Libreta Militar:  Entre la Confusión y el Miedo

Por Steven Acosta Marulanda

Foto: Colprensa

Como a todos los hombres en Colombia, me correspondía realizar un trámite sumamente confuso, complejo y que produce angustia sobre el cual en muchas ocasiones no se brinda información precisa y pertinente: el trámite de la libreta militar. Son tantos los aspectos que podría narrar, alrededor del trámite, que ni siquiera sé por dónde empezar. Si se presta oídos a las palabras de los hombres: padres, hermanos, parejas, amigos, etc., no solo podrá corroborarse lo que a continuación voy a decir, sino que, posiblemente, puedan ser encontrados más elementos que evidencien la frustración que produce dicho proceso.

Quizás el mejor punto de partida sea la desinformación en torno a la realización del proceso. Como a todos los jóvenes, al finalizar mi vida escolar, me solicitaron diversos papeles para que la institución educativa pudiese agilizar el proceso de la libreta, algo que nunca sucedió, y que, en cambio, sí hizo que muchos de mis compañeros aparecieran en el sistema como “remisos”, lo que les llevó a ir acumulando una “deuda” en términos económicos que poco a poco iba creciendo mientras su situación militar no fuese definida. Cabe decir que en algunas ocasiones la deuda incrementa al punto que muchos jóvenes parecen no tener otra alternativa que prestar servicio para poder definir su situación militar.

Pasados los años, con la necesidad de dicho documento para poder presentarme a una convocatoria del Estado y con el ánimo de poder salir a algunos lugares sin el miedo a ser detenido por un militar (especialmente a las salidas de las estaciones del metro, donde el abordaje es casi ineludible), decidí informarme en internet, recoger los papeles necesarios y presentarme a un batallón con la idea de definir mi situación militar. Al llegar al lugar, un soldado, bastante joven, me solicitó una serie de datos y, sin hablar, me hizo señas para que esperara en un lugar donde solo había una señora. En este punto muchos sabrán que cometí el primer error: seguir las instrucciones del soldado.

Pasaron las horas y, aunque no había nadie más esperando, no se me informaba nada. Fue la señora presente, una madre esperando la libreta para su hijo, la que me dijo que me dirigiera a X taquilla sin importar las palabras, señas o miradas de los demás soldados para entregar los papeles. Con algo de temor (sensación que prima en todos estos lugares) me acerqué. Aunque al inicio el trato era sumamente agresivo decidieron solicitarme un sin fin de papelería y copias de las copias (que, adelanto, al final del proceso no sirven para nada). Debido al carácter precavido con el cual me educó mi padre, tenía, incluso, más de 3 copias extra de algunos papeles importantes y otras de documentos absurdamente solicitados. Situación que parecía enfadar cada vez más a quien me solicitaba los papeles, puesto que se encontraba empeñado en frustrar, a toda costa, la realización del trámite.

Finalmente, después de todo el proceso, su respuesta, con una sonrisa de victoria, fue que debía subir todos los documentos a la página oficial. Página que, por cierto, encontré caída la mayor parte del tiempo, tardaba en cargar o, casi parecía adrede, tenía inhabilitados algunos campos sin los cuales no se podía finalizar el proceso. Muchas veces tuve que ir al batallón para informar dicha situación. Para no hacer la cosa larga me limitaré a decir que perdí días enteros antes de enterarme que solo podía realizar el proceso en la Cuarta Brigada.

Pensé que en este lugar las cosas serían muy diferentes y más ágiles… puede ser que nunca un ser humano estuviese más equivocado. Aunque me veo tentado a mencionar cómo el trámite es, en realidad, más largo y engorroso, o cómo hay una evidente negligencia por parte de todo el personal, o cómo es la manera en que los mismos soldados son humillados, o hablar, incluso, de cómo el trato que dan está cargado por una especie de odio, me parece más importante aún hablar acerca de la falsa propaganda que rodea el lugar.

Nada más llegar, te encuentras con camiones llenos de jóvenes que no pudieron escapar de las llamadas “batidas” (que se supone son ilegales), hombres del campo y de barrios populares resignados a prestar servicio (debido a la deuda adquirida, por desinformación, por la propaganda y el miedo infundido, y, muy pocas veces, por decisión propia, como lo evidencia el llanto, la mirada baja y la evidente confusión de la mayoría). Posteriormente se te acerca un soldado para preguntarte por los papeles que tienes, buscando cualquier excusa para hacerte ir del lugar. Si tienes todos los papeles, entonces comienza el discurso en torno a nuestro “deber” como hombres, la “deuda” que como individuo tienes con el Estado, el “honor” que es dar tu vida por el pueblo, el “valor” que se adquiere, etc. Si aquello no era suficiente, entonces al interior del recinto hay dispuestos diversos carteles que te cargan de mensajes en torno a valores como: el honor, el respeto, la responsabilidad, el heroísmo, entre otros. En todos los lugares te encuentras con frases de ese tipo y cuando no las ves, un soldado se encarga de repetirlas hasta el cansancio.

En caso de no sucumbir al bombardeo ideológico que te incita a unirte al Ejército, el espacio también está dispuesto para ser sumamente violento contigo. Nadie te dirige la palabra si no es para solicitar papeles o hablarte sobre el honor; parece un derecho reservado a los soldados o quienes lo serán próximamente. Los lugares en los que tienes que esperar no permiten que el otro, en este caso los soldados de alto rango, sepan de tu presencia, lo que lleva a la incertidumbre: ¿sabe él que estoy aquí sentado? ¿se tardará mucho en llamarme? ¿sí se está realizando el trámite?, etc. Asimismo, los lugares en los cuales te sientas son sumamente incómodos y las sillas no tienen el característico plástico en las puntas, por lo que, a cada movimiento, con la llegada de alguien nuevo, con el mínimo descuido se escucha el insoportable sonido del metal chirriando. Esto hace que uno se abstenga de realizar cualquier movimiento y que, si por error lo realiza y la silla suena, los demás individuos en el lugar te miren con desdén (soldados, jóvenes esperando, madres ayudando a sus hijos con el trámite).

En fin, aunque debo dejar muchas cosas de lado, como por ejemplo las trabas y el trato que se da cuando se es “objetor de conciencia”, los días y días perdidos porque X soldado está de vacaciones; o que normalmente no haya sistema, o que no se estén haciendo liquidaciones; los retrasos porque te faltó tal papel; el hecho de que sólo atiendan hasta las 8am (aunque hayan abierto las puertas a las 7:40am); el respeto que hay por las madres (a quienes sí tratan con humanidad) que se encuentran ayudando a sus hijos con el proceso; también el cómo los altos cargos mandan a los soldados de menor rango a comprarles crema dental o hacerles un chance, etc. Después de realizar el trámite solo quedan preguntas y reflexiones: es necesario que los jóvenes conozcan mecanismos como la objeción de conciencia (sorprende ver cómo muchos jóvenes no conocen el mecanismo y prestan servicio contra sí mismos por esto), es necesario brindar información clara y precisa para la realización del trámite. Aún más importante es el cuestionar la propaganda ideológica y el miedo que prima en estos lugares; no puede ser que una falsa idea de honor y responsabilidad masculina (idea sumamente machista entre otras cosas, lo que abre a la pregunta en torno a estas problemáticas y su vínculo con cierta violencia de género) primen por encima de la vida de los individuos, así como preguntarse por qué sigue siendo obligatorio dicho proceso para los hombres en Colombia, cómo podría acabarse con este requisito, puesto que muchos jóvenes pierden oportunidades por el mismo, se rodean de experiencias sumamente violentas, pierden amigos y hasta la vida misma. Prestar servicio militar no debería ser una obligación, un individuo no debería tener que someterse a tratos despóticos y no se debería habitar con miedo constante la ciudad al no haber definido la situación militar.

Un comentario en “Libreta Militar:  Entre la Confusión y el Miedo

  1. Como todas las cosas turbias que tiene el estado, habría que preguntarse: ¿y para qué la libreta militar? ¿por qué es obligatorio comparecer ante una entidad que solo ocasiona gastos y ningún beneficio? ¿es que aquí solo es posible pensar en la guerra y en la muerte?

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