Los desencantos del mañana

(Antioquia en el siglo XXIV)

Por Édison David Ramírez

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El 31 de diciembre, a las 11:59 pm, mientras me comía el pasante de las doce uvas y el piso se me movía misteriosamente, me empecé a preguntar por el futuro, por las horas y semanas, por los años y centurias que se nos vienen encima. La meditación no fue bella, más bien diría que fue algo sombría, tétrica, anti románica, poco amable. Cuando uno se las da de Nostradamus o de Baba Vanga en un país como Colombia, como que los jinetes del apocalipsis, las bombas nucleares y todas las guerras habidas y por haber parecen juntarse sin permiso en una sola neurona. El ritmo cardiaco, los triglicéridos y los niveles de azúcar se vuelven un ocho. Eso de pensar en el futuro es una cosa verrionda, las piernas a uno se le ponen de goma. El mañana toma la forma del coco del armario o de alguna criatura antropofágica salida desde los más profundos infiernos. Todavía tengo la carne de gallina por dármelas de futurista. Es que, mejor dicho, agárrenme que me caí.

Muchos pensadores y clarividentes natos sugieren que nuestro futuro será una copiecita bien acoplada de los cuentos de Julio Verne. Sus radiografías despampanantes consideran que para el siglo XXIV la mayoría de los gobernantes serán andrógenos, los carros se conducirán solos y los robots servirán incluso hasta para rascarnos la espalda. Según eso, las élites criollas se irán con sus caballitos de paso fino a alguna cabaña en la luna, nuestros hijos serán escogidos en laboratorios y las webcams harán sus debuts en algún hotelucho de nuestro empolvado plantea Marte.

Al parecer, para esa mazamorra de atropelladas ‘predicciones’, todo pinta muy colorido. Pero yo no me hago tantas ilusiones. A medida que pasan los años, la evolución tecnológica nos sorprende cada día más. Eso es evidente. Pero las hambrunas, las matanzas, las migraciones forzadas y las nuevas pandemias aparecen una y otra vez para decirnos a la cara que realmente no hemos ido muy lejos que digamos. Antioquia, que para el 2300 será un gran bloque de cemento, humo y estornudos, no escapará ni con cien mil plegarias a los desbarrancaderos, vorágines y embestidas del mañana.

Lo primero que verán al levantarse nuestros tataranietos, o tatara-cyborgs del siglo XXIV, será una suerte de alineada estampida de policías yendo y viniendo por las calles y ciber autopistas persiguiendo o desintegrando maleantes de todas las razas, contexturas, mutaciones y fisonomías. El hambre entre las clases más desfavorecidas aumentará de forma exponencial: el cambio climático, la deforestación y la urbanización paulatina de campos, bosques, páramos y reservas ancestrales aportarán su granito de arena para que más de uno se acueste con el estómago vacío.

Para ese entonces los centros penitenciarios como Bellavista, Puerto Triunfo y Pedregal serán historia. En lugar de esas mazmorras se construirá una nueva cárcel (aunque esta vez al mejor estilo de Guantánamo), vigilada por robots con inteligencia artificial, adiestrados en el arte de ‘voliar’ bolillo. No faltarán los huéspedes en el presidio. A medida que los territorios se urbanizan y diversifican su economía, crecen las periferias, los marginales, los algoritmos sin patria. Más pronto de lo que canta un gallo, tendremos pandillas por aquí y por allá. Las de ahora serán un chiste de Sábados Felices. El progreso económico de unos es consecuencia de la miseria de otros, decía un famoso escritor latinoamericano.

Lo bueno es que, si en la cárcel del mañana no cupiera tanto insatisfecho, nuestros dictadores del futuro paraíso de Antioquia tendrán un espacioso manicomio del tamaño de seis canchas de futbol. Los locos del 2300 irán por los jardines bailando reggaeton con algún holograma de Marilyn Monroe. La demencia, eso sí, ya no será la consecuencia de nuestra arraigada endogamia, sino el efecto racional y sistemático de la sobre explotación que los pobladores del futuro llevarán en la espalda.

En ese mañana lleno de ironías y contrastes alucinantes, los locos dormirán de pierna tirante mientras los cuerdos descansarán en un cuartucho de 4 x 4. El espacio de los buenos ciudadanos será corto, pero la soledad será inmensa. Para ese entonces las nuevas ideologías habrán acabado con el viejo concepto de familia: las caricias furtivas y los bamboleantes ajetreos serán parte del gran metaverso que ya vaticinó con entusiasmo apocalíptico Mark Zuckerberg.

Y si esto les parece espantoso, les adelanto que el cuartito de 4 x 4 del que hablé arriba, estará justo en el lugar de trabajo. ¿Aterrador? ¿Exagerado? Ni tanto. Ya en países del primer mundo como España y Japón, los ciudadanos (o esclavos), comen, duermen y medio meditan en las microempresas y megafábricas en que laboran. Y como por estos rumbos nos encanta imitar todo aquello que provenga de afuera, más temprano que tarde tendremos a una cuadrilla de proletarios enclaustrados como ratones en inmensos edificios de la manufactura y el despotismo.

Como se va viendo, la cosa no pinta tan carnavalesca. Más bien el futuro se parecerá a una de esas cancioncitas trilladas donde los cantantes salen chillando a moco tendido mientras el paisaje se va poniendo turbio. Puede que esta metáfora no venga al caso. Pero también puede que sí: Ray Bradbury, George Orwell y Aldous Huxley nos han traído en sus novelas atiborradas de distopía y desencanto, la extraña sensación de que todo futuro será peor.

Cada uno a su manera puede evitar que esa dramaturgia desencantada caiga poco a poco sobre la humanidad. La mecanización de la sociedad conllevará sin duda a eso que han denominado los psicólogos ‘Una nostalgia colectiva’. ¿Nostalgia de qué? Nostalgia de nuestros ancestros los micos que, sin miedo a la muerte, merodearon en pelota por sabanas y valles descampados. Si no tomamos conciencia, el averno nos esperará con los brazos abiertos. Ya lo dijo nuestro querido paisano, el gran filósofo Nicolás Gómez Dávila: «El hombre habrá construido un mundo a imagen y semejanza del infierno cuando habite en un medio totalmente fabricado con sus manos».

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