca funcionan en instalaciones derruidas y con obras inconclusas o mal hechas, como el monumento a la vanidad y el ego en el Parque Biblioteca España. Vive con posibilidades de privatización y con la permanente pauperización laboral de su propio personal, pues muchos de sus profesionales y técnicos cumplen hasta nueve años bajo acuerdos de prestación de servicios; lo que impide generar procesos de incidencia territorial a mediano y largo plazo, debido a la amenaza y la incertidumbre de la continuidad; sin contar con lo indigno de no poder planear un futuro bajo una justa estabilidad laboral. La elusión de la responsabilidad contractual de sus gestores y mediadores viola la Ley 80 de contratación, al exigir un estricto cumplimiento de horarios y al desplegar una férrea y vertical subordinación y jerarquía, las cuales desconocen la autonomía administrativa y profesional de sus contratistas, a lo que se suman los periodos de desempleo disfrazados de vacaciones. En los inicios de 2022 se denunciaron pagos atrasados de hasta dos meses: trabajadores culturales laborando al debe.

A la Piloto y a toda su estructura la hiere el nombramiento -descomunalmente rechazado- de Ángel Ovidio González, administrador de empresas y especialista en logística, un hombre ajeno a la movida bibliotecaria y cultural de la ciudad; pues no cumple con la Ley 11 de 1979 que exige que quien la dirija sea competente, idóneo y formado en el sector bibliotecario. Más que ello, la mata la desidia acumulada de administraciones municipales anteriores. Es claro que la actual pudo haberlo hecho mejor y revela su falta de tacto al cortar la financiación de sus proyectos, sin embargo, los alcaldes anteriores no fueron superiores a Quintero.

Falta mucho más que fortificar el edificio de la sede central y de tener a un prestigioso sello editorial como regente de una librería. Basta con hacer de la BPP y de todos sus engranajes uno de los techos de la cultura en la ciudad y la región; que sus funcionarios dejen de posar como serviles y se conviertan en verdaderos servidores frente a las realidades de las comunidades a las que se deben; que la institución deje de ser utilizada como ornato en el discurso lastimero de una cultura tecnocrática y de élite intelectual y vuelva a mirar hacia la gente, hacia los barrios y hacia esa ciudad que dejó atrás cuando se convirtió en entidad alimentadora de un proyecto electoral.

Quizá un primer paso para ello sea dejar de pretender vivir eternamente de un momento del pasado, importante como hito fundacional y como mandato de la Unesco para una ciudad deteriorada: ya es hora de que la BPP deje de ser un piloto de entidad y se convierta en el proceso permanente que la cultura se merece.

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