Editorial No 72: Por el derecho a la utopía

The Three Life Sustainers-2012 – Leah Dorion

Ante la desesperanza generalizada en los últimos años y frente a los vientos de guerra que soplan por todas partes (no solo en Ucrania), se hace necesario y urgente repensar la utopía y resignificarla. Y es que tal desesperanza parece obedecer a la idea, aceptada ya por buena parte de la humanidad, de que no hay alternativa al mundo de opresión y barbarie instalado por el capitalismo y por eso mismo hemos llegado a contemplar como parte del paisaje a un mundo que se sume permanentemente en las guerras que hacen, supuestamente a nombre de los pueblos, quienes detentan el poder económico y político para imponer sus hegemonías: realmente se valen de la pasividad de los pueblos para iniciar a nombre suyo o de la justicia o de la libertad, sus aventuras de saqueo por el planeta entero. Las suyas son siempre guerras de rapiña.

Precisamente en la medida en que hemos llegado a naturalizar este mundo de horror, con su oprobiosa explotación y sus diversas formas de opresión, hemos terminado desvalorizando la utopía y conformándonos con las baratijas de las supuestas alternativas prácticas y realizables. Cierto es que la practicidad es importante para sobrevivir en este medio tan hostil, pero ello no debe hacer olvidar que nuestro propósito en este mundo no puede, o por lo menos no debe limitarse a la mera subsistencia física, que lo que da sentido a esta existencia es precisamente el empeño por construir una sociedad mejor, donde los seres humanos podamos desplegar todas las potencialidades con las que nos ha dotado la naturaleza para que emerja una humanidad plena como posibilidad de justicia y libertad para todos y todas.

Hasta ahora la cartilla nos ha dicho que para transformar nuestra manera de vivir debemos primero transformar las estructuras económicas y políticas que la condicionan. Pero se hace quimérico querer transformar dichas estructuras cuando por siglos estas han sido controladas precisamente por quienes se benefician de la explotación y la opresión que ellas garantizan. Además, hay que entender que dichas estructuras no se transforman por mera voluntad y que su control por parte de aquellos que han pretendido cambiarlas en favor de ideales más humanos no garantiza tampoco de manera automática la transformación de la vida de la gente ni en sus condiciones materiales ni en su conciencia. Eso es lo que explica, precisamente, que después de ocho décadas de la Revolución Bolchevique, haya aflorado de las cenizas de la Unión Soviética una sociedad tremendamente descompuesta (como cualquier potencia capitalista contemporánea), con una élite gobernante rapaz y unos capitalistas mafiosos tapados en la plata.

Esta comprobación precisamente es parte hoy de nuestra desesperanza y de la desvalorización que ha sufrido en nuestras manos la utopía. Por eso, ante el avance inhumano y despiadado del capitalismo neoliberal, se nos aparece como inaccesible cualquier manifestación de la utopía, incluso como algo romanticón y anacrónico. Entretanto afloran en el mundo, a veces con posibilidad de éxito, propuestas supuestamente alternativas, calificadas por la derecha como de extrema izquierda porque amenazan uno que otro de sus privilegios. Para no desatar la ira de los poderosos estas propuestas medrosas han ensayado entonces todos los discursos para demostrar que nada tienen qué ver con la izquierda y, sobre todo, con la utopía de un mundo anticapitalista, que su propuesta se mueve todavía en el respeto y la protección al sacrosanto derecho de la propiedad privada, aquel derecho del que están excluidas las grandes masas de la población humana y cuya exclusión sustenta precisamente la dinámica de explotación brutal para mantener los procesos de acumulación de capital.

Por supuesto que no podemos exigir a ningún candidato que se presente como representante del cambio que desafíe a los poderosos anunciando acabar con la propiedad privada. Lo que debemos es reconocer que las posibilidades que en este momento se ofrecen para la transformación de nuestras vidas, desde el control de las instituciones por parte de movimientos alternativos es muy limitada; y sin embargo no podemos despreciarlas: ellas son importantes por lo menos para que no nos maten por querer construir una sociedad mejor, para reducir los índices escandalosos de desigualdad y para curar un poco las heridas de la pobreza y de la opresión.

Pero esa no es nuestra utopía. Es un paso importante para avanzar hacia ella solo en la medida en que lo reconozcamos como eso, como un paso. Cuando las pobres reformas que pueda hacer un gobierno alternativo se convierten en el fin, la utopía se nos borra del horizonte y el avance de la barbarie se acelera, aupado por el proyecto que pretendíamos alternativo.

La utopía la construimos a diario entre nosotros, la gente de a pie, que ensayamos cada día maneras de sobrevivir dignamente en un mundo cada vez más ruin. Y la construimos precisamente en la medida en que reconocemos la dignidad en el otro, en que nos sabemos parte de ese otro y nos empeñamos en su cuidado como si se tratara del nuestro, que efectivamente lo es. En un mundo que se empeña en volvernos enemigos por principio vital, en lanzarnos en competencia al uno contra el otro, en ponernos a pelear por migajas, o engranarnos en un rosario de guerras que nos dejan a los pueblos cada vez más empobrecidos mientras los poderosos se enriquecen, el principio del cuidado se torna poderosamente revolucionario y se convierte en eje de la utopía de una sociedad realmente humana. En un mundo que nos aísla y atomiza, y por tanto nos hace sentir cada vez más impotentes frente al sistema y desesperanzados ante las posibilidades de cambio, el encuentro con el otro y la otra, el cuidado mutuo es el que nos recuerda que somos más que una cifra en la contabilidad del poderoso.

Y el principio del cuidado del otro nos empuja a estar pendientes de él o de ella, de comprendernos más que juzgarnos, de ayudarnos mutuamente a resolver nuestros problemas, a enfrentar nuestras necesidades y los conflictos vitales y las enfermedades físicas, mentales y afectivas en que nos hunde una sociedad fundada en el antagonismo de clase y en la opresión racial y patriarcal. Y, por lógica, este principio del cuidado del otro, la conciencia del nosotros, implica también la conciencia de la propiedad privada como un lastre para una vida plena en comunidad. De nada vale hoy disolver la propiedad privada en el mundo económico, si no la disolvemos al mismo tiempo, o incluso antes, en nuestra conciencia como una necesidad natural. Ahí radica el éxito del uribismo cuando emplea como arma el miedo al castrochavismo: la gente más pobre teme ser expropiada de lo que no tiene, pero en el fondo de lo que tiene miedo es de ser expropiada del principio de propiedad que le da derecho sobre su mujer, sus hijos, amigos y demás.

Sólo en comunidad podemos hacerle frente a ese principio sobre el que hoy se funda nuestra existencia social, haciéndonos conscientes colectivamente de cómo opera el principio de propiedad en nosotros como consumidores desaforados, en nuestras relaciones familiares y de pareja, y, por supuesto, en nuestra relación con la naturaleza a la que le negamos toda posibilidad de expresión autónoma cuando nos la apropiamos como propiedad privada. La utopía es construir una sociedad del cuidado mutuo, cuidando de las parejas, de las familias, de los amigos, ampliando cada vez más el círculo de la comunidad de afectos, en donde el propósito no sea acumular fuerza política (aunque también) sino fortaleza humana y esperanza, un tejido sólido que nos permita superar la impotencia individual. Cuidando también a la naturaleza que nos prodiga generosamente sus propios cuidados y todo el sustento. Cualquier gobierno alternativo que promueva y haga posible estas dinámicas estará avanzando en el camino de la utopía.

Singing to the tree of life (2012) – Leah Dorion

2 comentarios en “Editorial No 72: Por el derecho a la utopía

  1. Me deja mucho en que pensar, realmente es muy poco frecuente preguntarse hasta que punto en nuestras entrañas tenemos metida el concepto de propiedad privada, y concuerdo que el primer paso es racionalizar y cambiar nosotros dicha forma de ver la vida, así como coadyubar con lo demás en mejorar la sociedad en la que vivimos!!

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  2. Especialmente pertinente el editorial. Lo que está en juego este 13 de marzo es algo tremendamente importante, pero vencer los enormes obstáculos y obtener un resultado satisfactorio es apenas el inicio, indispensable sí, pero pequeño comparado a lo que falta y se debe construir.

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