Presencia de la mujer en la medicina

Por Félix Orlando Giraldo Giraldo

Ilustración: Mary Purdie

Fue en la Revolución Agrícola del Neolítico, hace unos 10.000 años, donde las mujeres sabias sanadoras empezaron a adquirir, desarrollar y perfeccionar sus conocimientos de curanderas, tanto de heridos como de enfermos. En la novela ‘El oso cavernario’, de la escritora Jean Marie Auel, considerada la primera novela de la prehistoria, una de las protagonistas llamada Iza es una curandera. A través de la historia de la humanidad, la relación con el conocimiento de las plantas sanadoras es grande y hace parte de la historia de las mujeres sanadoras, según lo narra la doctora Lilliam Gómez en su escrito ‘Al rescate de las mujeres sanadoras’.

Veamos la participación de la mujer en diferentes épocas:

Época prehispánica: La mujer salía sola a parir a la orilla de los ríos o quebradas. El embarazo, parto y enfermedades propias de las mujeres, se los atendían ellas mismas. Entre los araucanos guajiros había mujeres excepcionales llamadas jaivanas y practicaban la sanación. La vida de las indígenas estaba rodeada de grandes peligros y sufrimientos, la expectativa de vida no pasaba de 24 años. En su corta existencia el promedio de hijos era de 2.2.

La época nefasta de la conquista y la colonia duró más de trescientos años. En 1543 llegaron al Nuevo Reino de Granada las primeras parteras y las primeras vacas. Con esto se disminuyó el tiempo de amamantar y las aborígenes aumentaron su capacidad reproductiva. Durante la colonia y la independencia las parteras dominaron la obstetricia, ejercían con el apoyo de la Iglesia y el Estado, y gozaban de la aceptación de la sociedad. Sin duda, estas mujeres contribuyeron a escribir parte de la historia médica.

En Europa, las curanderas y las yerbateras se dedicaron a la sanación y a las prácticas abortivas. La Iglesia las consideró como relacionadas con los demonios y las persiguió, torturó y quemó durante la tenebrosa época de la inquisición.

El cronista Pedro Cieza de León (1520-1554), llamado el historiador del mundo andino, en su libro principal ‘Crónica del Perú’, relata dos hechos curiosos relacionados con la mujer y dos enfermedades que causaban muchos muertos: el tifus y el paludismo. Cuenta que unas viejas arrugadas y sin dientes eran las encargadas de despiojar a los familiares y amigos. Se sentaban cómodamente y en sus regazos apoyaban la cabeza de la parasitada; con paciencia comenzaban a buscar los piojos; los cogían, los mataban entre las uñas y se los comían. De estas mujeres podríamos decir que con este procedimiento ya practicaban la medicina preventiva porque eliminaban el vector y rompían la cadena de contagio.

En otra parte nos cuenta que la hermosa condesa de Chichón, esposa del virrey del Perú, padecía de fiebres. Ni los rezos ni los conjuros, ni el elegante médico titulado habían podido curarla; su salud era cada día más crítica. Fue desahuciada y se dijo que únicamente un milagro podía salvarla. Y el milagro llegó vestido de cura jesuita, quien portaba un frasco con un polvo extraído de la corteza de un árbol que los aborígenes llamaban quina-quina; se lo administraron durante unos días y la condesa comenzó a mejorar y a recuperar su belleza. A los pocos meses viajó a Europa y llevó el remedio que asombró a los médicos que entonces se le conoció como “el polvo de la condesa o polvo de los jesuitas”. Era el paludismo o malaria que se curó con la quina.

El sabio español José Celestino Mutis (1732-1808) se interesó por las enfermedades de las mujeres. Se entrevistó en Mompox con la médica Bartola de Mier, a quien consultó por la muerte de muchos niños recién nacidos: presentaban fiebre, se les contraían los músculos de la mandíbula y la espalda, no podían alimentarse, se arqueaban, botaban espuma por boca y nariz, se ponían morados y morían. Es una clara descripción del tétanos neonatal. El sabio le respondió a Bartola y le dijo: “Creo que se trata de una forma de epilepsia y las convulsiones se deben al sufrimiento que le causa a los niños la cauterización del cordón umbilical”, todo un diagnóstico de su tiempo. Fue la primera junta médica entre un sabio y una médica.

Siglo XIX

A comienzos del siglo XIX el rey de España organizó “La real expedición filantrópica de la vacuna”, considerada como la más grande empresa de salud pública realizada con el fin de traer la vacuna contra la viruela a América. Para transportar el biológico utilizaron a veinticinco niños huérfanos, inocularon el virus en el brazo de uno de ellos y antes de ocho días con una lanceta tomaban un fragmento de la vesícula e inoculaban el virus en el brazo de otro. En el virreinato vacunaron a más de sesenta y cinco mil personas. Fue una gran proeza. ¿Y quién protagonizó esta hazaña? Una mujer llamada Isabel Cendales y Gómez, considerada la primera enfermera en el mundo especializada en salud pública. Era la encargada de cuidar y controlar a los niños.

En 1887 llegó al país la primera médica colombiana, la doctora Ana Galvis Hotz, graduada en Berna, Suiza, quien se dedicó al tratamiento de enfermedades de la mujer.

Siglo XX

Paulina Beregoff, de origen ruso, fue la primera mujer graduada en una universidad colombiana, la Universidad de Cartagena. En 1938, la Universidad Nacional de Colombia otorgó el grado de médica a Inés Ochoa Pérez, siendo ella la primera mujer colombiana graduada en el país; única, entre sesenta estudiantes, fue discriminada por muchos de sus condiscípulos. Las mujeres llegaban a la universidad con complejo y temor. Las críticas venían inclusive de otras mujeres, llegándose a afirmar que estados fisiológicos como la menstruación y la lactancia no les permitían pensar ni trabajar. Hasta la década de los años cincuenta solo se habían graduado en Colombia treinta y dos médicas.

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